La doctrina social de la Iglesia y la política: una defensa desde la fe 

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1. La política sí da de comer 

Decir que “la política no da de comer” es una afirmación cómoda para quienes prefieren la indiferencia. Pero la realidad es otra: la política organiza el acceso a la tierra, al trabajo, a la salud, a la educación, a la justicia. Cada ley, cada presupuesto, cada decisión pública afecta directamente la mesa de los pobres y la dignidad de los trabajadores. La doctrina social de la Iglesia lo ha dicho con claridad: la política es una forma eminente de caridad, cuando se vive como servicio. Renunciar a ella es dejar que otros decidan por nosotros, incluso en contra de nuestros principios. 

2. Defender los principios cristianos ante el progresismo 

Hoy, cuando los valores cristianos son ridiculizados por ciertos sectores progresistas o de izquierda, se nos acusa de “pureza ideológica” o de tener “egos estúpidos”. Pero lo que llaman ego, nosotros lo llamamos conciencia. Lo que llaman pureza, nosotros lo llamamos fidelidad a la verdad. Defender la vida desde la concepción, la familia como núcleo natural, la libertad religiosa y la justicia social no es radicalismo: es coherencia con el Evangelio. Y sí, esa coherencia incomoda a quienes quieren construir “alternativas simultáneas” sin raíces ni moral. 

3. Los que esconden su pasado 

Hay quienes hoy se presentan como maestros de ética pública, pero esconden sus propios errores, silencian sus pactos, borran sus contradicciones. La fe cristiana no se construye sobre el olvido, sino sobre la conversión. Y la política, si quiere ser digna, debe partir de la verdad. No se trata de juzgar, sino de exigir transparencia. Porque el que no reconoce su pasado, no puede construir futuro. 

4. No somos perfectos, pero caminamos con fe 

Los cristianos católicos no somos perfectos. Estamos llenos de pecados, caídas, contradicciones. Pero tenemos la fe de que Dios nos guía, nos corrige, nos levanta. No defendemos los principios cristianos desde la soberbia, sino desde la esperanza. Y por eso, no juzgamos a quienes piensan distinto, ni rechazamos a los que no creen. El Señor nos llama a amar, a comprender, a acompañar. No nos manda a odiar, sino a dar testimonio. Nuestra firmeza no es arrogancia, es fidelidad. Nuestra defensa no es condena, es luz. 

5. Santo Tomás Moro: el santo de los políticos 

Santo Tomás Moro, canciller de Inglaterra, fue decapitado por negarse a traicionar su conciencia cristiana ante el poder del rey Enrique VIII. No aceptó el divorcio del monarca ni la ruptura con Roma. Prefirió perder su cargo, su prestigio y su vida antes que renunciar a la verdad. Su ejemplo es un faro para quienes creen que la política debe estar al servicio de Dios y no del capricho humano. Fue jurista, humanista, padre de familia, y mártir. Su vida demuestra que la santidad no está reñida con la política, sino que la ennoblece. 

Conclusión 

Defender los principios cristianos en política no es fácil. Requiere firmeza, claridad, y disposición al sacrificio. Pero como enseñó Santo Tomás Moro, la conciencia no se vende, ni se negocia. Y si el mundo nos llama radicales, que lo haga. Porque los santos también fueron llamados locos, fanáticos, y peligrosos. Y, sin embargo, ellos cambiaron el mundo haciendo la voluntad de Dios. Nosotros no somos perfectos, pero caminamos con fe. Y esa fe nos llama a construir, no a destruir; a amar, no a odiar; a servir, no a dominar. 

El autor es ingeniero, expresidente de Hagamos Democracia. Miembro del Bloque de Centro Derecha, Concertación Democrática Monte Verde. 

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