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Hace dos noches observaba imágenes de Nigeria, ese país inmenso y dolido del África occidental, donde la fe cristiana se paga con la vida. Vi ruinas, templos reducidos a cenizas, aldeas desiertas, y madres llorando sobre los cuerpos de sus hijos. Ocho mil iglesias quemadas. Más de cincuenta mil cristianos asesinados desde 2009. Y me estremecí. No solo por la brutalidad del horror, sino por el silencio ensordecedor del mundo.
¿Dónde están los defensores de los derechos humanos? ¿Dónde la indignación que inunda las redes sociales cuando conviene? ¿Dónde los que marchan con banderas por causas que les otorgan prestigio ideológico? Nigeria arde, su pueblo cristiano es masacrado, y el planeta —con una indiferencia casi cómplice— ha decidido mirar hacia otro lado.
Desde hace más de una década, grupos extremistas como Boko Haram y la filial del Estado Islámico en África Occidental han desatado una campaña de exterminio contra los cristianos del norte de Nigeria. No se trata de enfrentamientos tribales ni de choques políticos: es una persecución sistemática, planificada, despiadada. Las aldeas son arrasadas, las mujeres secuestradas y convertidas en esclavas sexuales, los niños reclutados a la fuerza o asesinados por negarse a renunciar a su fe. Los templos se incendian con la misma frialdad con la que se quema una página de la historia. Y mientras tanto, el mundo libre se mantiene en un silencio que ofende tanto como las balas.
Resulta desgarrador comprobar que los derechos humanos se han vuelto selectivos, sometidos al cálculo político y al oportunismo ideológico. Las mismas voces que se alzan con furia cuando se trata de denunciar a Israel o a Occidente, hoy callan ante un genocidio que no encaja en sus esquemas narrativos. No hay pancartas, no hay hashtags, no hay titulares. La tragedia de Nigeria no genera votos, no produce réditos políticos, no seduce a las élites mediáticas. Y en ese vacío, la hipocresía brilla con una claridad insoportable.
¿Acaso la vida de un cristiano nigeriano vale menos que la de un palestino en Gaza o un manifestante en Europa? ¿La libertad religiosa solo importa cuando beneficia a una causa popular? ¿La izquierda que se autoproclama defensora de los oprimidos no tiene nada que decir cuando los verdugos son los extremistas islámicos? Estas preguntas duelen, pero hay que hacerlas. Porque el doble rasero moral está destruyendo la esencia misma de la justicia.
Desde 2009, más de dos millones de personas han sido desplazadas en Nigeria. Comunidades enteras han desaparecido del mapa. El gobierno nigeriano, debilitado y muchas veces infiltrado por la corrupción, ha sido incapaz de garantizar protección. Las potencias occidentales, tan rápidas para intervenir cuando hay intereses geopolíticos en juego, han preferido la indiferencia. Y los organismos internacionales, siempre tan elocuentes en sus comunicados, se limitan a “condenar” en tono burocrático lo que debería estremecer a la conciencia humana.
Lo que ocurre en Nigeria no es un asunto lejano ni un problema exclusivamente africano. Es un síntoma de un mundo que ha perdido su brújula moral, donde la defensa de los derechos humanos se ha convertido en una herramienta de conveniencia y no en un compromiso de principios. La libertad religiosa —esa conquista civilizatoria que debería unirnos más allá de credos y fronteras— se ve amenazada por un nuevo totalitarismo disfrazado de fervor religioso. Y lo más grave: por el silencio cobarde de quienes deberían denunciarlo.
Como cristiano y como católico, me niego a aceptar ese silencio. No se trata de una cuestión de fe privada, sino de humanidad. Los cristianos nigerianos no son cifras ni titulares olvidados: son hombres, mujeres y niños que creen en algo tan simple y tan poderoso como el derecho a orar sin miedo. Ser indiferente ante su sufrimiento es una forma de traición moral. Porque callar ante la injusticia es, en el fondo, participar de ella.
Los mártires de Nigeria no buscan compasión; buscan que el mundo los vea. Que alguien, desde cualquier rincón, diga con voz firme: esto es un crimen. Que los derechos humanos sean realmente universales, no una bandera de conveniencia. Que entendamos de una vez por todas que la libertad de conciencia y de fe es el primer pilar de toda democracia verdadera.
La persecución religiosa en Nigeria no es un hecho aislado. Es el espejo más crudo de una época en la que la verdad se relativiza, la fe se ridiculiza y la moral se negocia. El cristianismo —la religión más perseguida del mundo según numerosos informes internacionales— está siendo atacado por el mismo fanatismo que dice luchar por la justicia. Y lo paradójico es que muchos de los que se declaran “tolerantes” terminan justificando o ignorando esos crímenes porque el agresor pertenece a una minoría que consideran intocable.
El resultado es un mundo cada vez más cínico, más vacío y más cobarde. Un mundo que ha reemplazado la empatía por el cálculo, la compasión por la conveniencia y la verdad por la narrativa. Pero la verdad sigue ahí, ardiendo entre los escombros de las iglesias destruidas de Nigeria. Y esa verdad clama justicia.
La historia nos juzgará, no solo por lo que hicimos, sino por lo que decidimos no ver. Hoy, mientras los cristianos nigerianos siguen cayendo bajo las armas de la intolerancia, cada silencio nuestro se convierte en una sombra más sobre la conciencia del mundo.
Nigeria no es una nota al pie de página. Es un grito. Un llamado a recuperar la humanidad que hemos perdido en medio de tanta hipocresía. Porque los derechos humanos no tienen color político, ni religión, ni frontera. O son de todos, o no son de nadie.
El autor es ex preso político nicaragüense actualmente desterrado.