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Hace unos días, mientras cenaba con unos amigos, se unió a la mesa una chica europea que comenzó a hablar sobre lo “increíble” que era ver a tantos presidentes fascistas en el mundo actual. Mencionó nombres como Milei, Trump y Meloni, con la seguridad de quien cree estar repitiendo una verdad obvia. La escuché con respeto, pero no pude evitar intervenir. Le dije que no creo que existan presidentes fascistas hoy en día, pero sí varios que adoptan prácticas autoritarias o populistas. Y que, antes de usar una palabra tan seria, primero habría que preguntarse qué es realmente el fascismo y cómo se manifiesta.
Esa conversación me dejó pensando. Porque mientras para muchos el término fascista se ha convertido en una simple etiqueta para descalificar al que piensa diferente, los verdaderos regímenes con prácticas fascistas son ignorados o incluso defendidos. Hablo de países como Nicaragua, Corea del Norte, Cuba o Venezuela, donde el culto al líder, la persecución del disidente, la censura y la represión son parte cotidiana del poder. Esos sí son síntomas del fascismo real: el control absoluto del Estado sobre la sociedad, la eliminación del pluralismo, el miedo como herramienta de dominación.
Sin embargo, cuando mencioné estos ejemplos, la respuesta de la mesa fue unánime: “Esos países están pasando por momentos difíciles”, “todo es culpa de Estados Unidos”. Esa defensa automática, casi instintiva, revela algo más preocupante que la ignorancia: el triunfo de las modas ideológicas vacías sobre el pensamiento crítico. Hemos llegado al punto en que la verdad se mide por la simpatía ideológica y no por los hechos.
Vivimos en una época donde los discursos simplistas han reemplazado el análisis profundo. En las redes sociales, basta con repetir una consigna para ganar aplausos y pertenecer a un grupo. El pensamiento se ha vuelto un accesorio ideológico, y los conceptos políticos, meros adornos del ego. Se usa “fascista” como sinónimo de “me cae mal” o “piensa distinto”, vaciando de contenido un término que nació del dolor y la destrucción de millones de vidas. Decir “fascista” no debería ser un insulto de moda; debería ser una advertencia histórica.
El fascismo fue una ideología totalitaria que promovió la anulación del individuo frente al Estado, la eliminación del disenso, el nacionalismo extremo y la violencia como herramienta política. Fue responsable de guerras, genocidios y persecuciones. Hoy, usar esa palabra sin comprender su significado es una falta de respeto a la historia y a las víctimas. Pero más allá del error semántico, hay algo más grave: el uso del término como arma moral para silenciar al que piensa diferente.
Esa es una práctica profundamente autoritaria, aunque se disfrace de progresismo o de defensa de la justicia social. Porque el pensamiento único, venga de donde venga, siempre termina siendo opresión. Y lo que muchos no ven es que esta tendencia de etiquetar al adversario con palabras extremas como “fascista” o “nazi” está destruyendo la posibilidad de diálogo. Si el otro no piensa como yo, entonces no es mi interlocutor, sino mi enemigo. Esa lógica binaria nos está llevando a un empobrecimiento moral y político sin precedentes.
El problema no es solo lingüístico. Es moral. Porque cuando todo se llama fascismo, nada lo es. Y al banalizarlo, perdemos la capacidad de reconocerlo cuando realmente aparece. Las dictaduras de izquierda y de derecha se disfrazan de “resistencia” o de “defensa nacional”, mientras censuran, encarcelan y oprimen. Lo peor es que encuentran aplausos en aquellos que se creen del “lado correcto” simplemente por repetir las consignas populares. Así, las palabras pierden sentido, la verdad se relativiza y la mentira se normaliza.
Esta distorsión del lenguaje revela una batalla más profunda: ya no se trata de una lucha ideológica, sino de una lucha entre la verdad y la mentira. Entre quienes piensan y quienes se dejan arrastrar por la corriente de lo políticamente cómodo. En las universidades, en los medios y en las redes, se premia más la adhesión al discurso dominante que la búsqueda honesta del conocimiento. Se ha perdido la costumbre de preguntar, de dudar, de pensar por cuenta propia. Y cuando la razón se rinde ante la corrección política, lo que nace es el fanatismo.
Por eso, más que tomar partido en una “moda política”, deberíamos recuperar el valor del análisis, del desacuerdo razonado y de la honestidad intelectual. No todo el que se opone a la corriente dominante es fascista; y no todo el que se dice progresista defiende la libertad. La verdad no tiene color político: tiene coherencia, tiene hechos y tiene principios. El pensamiento crítico no consiste en oponerse por sistema, sino en evaluar, contrastar y tener el coraje de disentir incluso de aquellos con los que compartimos ideas.
La conversación de aquella noche me dejó una certeza: estamos frente a una crisis del pensamiento. Y en esa crisis, cada uno tiene que decidir si quiere vivir en el confort de las consignas o en la incomodidad de la verdad. No es una batalla ideológica, es una batalla moral. Entre el bien y el mal, entre la lucidez y la ceguera, entre quienes defienden la libertad y quienes, por ignorancia o conveniencia, la entregan envuelta en palabras bonitas.
Pensar por uno mismo se ha vuelto un acto de rebeldía. Pero quizá esa sea la única forma de resistir ante el ruido y la manipulación. El mundo no necesita más etiquetas: necesita más personas dispuestas a pensar con rigor, a hablar con honestidad y a defender la verdad, aunque duela. Porque solo desde la verdad se construye libertad.
El autor es ex preso político y exiliado nicaragüense.