El último premio de Sergio Ramírez, el narrador de las Américas

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En la vasta geografía de la literatura universal Nicaragua exhibe —con merecido orgullo— dos cimas que enriquecen el exuberante paisaje de las cosmopolitas letras, Rubén Darío y Sergio Ramírez. Cuando Rubén Darío introdujo —con el Modernismo— una musicalidad nunca antes sentida y nunca antes lograda, ritmos novedosos, acentos y matices exóticos y una sensibilidad moderna a la par de renovar el léxico poético, incorporando a la lengua de Cervantes galicismos, neologismos y un cromatismo verbal que revitalizó la poesía embelleciendo para siempre el habla castellana, alcanzó ese lugar cimero aun no igualado.

La otra cima es sin duda Sergio Ramírez Mercado, El Narrador de las Américas, quien sacó a los nicaragüenses de la narrativa testimonial y costumbrista para meternos en la novela totalizante, en el relato combinado, entretejiendo y mezclando historias policiales, memoria y análisis social. Con este aporte nada despreciable la narrativa nicaragüense entró al diálogo de las grandes tradiciones literarias universales.

Pero quedándonos con El Narrador de las Américas, este se entrega al oficio de las letras como un guerrero del compromiso cívico y un arquitecto de la forma literaria, es un escritor que narra para hacer de la palabra la esgrima letal de una inquebrantable oposición y una brava resistencia. En su obra se mueve como un quijote de la palabra y la historia sublime cabalgando desde la novela histórica a la narración policial social, del ensayo literario al relato de memoria íntima y perfiles psicológicos, elevando en su cabalgar la dignidad de la lengua y el peso moral del pasado que suplica trascender a un presente eterno.

Desde lo más íntimo de su convicción nos dice que “la palabra es el símbolo mayor de resistencia frente a la tiranía que no quiere la libertad”. Esa frase ―en esencia rebelde― es de tal potencia, extensión y profundidad que puede describir todo su proyecto literario que es también su proyecto de vida. Ramírez no solo escribe para narrar, también lo hace para luchar. La literatura, en sus manos de orfebre, no es afición, lujo o presunción sino un acto ético y moral.

Con tan honrosos atributos, habilidades y maestrías se comprende meridianamente el significado del último reconocimiento con que la comunidad hispánica ha honrado, tan merecidamente, a Sergio Ramírez en la VI Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, por su obra El caballo dorado. Este premio no solo celebra, reconoce y aplaude una obra concreta, sino que también elogia un luminoso itinerario literario donde la obra es un viaje cabal de la memoria, de la sentida conciencia y la exploración recóndita del alma social.

El caballo dorado, es una obra luminosa en su fuerza narrativa y magistral en el tejido de pretéritas épocas y lejanas voces confirmándonos que Ramírez ha alcanzado ese punto en que cada libro es una totalidad casi absoluta del mundo, una suma de tiempos, de abiertas heridas e irrenunciables esperanzas. El jurado reconoció precisamente esa habilidad para convertir la historia en un organismo vivo, donde la novela ilumina aquello que la realidad oficial oscurece. Nada casual es que tan justo reconocimiento llegue cuando su obra ha madurado hasta convertirse en un oasis literario puro, propio y cristalino.

Si el Premio Miguel de Cervantes que ganó Ramírez en el 2017, le dio de manera definitiva su lugar en la lengua, no solo como narrador notable, sino como heredero legítimo de la tradición que aborda la literatura como una forma de libertad, el Vargas Llosa lo confirma como una de las voces imprescindibles del español contemporáneo.

Así, la cima que representa Ramírez no deja de elevarse y agrandarse. Desde Darío hasta El Narrador de las Américas, la literatura nicaragüense sigue señalando que la pluma potente, puede desafiar dictaduras criminales, transformar conciencias desviadas y cabalgar —como su propio caballo dorado— hacia la memoria luminosa de las generaciones futuras.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España

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