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Monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua en el exilio, volvió a oficiar misa en la iglesia Santa Ágatha de Miami este domingo, después de varios meses de ausencia. Su reaparición se dio tras haber sostenido la semana pasada un encuentro privado junto a los obispos nicaragüenses en el exilio Carlos Herrera e Isidoro Mora con el Papa León XIV en El Vaticano, donde el Sumo Pontífice les ratificó en sus cargos episcopales.
La última vez que el obispo Báez presidió una homilía en ese mismo templo fue el 19 de enero de 2025, cuando celebró sus 40 años de sacerdocio. Su prolongado silencio, según trascendió, habría obedecido a una orden. En 2019, monseñor Báez tuvo que exiliarse tras recibir amenazas de muerte por parte de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
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En su mensaje de este domingo, Báez reflexionó sobre el pasaje del Evangelio de San Lucas en el que Jesús advierte a los invitados a un banquete a no buscar los primeros puestos.
«Para Jesús la vida no es una competencia. Querer estar en un lugar importante, ocupar el puesto más destacado, no nos hace más grandes ni más importantes. Este deseo muestra solo nuestra ambición egoísta, nuestra inmadurez humana y hasta nuestra propia inseguridad. El valor de una persona está en sus valores, en sus sentimientos bondadosos y en su rectitud de corazón», subrayó.
El obispo explicó que «el último lugar» simboliza el lugar de Jesús, quien vino a servir y no a ser servido. «El último lugar no es un castigo. El último lugar es el lugar de Dios (…) El último lugar es sobre todo el lugar de quien ama más, y por eso no se atormenta yendo al fondo de la sala, a un lugar escondido para dejar espacio para los demás», afirmó el obispo.
Durante la eucaristía, participaron el padre Marcos Somarriba, monseñor Thomas Wenski, arzobispo de Miami, y el padre nicaragüense Edwing Román, vicario parroquial de la iglesia Santa Agatha.
Los peores gobernantes tienen horror al «último lugar»
Desde el púlpito, monseñor Báez retomó sus mensajes críticos contra los gobernantes que oprimen a sus pueblos y advirtió que el poder puede corromper la conciencia de quienes se aferran a los primeros lugares.
«Los peores gobernantes son los que tienen horror al ‘último lugar’ (…) Hay poderosos que no solo quieren tener los primeros puestos, sino ser los únicos: los únicos que tienen voz, los únicos que deciden, los únicos que piensan», dijo, en clara referencia a Ortega y Murillo.
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Enseguida señaló que «si quien tiene el poder en un país piensa que ceder es signo de debilidad y que conceder algo es perder, demuestra que es un peligro social y que no tiene ni capacidad ni derecho para ejercer el poder».
El obispo también afirmó que los pueblos oprimidos ya se encuentran en ese último lugar «empujados por la opresión y el silencio del poder arbitrario», pero les expresó que desde ahí resguardan tres tesoros que ningún régimen puede arrebatar: «su dignidad inviolable, su memoria y su esperanza lúcida».
«La humildad de nuestros pueblos no es sumisión, sino un ‘contrapoder espiritual’ que desarma la arrogancia de los poderosos», sentenció.