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Tras dejar atrás casi dos décadas de periodismo en Nicaragua y rehacer su vida como migrante en España, el excorresponsal leonés Eddy López Hernández encontró en el fútbol una respuesta inesperada al aislamiento, la rutina y el desarraigo que afectan a muchos extranjeros.
Desde Huesca, en la norteña provincia de Aragón, impulsó la creación de dos equipos aficionados que hoy reúnen a decenas de migrantes y españoles en torno al deporte, pero también alrededor de una red de amistad, apoyo mutuo e integración que ha convertido las canchas en un punto de encuentro para quienes buscan reconstruir comunidad lejos de casa.
A Eddy López Hernández uno lo ve caminando de un lado a otro con la misma rapidez con la que durante años recorrió las calles de León detrás de una noticia.
Casi siempre lleva una bolsa con uniformes, balones, botellas de agua y papeles. Mientras confirma la llegada de dos jugadores retrasados, responde una llamada relacionada con la reserva de un local para una fiesta familiar.
Unos metros más allá, un grupo de aficionados prepara bebidas y bocadillos. Entre ellos hay nicaragüenses, hondureños, ecuatorianos, marroquíes, venezolanos, dominicanos, colombianos, rumanos y españoles.
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De la última hora a la cancha
Durante casi dos décadas, López había vivido pendiente de otras urgencias. Su mundo había sido el de las coberturas periodísticas, las llamadas de última hora, los cierres de edición y los acontecimientos que alteraban la rutina de una ciudad.
Ahora, en cambio, dedica buena parte de su tiempo libre a coordinar equipos de fútbol aficionado, buscar patrocinadores, organizar actividades comunitarias y ayudar a que decenas de migrantes encontraran un espacio de convivencia en una provincia española situada a más de 8,000 kilómetros de Nicaragua.
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El camino que lo condujo a estas tardes de celebración en Huesca comenzó mucho antes de que alguien pensara en fundar un club deportivo.
En León, la ciudad donde desarrolló la mayor parte de su carrera profesional, Eddy López era uno de esos periodistas acostumbrados a llegar primero y marcharse de último.
Como corresponsal de LA PRENSA, del desaparecido diario Hoy, de Canal 2 y de distintos medios radiales y digitales, aprendió a trabajar bajo condiciones que pocas veces admitían horarios previsibles.

Otra vida después de 2018
Toda su vida cambió abruptamente en abril de 2018. Las protestas que estallaron aquel año transformaron ciudades enteras y modificaron la vida de cientos de periodistas nicaragüenses.
León fue uno de los principales escenarios de la crisis y López pasó semanas documentando manifestaciones, enfrentamientos, operativos policiales y las consecuencias humanas de una represión que se extendió por todo el país.
Las amenazas lo alcanzaron a él poco después. Personas desconocidas lo seguían, fotografiaban sus movimientos y hacían evidente que su trabajo estaba siendo observado.
Por eso, cuando surgió la posibilidad de viajar a España a través de un programa impulsado por Reporteros Sin Fronteras, aceptó convencido de que sería una pausa temporal.
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El plan contemplaba algunos meses de capacitación y protección mientras disminuía la presión que enfrentaban numerosos periodistas nicaragüenses.
España le ofreció oportunidades de formación que aprovechó intensamente. Participó en cursos de periodismo de datos, herramientas digitales, seguridad para periodistas y marketing.
También consiguió una plaza en un exigente programa de formación para corresponsales de guerra impulsado por instituciones españolas, donde recibió entrenamiento en primeros auxilios tácticos, cobertura en escenarios hostiles y protocolos de supervivencia.
Sin embargo, los acontecimientos tomaron otro rumbo y aquel viaje terminó convirtiéndose en el inicio de una nueva etapa de vida.




