Asesinos de la inteligencia

La dictadura Murillo-Ortega es dañina para el cerebro. Un reciente artículo de Barbara Oakley, Censorship Hurts our Brains-Literally (La censura daña nuestros cerebros-literalmente) (WSJ, 17,09,2025) demuestra, desde la perspectiva médico-científica, cómo los sistemas que reprimen la libertad de pensar y actuar tienen efectos nocivos y permanentes en el cerebro de los ciudadanos.

Nuestros cerebros, señala la autora, “están hechos para formar hábitos. Los ganglios y el sistema neuronal, responsables de los circuitos de aprendizaje profundo que automatizan lo que repetimos, no sólo absorben escalas de piano o movimientos deportivos, sino también formas habituales de pensar. Confirmándolo, Alberto Alessina, economista de Harvard, descubrió como en la excomunista Alemania Oriental las décadas de dictadura dejaron cicatrices en la conducta que aún perduran. Sus ciudadanos se volvieron más cautelosos, menos emprendedores y más desconfiados”.

Los sistemas totalitarios, al prohibir y castigar el pensamiento independiente inhiben también el sentido crítico y la curiosidad intelectual, volviendo a sus ciudadanos menos inteligentes y creativos. Facultades que, como los músculos, se fortalecen a través de la práctica. La libertad las hace florecer. La opresión las marchita.

En la Nicaragua de hoy está prohibido disentir. Tan es así que incluso el sugerir cosas no perfectamente alineadas con la visión gubernamental puede ser peligroso. ¿Qué espíritu crítico podría desarrollarse hoy en aulas donde no existe libertad de pensamiento, ni discusión de ideas, ni debates, ni diversidad? ¿Qué pensamiento autónomo u original podrá plantearse en ambientes donde es peligroso desviarse del discurso oficial? 

Pero el efecto nocivo de la dictadura absoluta va más allá, pues mina también la dignidad del individuo al obligarlo a bajar la cabeza. Ocurre con los empleados públicos, humillados al tener más alternativa que asistir a marchas o aplaudir discursos estúpidos. Ocurre con el ciudadano común y corriente: en Nicaragua está totalmente a merced de lo que el poder quiera hacer con él. No hay ley que lo proteja, ni juzgados, ni autoridad alguna que lo ampare ante los abusos del gobierno; desde multas injustas de tránsito, hasta reparos fiscales arbitrarios, privación de pasaportes, negación de ciudadanía o entrada al país, confiscación de bienes, etc. No le queda pues más remedio que el conformismo forzado.

Otro efecto nefasto de las tiranías es su poder corruptor. Porque, ¿qué grado de honestidad podrá lograrse en una sociedad donde la gente tiene que disimular u ocultar lo que piensa? Bajo el sistema opresor el ciudadano tiene que mentir, disimular, incluso reprimir sus propios sentimientos; no protestar ante las injusticias, conformarse con lo que exigen o decretan los de arriba, abdicar, incluso de su conciencia moral. También se ve obligado a desconfiar del prójimo porque dichos sistemas fomentan la delación y el espionaje.  

Todo este andamiaje represivo termina, desafortunadamente, moldeando las conexiones neuronales profundas. Muestras de este deterioro mental, emocional y moral, lo vemos ya en varios escenarios. Uno de ellos es la asamblea. Allí los sumisos diputados aprueban siempre por unanimidad, sin la más mínima objeción, todas las leyes que les mandan los co-dictadores. No hay debates ni críticas constructivas. Sus discursos sin sustancia son para alabar los adefesios jurídicos que deben aprobar. No hay lugar para la inteligencia.

Otro escenario son las congregaciones partidarias. Allí miles de jóvenes y concurrentes, sentaditos en filas bien ordenadas, aguantan los discursos de uno de los peores oradores de la historia nacional; lentos, repetitivos, interminables, carentes de lucides y humor, pero ricos en ataques a todo el mundo, excepto a las tiranías que corteja, y de falsedades históricas que aparentemente nadie detecta, porque en los colegios todo el mundo aprueba, aunque no sepa nada. Y lo más patético: altos militares y funcionarios bobalicones, fingiendo atención y aplaudiendo tonterías que merecen abucheos. Y todo lo corona la retórica de la codictadora, rica en adjetivos y letanías de insultos, pero paupérrima en sustancia.

Triste espectáculo: un país liderado por una pareja extremadamente inculta, verdadero antimodelo, y que con su odio o terror a la libertad va camino de producir ciudadanos con estructuras mentales atontadas; más cautelosos, miedosos, desconfiados e hipócritas; más resignados y pasivos. Urge sacudirse de esta losa que sofoca la Nicaragua que soñaba Darío: una hecha de vigor y de gloria y no rebaños cabizbajos.  

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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