Por una nueva independencia y el rescate de nuestra bandera

El pueblo nicaragüense no es hoy más independiente que cuando se declaró la independencia centroamericana hace 204 años. Al contrario, lo es menos. Un pueblo verdaderamente independiente es aquel que puede trazar con libertad su propio destino. Igual que una persona independiente lo es cuando no está sometida a la voluntad de otro.

Independencia es pues un concepto íntimamente ligado al concepto libertad. El dependiente no es libre, el independiente lo es. Ignorar este principio tan sencillo lleva a confinar el concepto de independencia a la liberación de un yugo extranjero y a ignorar las repetidas veces en que los pueblos pueden perderla al caer bajo tiranías locales, a veces peores que las extranjeras. Se cae así en la farsa, tan amada por los déspotas, de celebrar con gran pompa y verborrea las independencias de sus países mientras privan a sus ciudadanos de su más mínima autodeterminación. 

La realidad es que en ciertos casos puede ser preferible el sometimiento a un poder extranjero, relativamente benévolo, que a un nacional tiránico. Esto lo experimentaron hasta la saciedad los pueblos centroamericanos. En vísperas de la independencia sus pueblos eran regidos por gobernantes nombrados por la corona española; unas veces criollos, otras peninsulares. Su yugo era suave. Imponían muchas restricciones al comercio internacional, junto con algunos gravámenes, pero la vida de los ciudadanos transcurría tranquila, sin mayores temores o exigencias. Los indios, en particular, gozaban de mucha autonomía en comunidades autónomas y autárquicas.

Con la independencia todo cambió. Dejaron de gobernar los delegados de la corona para hacerlo déspotas y facciones políticas que precipitaron sus países en una orgia imparable de sangre y destrucción. Se cumpliría así la profecía de Bolívar en referencia a la nueva nación: “Este país caerá infaliblemente en manos de multitudes desenfrenadas para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas”. Nicaragua, en particular, sufriría en sus primeros 35 años de independencia seis guerras civiles. Para los indios y su población humilde esto significó ser reclutados a la fuerza por los caudillos de turno y luego perder el derecho a sus comunidades autónomas.

Hoy, casi dos siglos después, Nicaragua es un país teóricamente independiente, pero su población, los habitantes de carne y hueso que la pueblan, no lo son de ninguna manera. Dependen absoluta y totalmente de la voluntad de un par de tiranos y sus huestes armadas. No pueden decidir su destino. No pueden elegir sus autoridades. No pueden protestar los abusos de sus gobernantes. No pueden hacer valer sus derechos. La ley no los protege. Los tribunales no juzgan, sólo obedecen las órdenes del poder. 

¿Cómo puede considerarse independiente a un pueblo donde sus ciudadanos carecen de la más mínima independencia ante poderes ajenos a su voluntad? Una de las señales más ominosas y claras de esta pérdida de independencia es el haber humillado la bandera nacional poniéndola a la par de la de un partido. En las luchas por la independencia que registra la historia universal, los patriotas enarbolaban la bandera nacional como símbolo supremo de su país en abierto desafío a las banderas extrañas, extranjeras. No servían dos banderas, sino solo una y única. Lo que ha hecho la pareja en el poder al querer imponer el trapo rojo y negro de su facción política es un insulto intolerable a la bandera azul y blanco, la única que representa verdaderamente a toda la nación; la única que puede reclamar nuestra lealtad y devoción.

El reto ahora es, pues, luchar por una nueva independencia. Luchar por rescatar a la población nicaragüense de quienes la han privado de su derecho a decidir su destino y vivir en libertad; luchar por romper las cadenas de una opresión que, aunque no proceda de gobernantes nacidos en el exterior procede de engendros malignos del propio suelo que, al adorar banderas distintas a la nacional, se han convertido, de hecho, en extranjeros; en extraños a la verdadera nacionalidad.

La independencia de Nicaragua, y más específicamente de los nicaragüenses, es algo pues pendiente y que se logrará el día en que vuelva a ser libre y brille sobre ella, sola y sin malas compañías, nuestra bandera azul y blanco.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de “En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019”.

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