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Hace un par de noches, mientras veía nuevamente los videos de las protestas de 2018, sentí cómo los ojos se me humedecían casi sin darme cuenta. No era simple nostalgia: era un golpe directo a la memoria, a ese tiempo en que miles de jóvenes salimos a las calles empujados por la dignidad y no por un cálculo político. Dejamos atrás el hogar, la familia y, en demasiados casos, la vida misma.
Recordé inevitablemente aquel 13 de julio de 2018, la noche en la iglesia Divina Misericordia, cuando mis compañeros de trinchera y yo vivimos horas de terror que todavía llevan cicatrices en la mente y en la piel. Recordé la rabia creciente contra la injusticia, la impotencia de sentir que enfrentábamos a un monstruo sin piedad, y la fuerza moral que nos sostuvo mientras escuchábamos la transmisión de 100% Noticias durante veinticuatro horas seguidas. Recordé también a aquel joven que, con una valentía que todavía estremece, le dijo frente a las cámaras a Ortega lo que muchos pensábamos y no podíamos pronunciar.
Pero mientras revivía estas imágenes, me golpeó otra reflexión más amarga: ¿cómo puede ser que el ser humano —y especialmente el nicaragüense— cambie tan rápido su propósito? ¿Cómo pasamos de la unidad de 2018, donde un pueblo entero se reconocía en una sola bandera y un mismo horizonte, a este presente fragmentado en el que discutimos si es el momento o no de “sacar” a los partidos políticos? ¿En qué punto se resquebrajó aquella conciencia colectiva que parecía tan invencible?
Siete años después, es una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Hemos perdido el horizonte?
La unidad de 2018 fue real, pero también fue excepcional. Surgió del dolor, de la indignación y del hartazgo acumulado por años. Nadie tuvo tiempo de levantar banderas partidarias porque lo que estaba en juego era la vida. Fue una unidad nacida de la urgencia, no del consenso; de la defensa propia, no de un proyecto político articulado. Y tal vez por eso, cuando la represión logró imponer silencio y exilio, muchas de esas energías se dispersaron, cada quien cargando en soledad su trauma, su duelo y su propia interpretación de lo ocurrido.
La diáspora, la cárcel, el miedo, la persecución y el exilio fragmentaron a un movimiento que nunca tuvo instituciones políticas sólidas que lo sostuvieran. Y en ese vacío, los partidos tradicionales intentaron volver a ocupar el espacio que la ciudadanía había llenado con su espontaneidad. Lo hicieron sin renovación interna, sin autocrítica y sin sensibilidad hacia el sufrimiento de quienes habían puesto el cuerpo. Muchos jóvenes sentimos entonces que se intentaba “administrar” nuestra lucha, convertirla en cuota, en cálculo, en discurso reciclado.
La fractura no vino de un solo lado: vino de todos. De la dirigencia opositora incapaz de ponerse a la altura del sacrificio ciudadano. De los sectores que convirtieron la pureza moral en parálisis política. De quienes confundieron el rechazo a los partidos con el rechazo a la política misma. De la ciudadanía que agotada se refugió en la supervivencia cotidiana. Y también del régimen, que ha hecho todo lo posible para alimentar divisiones, sospechas y desconfianzas.
Hoy debatimos si “sacar” a los partidos es el camino. Pero la pregunta honesta no es esa. La pregunta honesta es: ¿Qué alternativa estamos construyendo? No basta rechazar lo viejo si no estamos creando algo nuevo y viable. No basta exigir unidad si no somos capaces de ofrecer un método para construirla. No basta recordar 2018 como un símbolo si no lo estamos usando como brújula.
Porque la verdad, aunque duela, es esta: el horizonte no se perdió por culpa del pueblo. Se perdió porque dejamos que las lógicas de poder, del ego, de la personalización de la lucha y de la competencia por espacios simbólicos contaminaran un proceso que había nacido limpio.
La lucha no puede seguir reducida a comunicados, discusiones en redes y peleas por legitimidad moral. Tampoco puede quedarse atrapada en el trauma del 2018, por más poderoso que sea. Necesitamos proyecto, organización, formación política, memoria crítica y propósito común. Nada de eso se improvisa. Nada de eso se construye desde la desconfianza permanente. Nada de eso se logra repitiendo slogans sin cuerpo.
Recuperar la conciencia colectiva no significa volver a abril de 2018 como si nada hubiese pasado. Ese momento es irrepetible porque fue histórico y excepcional. Lo que sí podemos —y debemos— recuperar es la ética que lo sostuvo: la defensa de la vida, la convicción democrática, la dignidad como motor, la capacidad de reconocernos en el otro aunque piense distinto.
El pueblo nicaragüense no está derrotado. Está lastimado, disperso, agotado. Y la pregunta clave no es si los partidos deben participar o no. Es si estamos dispuestos a construir una ruta donde las organizaciones —viejas, nuevas o híbridas— se sometan a un nuevo estándar ético, a una nueva cultura de participación y a una nueva responsabilidad frente al país.
No somos los mismos de 2018. Somos más conscientes, más golpeados, más exigentes. Y quizá también más prudentes. La lucha no puede ser una repetición ciega del pasado, sino una lectura inteligente del presente. El régimen sigue siendo el monstruo que enfrentamos aquella noche de julio. Pero nosotros no podemos volver a combatirlo con improvisación, desorden o romanticismo político.
El horizonte no se recupera buscando enemigos internos, sino construyendo una visión compartida. No se recupera negando la política, sino dignificándola. No se recupera idealizando el pasado, sino aprendiendo de él.
Hoy, más que nunca, debemos hacernos la pregunta con honestidad: ¿estamos actuando a la altura del sacrificio de quienes dieron la vida en 2018?
Si la respuesta es no —y en muchos sentidos lo es— entonces el trabajo no es destruir, sino reconstruir. Memoria sin acción es duelo. Acción sin memoria es soberbia. Pero memoria con acción —con estrategia, con humildad, con propósito— es camino.
Ese camino sigue ahí. No lo hemos perdido.
Solo debemos volver a caminarlo juntos.
El autor es exprisionero político ahora desterrado y exiliado.