El sacerdote Nils de Jesús Hernández. CORTESÍA

El sacerdote “vandálico” que levanta su voz por la Iglesia nicaragüense

Nils de Jesús Hernández huyó de la dictadura sandinistas de los ochenta porque asegura que querían asesinarlo. Hizo vida en Estados Unidos y ahora habla por los sacerdotes que no pueden hacerlo en Nicaragua.

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En cada homilía y oración que Nils de Jesús Hernández preside en la parroquia Reina de la Paz de Waterloo, Iowa, no deja de mencionar a Nicaragua y de denunciar al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. 

“Es demasiado lo que jode esta gente. Yo ya estoy cansado, ya no lloro porque ya ni lágrimas tengo para llorar”, dice este sacerdote de 56 años originario de Nagarote, tierra del quesillo, “pero los originales. Los paceños dicen que son de La Paz Centro, pero no. Esos son copia de los de Nagarote”, comenta con el pecho inflado al recordar su tierra. 

Fue en Nagarote donde este sacerdote vivió los años de la guerra contra Somoza y parte de la dictadura sandinista de los años ochenta. Un familiar suyo fue declarado mártir de la revolución e incluso recuerda cuando asesinaron al director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal el 10 de enero de 1978.

El primero a la derecha, el padre Nils de Jesús Hernández. CORTESÍA

Lo que vivió en la década de los ochenta lo convirtió en un declarado antisandinista. Cualquier cosa que lleve el rojo y el negro le causa repulsión porque le recuerda a la persecución que sufrió en Nicaragua por oponerse al Servicio Militar, dice. Incluso, asegura, intentaron asesinarlo. 

Tras salir del país, Hernández se asentó en Los Ángeles en donde trabajó como obrero hasta que entró al seminario para cumplir con el llamado de Dios. Desde 2020 es párroco de la iglesia Reina de la Paz en donde tiene un altar de la Inmaculada Concepción de María con la bandera de Nicaragua, la patria que no olvida. 

Él dice que habla “en nombre de la Iglesia nicaragüense”, la cual se mantiene en silencio en medio de la represión que ha desatado la dictadura contra los religiosos. También critica el silencio del cardenal Leopoldo Brenes. “Es el cantinflas nicaragüense, que no dice nada”. Pero también reconoce que “está entre la espada y la pared. Tiene miedo, o es que le saben algo”. 

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“Padre vandálico” 

Hernández se presenta como “El padre vandálico” y se siente orgulloso de serlo. “Yo no soy vandálico a partir de 2018, sino desde mucho antes”, detalla. 

Nació el 18 de diciembre de 1968, cuando la guerrilla del Frente Sandinista ya plantaba cara al régimen de los Somoza y varios jóvenes de todo el país formaban parte del movimiento armado. Uno de ellos era Luis de la Llana Solís Ojeda, primo del sacerdote Hernández y que cayó en combate a finales de los setenta cuando era parte del Frente Sur Benjamín Zeledón. 

El primo del sacerdote fue declarado “Héroe y mártir de la revolución” cuando los sandinistas asumieron el poder el 19 de julio de 1979. Incluso un barrio de Nagarote lleva su nombre. “Yo vi morir a mi primo por una causa que creyó que era justa, pero terminó en convertirse en otra dictadura”, comenta Hernández. 

El padre Nils cuando era un bebé. CORTESÍA

El ahora religioso creció en Nagarote en el seno de una familia humilde. Es el cuarto de los cinco hijos que procrearon don Julio César Hernández Sánchez y doña Rosa Victoria de la Llana Baca. 

Su mamá era comerciante y su papá, sordo de nacimiento, se dedicaba a la carpintería y quería que sus hijos siguieran su camino como obreros de la madera. Hernández dice que sus padres no se bachilleraron, pero que siempre le mostraron el camino del bien. “Ellos me enseñaron sobre la justicia social”, detalla. 

Creció escuchando la Radio Mundial en su casa y ahí se dio cuenta del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el cual todavía lo tiene muy presente. “Fue como que nos habían dejado caer un balde de agua. Fue muy fuerte”. 

También recuerda aquel julio de 1979, cuando los guerrilleros y la Guardia Nacional se enfrentaban a tiros frente a la casa. Toda la familia se mantenía pecho a tierra para que no los alcanzaran las balas. 

Y tras la caída del régimen somocista, Hernández y su familia creyeron en las promesas del nuevo gobierno sandinista, pero pronto se dieron cuenta que no eran más que ilusiones. 

Jeremías 

El sacerdote Hernández se compara con el profeta Jeremías, quien por su juventud se sentía indigno e incapaz de hablar sobre Dios a otras personas, pero finalmente logró convertirse en uno de los más importantes divulgadores de su palabra. 

