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La lucha del pueblo venezolano por recuperar su democracia no es solo una historia nacional, es el punto de partida de una nueva etapa para toda América Latina. Lo que ocurrió el 28 de julio de 2024 en Venezuela —una elección que el régimen chavista de Nicolás Maduro intentó manipular, pero que dejó actas vivas como testimonio de una victoria popular— es una señal clara de que incluso en los contextos más oscuros, la resistencia cívica y no violenta puede abrir caminos hacia la libertad.
Maduro no es simplemente un dictador más, ha sido señalado como jefe del Cartel de los Soles, una estructura criminal que ha convertido al Estado venezolano en un narco-régimen. Sin embargo, líderes del socialismo del siglo XXI como Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum y Lula da Silva siguen defendiendo o justificando su permanencia en el poder. ¿Cómo es posible que, frente a tantas evidencias, sigan alineándose con un modelo que ha destruido la institucionalidad, empobrecido a millones y perseguido a quienes piensan distinto? Lo único que puede explicarlo es el miedo a que los lazos más profundos del narcotráfico y las elecciones de sus gobiernos salgan a la luz.
Pero, desde Nicaragua, donde también enfrentamos una dictadura brutal, vemos con esperanza lo que está ocurriendo en Venezuela; como es público, las actas de esa elección, resguardadas en bóvedas diplomáticas y salas de embajadores, son más que documentos: son símbolos de una ciudadanía que no se rinde, son prueba de que la democracia puede renacer desde la resistencia descentralizada, pacífica y organizada, aun en los entornos más adversos.
La postura de Estados Unidos, especialmente bajo el liderazgo de Donald Trump, ha sido clara: enfrentar al régimen de Maduro como una amenaza hemisférica. Aunque sus métodos de law/peace enforcement generan debate, lo cierto es que ha puesto sobre la mesa una verdad incómoda: no se puede negociar con quienes han convertido la política en crimen organizado.
Hoy, los demócratas de América Latina tenemos una responsabilidad histórica. No basta con denunciar, hay que construir alternativas, unirnos, aprender de las luchas de otros pueblos, y defender la libertad sin ambigüedades. La democratización de Venezuela puede ser el inicio de una ola democrática que alcance a Nicaragua, Cuba y otros países donde la represión sigue siendo ley.
A mis hermanos nicaragüenses, les digo: no estamos solos. La historia está de nuestro lado, la paz y la reconciliación entre demócratas es posible, pero solo si reconocemos que la libertad no se negocia, se conquista y se defiende todos los días.
El autor es ex preso político nicaragüense, activista opositor exiliado.