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Durante la misa de acción de gracias por sus 40 años de sacerdocio, el obispo Silvio Báez compartió que estuvo dispuesto a entregar su vida en apoyo al pueblo de Nicaragua durante la crisis de 2018.
«Llevo a Nicaragua en el corazón. Recuerdo a ese pueblo cariñoso que me abrió su corazón, confió en mí, me sostuvo con sus oraciones y por el que fui capaz y estuve dispuesto a dar la vida. Hoy le pido al Señor por este pueblo, cuya difícil situación conocemos», reflexionó el obispo.
Báez explicó que desde los 17 años, cuando inició su camino sacerdotal, siempre soñó con servir a su gente. «Fue en Nicaragua donde recibí la fe, el bautismo, donde conocí a Jesús y donde el Señor me llamó a ser sacerdote. Mi único sueño era estar al lado de mi pueblo nicaragüense, a quien amo con todo mi corazón», expresó.

El obispo también agradeció el apoyo del padre Marcos Somarriba, párroco de la Iglesia Santa Ágata en Miami, quien le brindó ayuda tras su exilio forzado de Nicaragua. «En el momento en que prácticamente estaba en la calle, él me extendió el corazón y los brazos, y me acogió aquí», relató Báez.
En su homilía, Monseñor Silvio evocó el pasaje bíblico de las Bodas de Caná y abogó por una Iglesia donde no falte «el vino» de la esperanza. «También en la Iglesia puede faltar el vino si la fe se vive sin fuerza interior, si la religión se percibe como un peso o cuando el miedo y el egoísmo prevalecen sobre el servicio y la profecía», afirmó.

Asimismo, agregó que «en una sociedad también falta el vino cuando no hay voluntad de escuchar, dialogar y ceder en busca del bien común. Una sociedad dividida, triste y oprimida carece del vino de la alegría, la vida y el amor».
Finalmente, el obispo pidió al Señor Jesús que fortaleciera en su corazón sacerdotal la confianza, la paciencia y la esperanza. «Como María, su madre en Caná, quiero acercarme a Él cada día con discreción y en silencio, para orar e interceder por todos. Que viva con un corazón sereno y alegre, sabiendo que el mejor vino está todavía por venir», concluyó.