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Desde 1979 el sandinismo ha dejado de ser una promesa revolucionaria para convertirse en una maquinaria de terror. Lo que se presentó como liberación nacional fue, en realidad, el inicio de una estructura represiva que ha mutado, se ha infiltrado en todos los nervios de la sociedad, y hoy domina Nicaragua con violencia, adoctrinamiento y exilio.
I. El origen del terror
Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) tomó el poder por las armas en 1979. Prometió justicia, pero instauró persecución. Ciudadanos fueron apresados y condenados sin juicio. Otros fueron asesinados por el simple hecho de ser antisandinistas, ya fueran somocistas o críticos acérrimos del nuevo régimen. La guerra civil liderada por los contras fue consecuencia directa de ese sistema represivo, dejando miles de muertos y una sociedad fracturada.
Se confiscaron propiedades, se impuso un partido único, y se militarizó la educación. Pero más grave aún: se instauró un adoctrinamiento engañoso, alejado de la verdad, la ética, los valores, la moral y la familia. La fe cristiana fue asediada y manipulada. El sandinismo refinó el estado de terror, infiltrándose en barrios, medios, iglesias, tribunales y escuelas.
II. La metástasis del poder
En 2007, el sandinismo nuevamente con Daniel Ortega, regresó al poder con una estrategia más sofisticada: manipulación electoral, cooptación institucional y alianzas oportunistas. Desde entonces, el sandinismo se ha metastatizado: controla el Poder Judicial, el Ejército, la Policía, los medios y las universidades.
Rosario Murillo, su esposa, se convirtió en vicepresidenta en 2017 y hoy ostenta el título de copresidenta. Su figura domina la comunicación oficial, el aparato represivo y el culto a la personalidad. El poder se concentra en sus manos, mientras Ortega se desvanece tras bambalinas.
III. Los tentáculos del terror
Desde 2018, el régimen ha desatado una represión brutal: más de 300 muertos, miles de heridos, decenas de miles de exiliados. Periodistas encarcelados, medios clausurados, ONG ilegalizadas, líderes opositores condenados sin debido proceso. La Iglesia católica ha sido atacada sistemáticamente.
La persecución incluye encarcelamientos injustos, torturas, y asesinatos selectivos. Incluso en el exilio, opositores han sido víctimas de seguimientos y atentados, como el de mi amigo Roberto Samcam, asesinado brutalmente. Las confiscaciones se han intensificado: universidades, medios y propiedades han sido expropiadas sin compensación, y nuevas leyes absurdas que expropian a miles de nicaragüenses. Nicaragua se ha vaciado de voces críticas.
IV. La resistencia no se negocia
La lucha contra la dictadura sandinista no puede construirse sobre alianzas con sectores de la disidencia sandinista que aún cargan el peso del pasado. No hay reconciliación posible con quienes fueron parte estructural del terror, defendieron el modelo autoritario o se beneficiaron de él, incluyendo a grandes personajes de la clase empresarial disfrazados de demócratas, pero claramente provenientes del sandinismo.
Mientras no se sometan a la justicia, mientras no rindan cuentas por las confiscaciones, asesinatos, persecuciones, exilios, y promotores de la destrucción del Estado de derecho como el modelo de diálogo y consenso, no hay perdón ni olvido. La coordinación táctica con esos sectores que están en deuda con la nación debe de ser útil, solo y únicamente para la salida de la dictadura, pero jamás debe confundirse con legitimación.
V. Justicia, memoria y dignidad
La memoria no se negocia. La dignidad exige claridad. Y la justicia es el único puente legítimo entre el pasado y el futuro.
Esto es un llamado a la conciencia, a la acción, y a la verdad. Porque mientras el sandinismo extiende sus tentáculos, nosotros debemos extender la memoria, la resistencia y la justicia.
El autor es ingeniero. Expresidente de Hagamos Democracia. Miembro del Bloque de Centro Derecha en Concertación Democrática Monte Verde.