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La letal agresión de Estados Unidos contra una embarcación que supuestamente transportaba drogas en aguas cercanas a Venezuela ha disparado la tensión entre Washington y Caracas.
El Caribe, históricamente una palestra de enfrentamientos entre intereses geopolíticos, escenario de batallas navales y de ataques de piratas y corsarios, vuelve a sacudirse con una acción violenta, ejecutada en aguas internacionales. El presidente Donald Trump ha indicado que la operación naval forma parte de su guerra contra las drogas.
Mientras moviliza a sus fuerzas armadas y a sus milicianos para enfrentar la amenaza de la flota enviada por Trump, el gobierno de Venezuela dijo inicialmente que el video que muestra a la embarcación destruida por los estadounidenses es falso, un producto de la inteligencia artificial. Al mismo tiempo, el presidente Nicolás Maduro denunció la agresión como una amenaza “injustificable” y afirmó que Venezuela está preparada para defenderse. Sea como sea, Maduro ya está sobre aviso de que Trump es capaz de cualquier acción imprevista y contundente.
Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, aseguran que la mortífera acción en aguas internacionales se inscribe en el objetivo de frenar la entrada de drogas en Estados Unidos. La Casa Blanca se muestra empeñada en combatir el narcotráfico, sobre todo con el uso de las fuerzas armadas. Despliega una flota de guerra frente a Venezuela, país al que acusa de inundar Estados Unidos con drogas con fines de desestabilizar a la nación.
Sin embargo, las operaciones bélicas contra los traficantes de drogas han demostrado históricamente una escasa eficacia. Si Trump se propone en serio eliminar el narcotráfico, debería empezar observando a su propio país. Las acciones del gobierno estadounidense deben dirigirse preferiblemente a reducir el consumo, porque una caída de la demanda sería un duro revés para el negocio ilícito. A ese fin, es preciso abordar las circunstancias que causan que Estados Unidos sea el mayor consumidor de drogas del mundo: la insoportable desigualdad social, la marginalidad de amplios sectores de la población, la desesperanza, la pobreza, los problemas mentales que no reciben atención si los afectados no tienen dinero o un seguro médico para cubrir el tratamiento.
La batalla contra el narcotráfico ya dura varias décadas, y sus resultados son decepcionantes. Comenzó en junio de 1971, cuando el entonces presidente Richard Nixon declaró la guerra contra las drogas; aumentó el tamaño y la financiación de las agencias federales encargadas del control de los narcóticos, y decretó medidas como órdenes de arresto y sentencias obligatorias. En más de medio siglo, la guerra no ha logrado poco más que convertir a Estados Unidos en el país con la mayor población penal del mundo. El narcotráfico es como la hidra de Lerna: un delincuente es arrestado y enseguida otro, presto, ocupa su lugar. Se trata, sencillamente, de un efecto de la ley de la oferta y la demanda.
Es conveniente echar un vistazo a la historia y recordar los efectos de la Ley Seca, promulgada en Estados Unidos en 1920. La prohibición de las bebidas alcohólicas dio lugar al auge de mafias de contrabandistas y bandas de criminales como la del tristemente célebre Al Capone, y causó una ola de violencia gansteril que sacudió al país de punta a punta. Surgieron miles de establecimientos ilegales y clandestinos de venta de alcohol, conocidos con el nombre de speakeasies. Cuando el presidente Franklin D. Roosevelt derogó la medida en 1933, legalizando las bebidas alcohólicas, la violencia y la corrupción relacionadas con la Ley Seca se redujeron considerablemente. Los 14 años que duró la ley demostraron que la prohibición no es el camino.
Con el narcotráfico podría suceder lo mismo. Eliminar la prohibición de las drogas, y a la vez implementar un plan de atención para curar a los adictos, junto con una campaña incesante de concienciación para reducir el consumo, como la que se ha hecho con el tabaquismo, sería un golpe demoledor contra los cárteles de la droga. Sería una acción mucho más eficaz que las tensiones políticas y las demostraciones de fuerza militar en el Caribe. [FIRMAS PRESS]
El autor es escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son El ocaso y La espada macedonia, publicadas por Mundiediciones. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump con Mundiediciones y el ensayo Una plaga del siglo XXI, sobre la pandemia del covid-19