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En Argentina ganó Javier Milei; es un decir. Más cercano a la realidad es decir que ganó Donald Trump: los argentinos más que confiar en las “fuerzas del cielo” a las que Milei apela en sus desvaríos, por lo menos un 10 por ciento que fue decisivo apostó a la lluvia de dólares que implica el apoyo de los EE. UU. Se aseguraron de una segunda inyección de 20 mil millones de dólares, por ahora. Imprescindible para alimentar esperanzas de salida. La herencia de Néstor y Cristina Kirchner fue más que funesta.
“Fue un gran ganador (Milei) —dijo Trump—contó con mucha ayuda por nuestra parte”, precisó. E insistió, “recibió mucha ayuda. Le di mi apoyo, un apoyo muy firme. Y fue realmente inesperado conseguir esa victoria”… sobre la que había dudas, pero al entender de Trump no solo ganó y lo hizo por un amplio margen, sino que “fue algo fantástico”.
Un tercio de los argentino no fue votar; aburridos, escépticos con fundamento, o porque no tenían para ir y venir hasta los lugares de votación como debe haberle pasado, quizás, a muchos jubilados. Para los que sí fueron, en su mayoría estaban decididos a no prestarle apoyo ni confianza al neoperonismo progresista y kirchnerista el que recibió apoyo de menos de un tercio de los dos tercios que votaron. La opción Milei tampoco los enamoraba —demasiado imperativo y con malos consejeros, que van a seguir, según muchos expertos— pero ¿qué otra opción había?; los moderados y centrados candidatos de un novel tercer partido —Las Provincias Unidas— con buenos nombres en el fondo eran “tibios” para los cuales no es el momento en la polarizada Argentina de hoy.
Milei con todos los riesgos que implica, pero con el decidido apoyo de Trump, parecía la mejor alternativa. Confiando en que se aquiete un poco, menos rock and roll, menos viajecitos a recibir premios menores de las derechas del mundo, mejores formas y más respeto por los poderes institucionales y por los otros partidos políticos potencialmente aliados y bajándole unos cuantos cambios al egocentrismo propio y el de sus más cercanos, particularmente su hermana Karina.
El discurso de Milei festejando el resultado esta vez fue tranquilo y centrado, amistoso y conciliador, con buenas maneras, como ningún otro de los pronunciados a lo largo de su carrera. Para muchos promete. Si así lo hace, más los dólares, que vienen de afuera, bien por ellos. Cierto es que crecen préstamos y dependencia, pero esto no preocupa mucho a los argentinos: no será la primera vez que luego renegocian con “quitas” de liquidación.
Quizás Milei se dio cuenta que no basta, aunque sean las primeras materias a rendir, con equilibrar las cuentas, frenar la emisión y parar la inflación. Aplausos por ello. Eso debería estar en la tapa del libro para cualquier gobierno o administrador, sea lo que sea. El tema social, empero, no se puede ignorar, el tema de los siempre olvidados, se debe atender seriamente y no con “motosierras”. A la larga eso no camina, sobre todo cuando la gente tiene la opción de votar. Algo que por repetido no deja de ser una verdad y es que se puede intentar mantener al caballo sin comer, pero hay que tener en cuenta que solo se acostumbra por un ratito y que a la larga, y ni tan a la larga, se muere de hambre.
Si Milei lo entendió, el camino —con la lluvias de dólares— se hará más fácil; ahora, si se insiste en las “fuerzas del cielo” y en que nadie sabe tanto ni es mejor que “yo”, la del domingo 26 de octubre será unas de las tantas victorias a lo Pirro, que se suma a la que le fue inservible a aquel rey de la región de los Balcanes.
El autor es periodista uruguayo.