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Los pastores evangélicos Francisco González Mora y Ramona Peña estaban en una misión de evangelización en el triángulo minero, a mediados de 1973. Estuvieron varios meses realizando actividades con niños y jóvenes de la zona, además de presidir cultos semanalmente.
Un día, una joven de 18 años llamada Esmérita Sánchez llegó con un bebé en brazos a buscar a los pastores a la casa donde se estaban hospedando en Bonanza. Clamaba por su ayuda. “No puedo tener a este bebé. Ya tengo dos hijos y estoy sola porque mi marido me dejó”, les dijo.
La pareja pensó que les pediría dinero, pero la joven no quería eso porque la plata se acaba en cualquier momento. Ella buscaba una solución duradera. “Les doy al bebé. Por favor hágase cargo usted”, dijo mientras miraba a Ramona a los ojos y le entregaba al menor.

Los pastores aceptaron hacerse cargo del bebé, que entonces tenía cinco meses de nacido. A los pocos días terminaron su misión y regresaron con el niño al barrio Open 3, conocido ahora como Ciudad Sandino. Jamás volvieron a saber de aquella joven que les entregó al niño, al cual llamaron Joel.
Décadas después, Joel González Peña decidió buscar a su madre biológica, hasta que finalmente la encontró en julio de este año. Sólo ha hablado con ella por teléfono. No ha podido conocerla en persona porque ella sigue viviendo en Bonanza, mientras que él vive en Costa Rica, en donde trabaja y ha construido su familia.
El próximo mes de diciembre planea viajar a Nicaragua para conocerla y “recuperar todos los buenos momentos que no pude tener con ella”, dice. El rencor y el resentimiento que alguna vez sintió en contra de la mujer que lo abandonó ya están superados, asegura.
Resentimiento
Cada vez que el pequeño Joel conocía a los padres de sus compañeros de la escuela se preguntaba por qué todas las mamás eran jóvenes y la de él tenía casi 50 años. La explicación se la dio la misma Ramona cuando él tenía 7 años. “Para mí fue algo increíble. Yo no me lo imaginaba”, relata Joel.
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Ramona le contó la historia de cómo ella y su esposo lo adoptaron en Bonanza cuando tenía cinco meses de nacido. Desde que supo la verdad “sentía la curiosidad de conocer a mi verdadera familia, pero sin dejar que querer a mi familia adoptiva”, relata.
Joel fue criado como hijo único. La pareja ya había tenido otros dos hijos, pero ambos murieron de causas naturales después de nacer. Sin embargo, sus padres adoptivos se separaron cuando él aún era un niño y prácticamente se crio solo con Ramona.
“Éramos solos ella y yo, y esa señora se fajó. Ella fue padre y madre para mí. Pasamos tiempos críticos en cuanto a lo económico, pero ella se fajó”, detalla. Además de predicar la palabra de Dios, la mujer se ganaba la vida vendiendo tortillas, lavando y planchando ajeno o limpiando casas. Así fue como sacó adelante a Joel, quien le agradece que nunca le haya faltado comida, ropa o estudio.
Con el tiempo, y la llegada de la pubertad, aquella curiosidad que Joel sentía de pequeño por conocer a su familia biológica se fue transformando en resentimiento. “Yo decía que si ella no me había querido cuando yo la necesitaba, entonces yo no la quería ahora que yo no ocupaba de ella”.
Por esa razón, cuando ya era mayor de edad, no hacía caso a los consejos que le daba Ramona para que hiciera lo posible por buscar a su mamá biológica. “No le daba importancia, pero ella siempre me insistía y me insistía y yo no entendía por qué”, recuerda.
En el año 2000, a la edad de 27 años, Joel decidió migrar a Costa Rica para trabajar. Su propósito era conseguir dinero para comprar vehículos en Nicaragua y ponerlos a taxear. Inicialmente se iría por cinco años, pero terminó quedándose y haciendo vida en el vecino país.

En Costa Rica, Joel ha trabajado siempre en construcción, incluso hasta estos días. Desde que se fue viajaba a Nicaragua en temporadas de vacaciones para visitar a su mamá adoptiva. Lo de buscar a su mamá biológica siempre era tema de conversación en cada viaje que hacía.
En noviembre de 2016, cuando Ramona estaba en sus últimos días de vida, ella le insistió en que fuera a buscarla. “Eso como que me tocó el corazón y dije: ´Bueno pues, la voy a buscar´”, detalla. Ramona falleció el día 11 de ese mismo mes.
Casi 10 años buscándola
Joel no sabía por dónde empezar la búsqueda de su madre biológica. Los únicos datos que tenía eran que se llamaba Esmérita Sánchez, que tenía dos hijos, que era de Bonanza y que lo había dado en adopción cuando él tenía cinco meses. Nada más. Ni una foto. Ni una dirección. Ni un número de teléfono.
Con lo poco que sabía se fue a la Radio Ya a inicios de 2017 para poner un anuncio. “Todo mundo escuchaba esa radio y yo pensé que a lo mejor por ahí podía dar con ella, pero nada”, relata.
Le dejó su número de teléfono al personal de la radio para que lo contactaran por si alguien llamaba, pero pasaron los meses y no lo contactaban.
Frustrado, el hombre se regresó a Costa Rica. Siguió trabajando y solo iba a Nicaragua una vez al año para pasar vacaciones y visitar a sus hijos. En cada ocasión que llegaba a Managua, pasaba por la radio haciendo el mismo anuncio. Nunca fue a Bonanza porque temía no encontrarla y haber viajado para nada.
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Así estuvo hasta el 2024. Sin embargo, en julio de este año decidió cambiar su método de búsqueda. Joel hizo una publicación en redes sociales en la que contaba su historia. Esta fue retomada por radio La Primerísima y varias personas comenzaron a llamarlo.
No todas las llamadas eran para decirle algo bueno. Algunos solo le hablaban para bromear con él y otros hasta le pedían dinero a cambio de información, hasta que una joven se comunicó con él diciéndole que ella conocía a Esmérita Sánchez, que era su abuela.
¡Ella es!
La joven le dijo que su abuela Esmérita Sánchez, de Bonanza, dio en adopción a un bebé de cinco meses y ella era hija de una niña que Esmérita había tenido antes, es decir, de una hermana mayor de Joel.

Luego se contactó con él su hermana, quien migró a Estados Unidos hace unos años. La mujer le mostró documentos de identidad de Esmérita Sánchez y Joel se convenció de que era ella.
“Me preguntó que si yo quería hablar con ella, pero sentí una sensación toda rara y hasta como el cuarto día me sentí listo para hablar con ella”, cuenta.
El día que finalmente hablaron por teléfono, Esmérita empezó a pedirle perdón y a explicarle que lo abandonó porque no tenía alternativa. Él le respondió que no se preocupara, que el tiempo perdido no se recuperaba, pero que sí se podía aprovechar el tiempo que estaba por venir.
Desde entonces, Joel se comunica constantemente con su familia biológica, mientras espera diciembre con ansias para viajar a Nicaragua y conocer a su madre. Por ahora, cada semana hablan por videollamada y se van contando sobre sus vidas. También habla con su hermana y su sobrina. “Yo todavía no me puedo creer que después de 53 años que tengo vaya a conocer a mi mamá en persona”, dice emocionado.
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