“Él también tenía temor porque le daba pena hablar en público. Así era yo. Yo era muy tímido. Yo me orinaba si tenía que hablar en público. Ahora me veo en Jeremías y digo: ‘ve, yo lo entiendo a Jeremías’”, relata Hernández.

Una foto familiar del padre Hernández antes de irse a Estados Unidos en 1988. CORTESÍA

Él sintió el llamado a convertirse en sacerdote a principios de los años ochenta. Para entonces era un joven laico y muy creyente por las costumbres que le inculcaron sus padres. También estaba en un grupo juvenil de una iglesia de Nagarote y en obras de teatro le gustaba actuar como sacerdote. 

Un día el padre español Avilio Núñez le recomendó que se metiera al seminario porque vio en él vocación sacerdotal. Sin embargo, su papá se oponía. “¿Y quién va a seguir con la carpintería entonces?”, le decía. 

Núñez habló directamente con el papá de Hernández. “Yo no sé qué le dijo el padre Avilio y al final mi papá accedió”, detalla. 

Servicio Militar 

Los años ochenta “fue lo peor que viví en mi juventud”, entre la escasez y el Servicio Militar. “La angustia que vivían mi mamá y mi papá porque a mis hermanos se los podían llevar al Servicio Militar era terrible”, relata Hernández. Esa angustia también la vivieron por él cuando cumplió la edad para ser reclutado. 

Para entonces ya estaba en el seminario en León, pero se salió y se fue con los franciscanos por una temporada a Managua. Luego se mudó a Matagalpa para terminar su secundaria en el colegio San Luis Gonzaga.

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En ese colegio era el vicepresidente de la clase y se opuso en varias ocasiones a que los estudiantes fueran reclutados al Servicio Militar. Su voz se volvió incómoda, dice, y un laico le advirtió que la Seguridad del Estado lo estaba buscando para matarlo. 

Para proteger su vida, su familia decidió sacarlo del país. En agosto de 1988, falsificó una carta en la que decía que iba a una clase de formación en Guatemala. Con ese documento pudo gestionar su pasaporte y su salida de Nicaragua. 

Hernández es párroco de la iglesia Reina de la Paz en Iowa. CORTESÍA

En tierras guatemaltecas fue acogido por unos conocidos durante tres meses. Luego intentó cruzar México de manera irregular para llegar a Estados Unidos, pero fue detenido por la policía mexicana. Lo regresaron a Guatemala, y una vez más intentó llegar a la tierra prometida. 

Esa segunda vez lo consiguió. Cruzó hacia San Diego a finales de 1988 y fue recibido por familiares en Los Ángeles. 

Sacerdote 

En Estados Unidos, Hernández cuenta que empezó llevando una vida como un migrante más. Comenzó a trabajar en limpieza, lavando baños, pintando edificios, repartía periódicos y luego estuvo haciendo mudanzas. Todo eso durante seis años. “A veces ni me pagaban”, recuerda. 

En 1995, Hernández decidió entrar nuevamente al seminario en Los Ángeles para seguir con su vocación. Dos años después se mudó a Iowa en donde terminó de aprender el inglés. 

Para el año 2000 se graduó de Filosofía con un bachillerato en Teología y en 2004 ya estaba siendo ordenado como sacerdote de la arquidiócesis de Dubuque. Desde entonces vive en la misma ciudad y ejerce su misión pastoral lejos de su tierra, aunque sin olvidarse de ella. 

Dice que visitó Nicaragua en varias ocasiones y celebraba la purísima chiquita en Nagarote. La última vez fue en 2017. 

En 2018 tenía planeado celebrar su cumpleaños número 50 en Nicaragua, pero con el estallido de la crisis política prefirió quedarse en Estados Unidos. “Yo tenía mi boleto, pero vi que la situación estaba muy difícil”. 

Desde Estados Unidos comenzó a manifestarse contra la dictadura. En sus homilías tiene a Nicaragua presente, dice, y le pide a Dios por el fin de la dictadura.

El sacerdote Hernández durante una homilía. CORTESÍA

También se ha encontrado con otros sacerdotes exiliados, incluido monseñor Silvio José Báez, el obispo auxiliar de Managua y ha conocido a otros que, como él, huyeron de la dictadura sandinista de los ochenta. 

Hernández dice que se ha visto en el espejo con todos estos curas que al igual que él huyeron de Ortega y Murillo y lamenta que algunas sacerdotes estén plegados a la dictadura. “Me avergüenzo de los obispos que se han vendido a un sistema que va a caer por todo lo que han hecho, porque la Justicia de Dios va a llegar”. 

Por ahora, Hernández señala que solo espera la caída de la dictadura y que Dios le siga guiando en su misión pastoral. 

La Prensa Domingo Daniel Ortega Estados Unidos Nicaragua archivo

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