La frase que cambió una elección en Honduras

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En toda campaña electoral hay momentos que pasan inadvertidos para la élite política, pero que impactan de manera decisiva en la percepción ciudadana. En Honduras, ese instante ocurrió cuando la candidata de Libertad y Refundación (Libre) afirmó: “Vamos a democratizar la economía… desprivatizar el dinero… y eliminar la central de riesgo”.

Lo que para ella era una propuesta de inclusión financiera terminó convirtiéndose, para una parte importante del electorado, en una señal de alarma. Con unos 3.5 millones de hondureños vinculados al sistema bancario, era previsible que una parte importante de este segmento no conectara con el mensaje. La reacción no fue lo que se esperaba, al contrario, las emociones se trastocaron y dicha promesa de campaña se convirtió en temor, temor a perder la estabilidad, sus ahorros y el acceso al crédito.

En un país donde la vida cotidiana depende de préstamos, remesas y pequeños emprendimientos, tocar el sistema financiero es tocar la columna vertebral de la economía familiar. Además, la sociedad carga con una memoria económica llena de penurias y fragilidad; pues en poco más de un siglo ha sufrido más de treinta quiebras bancarias, sin contar las de cooperativas y financieras.

Las crisis más traumáticas ocurrieron entre 1998 y 2003, con colapsos como el de Bancorp, Bancreser y el Banco Capital. Estos episodios no quedaron guardados en los archivos o hemerotecas; sino que permanecen frescos en la memoria social de miles de familias que perdieron dinero y la confianza en el sistema financiero. Por eso, el sistema bancario no es solo una simple estructura financiera, sino también un espacio emocional que las personas perciben como vulnerable.

En ese contexto, la frase de campaña cayó como un balde de agua. “Democratizar la economía”, para un votante que ha vivido crisis, no suena precisamente a inclusión ni a modernización, sino a intervención estatal. La sospecha sobre propuestas como esta en sociedades con alta precariedad, sin una explicación concreta se traduce en una amenaza inmediata. Muchos seguramente lo interpretaron así: “Si democratizan la economía, ¿van a igualarnos a todos hacia abajo?” Por lo cual, la palabra “economía” no se piensa en el aire, se piensa en términos de salario, remesas, negocio y en la capacidad de sobrevivir mes a mes.

El segundo elemento problemático fue prometer que “el dinero llegue a todas las familias”. El enunciado pudo sonar inspirador en un mitin político, pero sin un mecanismo creíble sugiere una redistribución sin transparencia y en sociedades donde el Estado ha sido históricamente incapaz de garantizar el bienestar, la pregunta surge de inmediato: “¿De dónde va a salir ese dinero? ¿De mis ahorros?” Por lo tanto, la falta de claridad generó un marco mental de pérdida, no de ganancia.

Pero el error más serio sí, ocurrió al unir esa idea con la promesa de “desprivatizar el dinero”. Aunque probablemente se refería a ampliar el crédito estatal o fortalecer la banca de desarrollo, el votante entendió otra cosa: que el gobierno buscaría controlar el sistema financiero. Y eso en una población que ya sufrió quiebras, escuchar “desprivatizar” activa un reflejo defensivo de forma automática. En este caso no se piensa en la reforma como una forma de justicia económica, sino como un mecanismo de intromisión.

Pero la última frase fue la guinda del pastel; “democratizar la economía es eliminar la central de riesgo”, que terminó de quebrar la confianza. En este sentido la central de riesgo es el registro que permite a los bancos identificar quién paga y quién no. Su función puede ser imperfecta, pero para millones de hondureños es el único documento de identidad financiera que poseen. Eliminarla se interpretó como quedar fuera del sistema crediticio, no como un alivio para los endeudados. Es lógico: sin historial, un banco no presta. Y sin crédito, desaparece la posibilidad de financiar un cultivo, comprar materiales, abrir un negocio o cubrir una emergencia.

El efecto psicológico fue inmediato. La promesa de campaña de eliminar la central era una forma de denunciar abusos del Sistema Financiero, pero para el votante, sonó a un colapso del único mecanismo que le permite aspirar a una vida mejor. Una frase concebida como justicia social se convirtió en una señal de inestabilidad. Y es por eso que, cuando la economía doméstica está en juego, el votante no se arriesga, se protege.

A este mensaje se sumó otro problema: el tono confrontativo. Al afirmar que “en la central de riesgo del pueblo los que están son ellos”, en referencia a los grupos financieros, la candidata introdujo una retórica de venganza que incomodó a sectores moderados. En este sentido, la polarización discursiva moviliza a las bases, pero espanta al votante indeciso, que suele preferir la estabilidad emocional en sus líderes. Llamar “títeres” a los otros candidatos pudo reforzar la identidad partidaria, pero redujo la capacidad de atraer votantes nuevos.

Este episodio no es exclusivo de Honduras. Forma parte de un patrón común en campañas latinoamericanas donde candidatos con discursos transformadores cometen errores similares como hablar en abstracciones ideológicas, mezclar los conceptos financieros con promesas políticas y/o usar el lenguaje combativo para denunciar a las élites. En países con instituciones frágiles, estas fórmulas suelen volverse en contra de quienes las usan porque la población teme perder lo poco que tiene antes de esperar lo que aún no existe.

Lo ocurrido muestra que la política no se decide por lo que los candidatos creen que dicen, sino por lo que la gente entiende, lo que en clave de comunicación para campañas electorales se traduce a que la percepción es la realidad. Y en este caso, la percepción fue sencilla: la propuesta parecía una amenaza al bolsillo. No por ideología, sino por la memoria histórica. En ello la experiencia en otros países de la región confirma que cuando un discurso toca el sistema financiero sin ofrecer claridad en el mensaje, el rumor se impone a la explicación.

En una visión pragmática del votante sin partido, este tuvo claro a qué temía: que le quitaran sus ahorros, que le igualaran con quienes tienen menos, que le sacaran del sistema de crédito y que la candidata estuviera influenciada por dirigentes del pasado. Es una visión práctica del voto, no doctrinaria. Se vota por la estabilidad, por evitar riesgos, por proteger lo que se tiene.

Respecto a este caso la campaña no perdió votos por sus ideas, sino por la forma en que las comunicó. En un país donde la pobreza convive con la fragilidad de las instituciones, no basta con tener propuestas, hay que saber explicarlas, medir su impacto emocional y evitar que despierten temores profundamente arraigados. En este campo la política se transforma cuando se comunica con claridad y empatía; cuando no, genera desconfianza, que fue lo que pasó finalmente.

Para concluir, es necesario matizar que una frase puede no decidir una elección, pero sí puede orientar el rumbo de esta. En el caso hondureño, lo hizo. Y dejó claro que, en política, las palabras no solo describen la realidad, pueden cambiarla.

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