El anuncio del presidente electo de Bolivia, Rodrigo Paz, de desvincular al país de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) una vez que asuma la presidencia el 8 de noviembre, y la rápida reacción del bloque al expulsar al país, marcan un antes y un después en la geopolítica regional.
Especialistas consultados por LA PRENSA advierten que con la salida de Bolivia el Alba pierde a uno de sus miembros fundadores más activos, lo que confirma que el bloque dejó de ser una alianza plural de gobiernos progresistas para convertirse en un frente reducido de regímenes autoritarios que se respaldan mutuamente.
Paz aseveró que Bolivia, país que ingresó al Alba en 2006 de la mano del exmandatario Evo Morales, debía romper vínculos con la organización, puesto que los países que la integran —en clara alusión a Venezuela, Cuba y Nicaragua— “no tienen la democracia como principio”. Esta postura se suma a la decisión del mandatario electo de no invitar a los dictadores de esos tres países a su juramentación.
Alba, dominada por el chavismo venezolano, respondió de inmediato a las declaraciones de Paz y suspendió a Bolivia, alegando que su gobierno mantiene una conducta “antibolivariana, antilatinoamericana, proimperialista y colonialista”, que “no se encuentra acorde con los principios de esta Alianza”.

Carga simbólica
“No es algo inesperado, considerando la situación que se vive en América Latina, donde un cambio de gobierno modifica en gran medida las posiciones de política exterior”, consideró al respecto el especialista en relaciones internacionales Carlos Cascante Segura.
Por su parte, el también especialista en relaciones internacionales Sergio Araya estimó que la expulsión de Bolivia y el interés de Paz por desvincularse de la organización tienen una importante carga simbólica.
“Representa, con acciones concretas, la búsqueda de dejar atrás todos aquellos aspectos en los que los gobiernos del MAS, especialmente bajo el liderazgo de Evo Morales, intentaron incluir al país en lo que podríamos llamar un ‘club’ de naciones con características comunes: aquellas que abrazaron la doctrina del socialismo del siglo XXI impulsada por Hugo Chávez y que, en política internacional, mantuvieron posiciones similares”, dijo Araya.
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Entre esos alineamientos mencionó el respaldo a Rusia en el conflicto con Ucrania, el rechazo a las políticas de Estados Unidos —al que continuaban calificando de país imperialista— y el acercamiento con Irán. En ese sentido, según Araya, Rodrigo Paz busca demostrar con esta decisión que pretende dejar atrás la línea de posicionamiento internacional que los gobiernos del MAS impusieron durante las dos décadas en que gobernaron Bolivia.

No es el fin del Alba
A criterio de los especialistas consultados, aunque la expulsión de Bolivia marca un antes y un después, esta decisión no representa el fin del Alba.
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“Si el gobierno actual de Bolivia cae y surge nuevamente uno vinculado al Movimiento al Socialismo (MAS), a Evo Morales o a una línea de izquierda, es muy probable que Bolivia pida retornar al Alba como un elemento simbólico. Por tanto, no es una decisión definitiva; la permanencia o salida dependerá de la visión del gobierno de turno respecto a la alianza”, consideró Cascante, quien añadió que el Alba desaparecería únicamente si cae el régimen de Nicolás Maduro.

Alba dejó de prometer con la crisis venezolana
Desde hace una década, diversos análisis coinciden en que la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) fracasó en su propósito de erigirse como una alternativa a la hegemonía de Estados Unidos y a la propuesta del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).
Aun así, los regímenes de Nicaragua, Cuba y Venezuela insisten en proyectar la idea de que el bloque continúa vigente. Así lo evidenciaron el pasado 14 de diciembre en Caracas, Venezuela, durante la XIV Cumbre del Alba, en la que participaron Daniel Ortega y los demás mandatarios que aún integran esa alianza.
La alianza bolivariana nació con la ambición de construir refinerías en todos los países miembros y consolidarse como una potencia petrolera regional. Dos décadas después, esas promesas se desvanecieron y el discurso ha virado hacia la aspiración de convertirse en una potencia agroalimentaria.
En 2007, Nicaragua se sumó a ese sueño con el anuncio de la refinería Supremo Sueño de Bolívar. El entonces presidente venezolano Hugo Chávez (q. e. p. d.) colocó en el balneario de Miramar la primera piedra de la obra, presentada como símbolo de integración energética latinoamericana. Casi veinte años después, el proyecto sigue inconcluso y reducido a un centro de acopio de combustible con escaso uso.