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En el siglo XVIII, el emperador ruso Pedro el Grande torturaba, exiliaba a Siberia y ejecutaba con frecuencia a sus detractores, a veces por nimiedades como dirigirle “discursos indecorosos”. A mediados de la década de 1930, Iósif Stalin utilizó acusaciones falsas de traición y confesiones forzadas para purgar a potenciales rivales, entre ellos muchos bolcheviques prominentes que fueron sometidos a juicios públicos. La actual lucha del presidente ruso Vladímir Putin contra sus enemigos —tanto dentro como fuera de Rusia— evoca inquietantes ecos de estos sombríos episodios.
Consideremos la acusación formal contra el crítico del Kremlin, Ilya Yashin, en octubre de 2022, y su condena a ocho años y medio de prisión por difundir información falsa sobre el ejército ruso. Los cargos contra Yashin incluían la acusación de que sentía aversión por el sistema político ruso. En aquel momento, las connotaciones estalinistas resultaban chocantes. Tres años después, son algo habitual.
El número de casos relacionados con el terrorismo abiertos en Rusia se ha disparado desde la invasión a gran escala de Ucrania, y las condenas también han aumentado, pasando de aproximadamente 350 el año anterior a casi 500 en 2022 y más de 1,000 en 2024. Este año, los tribunales rusos han dictado al menos cinco sentencias de este tipo al día, con más de 600 condenas solo en los primeros seis meses. Para finales de año, el total podría superar las 1,500.
De hecho, el parlamento ruso, mero instrumento del régimen, acaba de facilitar aún más la presentación de cargos penales contra los críticos de Putin al exigir que las organizaciones sin ánimo de lucro que reciben “cualquier tipo de ayuda” del extranjero se registren como “agentes extranjeros” y se sometan a una mayor vigilancia gubernamental. La etiqueta de “agente extranjero” siempre ha sido una herramienta para castigar a los opositores del Kremlin, pero ahora es casi el equivalente a la designación soviética de “enemigo del pueblo”: un preludio a la purga.
Esto quedó claro a principios de este mes, cuando casi dos docenas de supuestos agentes extranjeros —es decir, figuras de la oposición exiliadas, miembros del Comité Ruso contra la Guerra, formado tras la invasión de 2022— fueron acusados de delitos relacionados con el terrorismo. Entre los acusados figura el exjefe de Yukos, Mijaíl Jodorkovski, quien se trasladó a Londres después de que su financiación de opositores a Putin le valiera una década de prisión por cargos falsos de fraude y malversación.
Pero, al igual que en la era de Stalin, el régimen actual persigue no solo a los críticos más acérrimos, sino a cualquiera que el Kremlin considere que pueda desafiar su autoridad. Ejecutivos regionales, políticos influyentes y líderes militares, otrora figuras de confianza, son arrestados y acusados con frecuencia de delitos, a menudo relacionados con la corrupción. Últimamente, muchos más leales al Kremlin han sido tildados de agentes extranjeros, y solo cabe especular sobre los motivos.
¿Podría el propagandista pro-Putin Sergei Markov haberse acercado demasiado a Azerbaiyán en un momento en que las relaciones del país con Rusia se están deteriorando? ¿Se extralimitó el bloguero militar y defensor del Kremlin, Roman Alekhin? ¿ Lamentaba Rusia el lento progreso en Ucrania? ¿Fue Alexey Shevtsov, el ex alcalde de Plyos, demasiado ambicioso en sus proyectos empresariales?
Al igual que el Yukos de Khodorkovsky , los bienes de Shevstov —incluido su próspero negocio de “izbing” (glamping en cabañas tradicionales)— han sido confiscados por el gobierno. Desde los bolcheviques hasta Putin, los objetivos de estas confiscaciones son los mismos. Primero, enriquecen al Estado: desde 2022, Rusia ha adquirido activos por valor de unos 3.9 billones de rublos (49,000 millones de dólares) de empresarios privados acusados de delitos que van desde la malversación hasta la traición. Segundo, limitan la capacidad de los rivales potenciales para organizar una oposición efectiva.
Mientras el régimen de Putin reparte castigos severos, aplicando las leyes a su antojo, las élites rusas se muestran cada vez más inquietas. Pero no hace falta ser ruso para convertirse en blanco de Putin. Del mismo modo que Stalin veía prácticamente a todo aquel que no pertenecía a la Unión Soviética como un posible obstáculo para el desarrollo del “socialismo en un solo país”, Putin está convencido de que Rusia es una “civilización distinta” que está siendo atacada por un Occidente empeñado en destruirla.
La retórica antioccidental del Kremlin se ha vuelto cada vez más desquiciada durante la guerra de Ucrania. Pero alcanzó nuevas cotas este mes, cuando el Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR) acusó al Reino Unido de preparar una “vil provocación”: una operación de falsa bandera en la que un grupo de rusos afines a Ucrania, equipados con “material de fabricación china”, atacarían un buque de la Armada ucraniana o un buque civil extranjero en un puerto europeo.
Estas invenciones reflejan tanto resentimiento cultural como inseguridad geopolítica. Si los rusos son los villanos en las películas británicas de espías, los británicos son los villanos en la propaganda de la inteligencia rusa.
Las razones de la creciente obsesión del Kremlin con los supuestos enemigos de Rusia no son difíciles de discernir. La desilusión con la guerra de Ucrania va en aumento, incluso entre quienes alguna vez creyeron en la propaganda nacionalista de Putin.
Con una inflación superior al 8 por ciento, muchos rusos tienen dificultades para cubrir necesidades básicas como alimentos, combustible, servicios públicos y medicamentos. El crecimiento económico se está desacelerando y el déficit presupuestario se disparó hasta los 4.88 billones de rublos en el primer semestre de este año, muy por encima del déficit de 3.8 billones de rublos previsto para todo 2025. ¿Y para qué? En casi cuatro años, Rusia ha logrado ocupar menos del 12 por ciento del territorio de Ucrania.
A los rusos se les prometió una victoria rápida en Ucrania; en cambio, se han encontrado con un conflicto prolongado y costoso que recuerda al atolladero afgano que contribuyó al colapso de la Unión Soviética. Putin es plenamente consciente de todo esto y ahora busca prevenir cualquier amenaza a su posición mediante el castigo y el miedo. Mientras tanto, la guerra se prolonga y el número de muertos aumenta.
La autora es profesora de Asuntos Internacionales en The New School, es coautora (junto con Jeffrey Tayler) de Tras los pasos de Putin: En busca del alma de un imperio a través de las once zonas horarias de Rusia (St. Martin’s Press, 2019).
Derechos de autor: Project Syndicate, 2025.
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