Una vida vacía
En Huesca, donde terminó estableciéndose junto a su familia, López descubrió que la adaptación a un nuevo país se obtiene a través del empleo, de conseguir la documentación y el acceso a servicios básicos, de modo que aquellas exigencias lo terminaron por separar del periodismo.
Y así comenzó otra dimensión menos visible relacionada con la vida cotidiana, las relaciones personales y el sentido de pertenencia. Encontró un empleo donde sus jornadas laborales comenzaban temprano y en ocasiones se extendían a horarios nocturnos en una fábrica de alimentos para animales.
La experiencia mejoró su nivel de vida, pero no resolvió la pregunta que comenzaba a acompañarlo cada vez con más frecuencia. ¿Qué hacer con el tiempo que quedaba después del trabajo?
La sensación predominante era que la vida avanzaba en una especie de piloto automático donde los días parecían repetirse unos a otros. “Sentía que se me iba la vida entre el trabajo y la casa”, dice López.
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Parto de un proyecto
La idea de hacer algo para romper aquella rutina surgió precisamente de esas conversaciones con otros migrantes nicaragüenses y comenzó de manera mucho más simple: la necesidad de encontrar una excusa para reunirse.
El fútbol surgió casi de forma natural, luego de ser invitado una tarde a un juego recreativo con otros migrantes.
Muchos de los migrantes con quienes compartía amistad habían crecido jugando en barrios latinoamericanos donde el deporte funcionaba como un punto de encuentro social.
Algunos practicaban fútbol regularmente; otros llevaban años sin ponerse unos tacos y otros solo querían sentirse parte de un equipo desde las graderías.
Las primeras convocatorias para darle forma a la idea reunieron a grupos modestos. Un amigo invitaba a otro. Un compañero de trabajo llegaba acompañado por un primo.
Los participantes comenzaban a conocerse entre sí y las reuniones se repetían. Con el tiempo apareció la idea de formar un equipo formal que pudiera participar en competiciones locales.

Y llegaron los goles…
Así nacieron el Inter FC y el All-Cohol FC, dos nombres que terminarían adquiriendo una relevancia mucho mayor de la que cualquiera de sus fundadores imaginó en aquellos primeros encuentros.
El crecimiento fue gradual. Lo que inicialmente consistía en partidos ocasionales evolucionó hacia una estructura organizada con jugadores, entrenamientos, competiciones y una afición cada vez más numerosa.
En las plantillas empezaron a coincidir personas procedentes de Nicaragua, Honduras, Ecuador, Colombia, Marruecos, Argelia, Rumania y España.
Algunos acababan de llegar al país; otros llevaban años establecidos en Aragón. Las diferencias culturales, lejos de convertirse en un obstáculo, aportaron una riqueza particular a la experiencia.
Los partidos comenzaron a convertirse en puntos de encuentro semanales donde las familias también encontraban espacio para relacionarse.
Los hijos de los jugadores crecían compartiendo actividades. Las parejas establecían amistades. Las celebraciones deportivas terminaban derivando en cumpleaños, comidas comunitarias y reuniones que poco tenían que ver con el resultado de los encuentros.
La consolidación deportiva ayudó a fortalecer el proyecto. De las primeras derrotas consecutivas en los primeros años, pasaron a liderar la liga.
El Inter FC conquistó por primera vez en 2025 la Copa Mariano Claver tras una intensa competición que reunió a decenas de equipos, además de proclamarse campeón de Segunda Categoría en la Liga Municipal La Giara.
El All-Cohol FC, por su parte, cerró este año una temporada memorable al conquistar el campeonato de Tercera Categoría.

Más allá de la cancha
Con el paso de los años los equipos terminaron funcionando como una red informal de apoyo mutuo.
Cuando algún integrante necesita empleo, la información circula rápidamente entre los grupos de mensajería. Si una familia atraviesa dificultades económicas o de salud, aparecen colectas y actividades para recaudar fondos.
Las recomendaciones sobre alquileres de piso, oportunidades laborales, trámites administrativos o servicios profesionales forman parte de una organización humanitaria que trasciende ampliamente el ámbito deportivo.
Después de los partidos es frecuente que los grupos se trasladen a un local alquilado a celebrar un bailongo o a una casa particular para compartir comida y prolongar la convivencia.
En otras ocasiones organizan celebraciones de cumpleaños, bodas, bautizos, fiestas navideñas o actividades destinadas a recaudar recursos para algún miembro de la comunidad que atraviesa una situación complicada.
López suele escuchar y narrar historias de jugadores que llegaron a Huesca sin conocer prácticamente a nadie y que hoy cuentan con una red de amistades, apoyo y confianza construida alrededor de los equipos.
También conoce casos de personas que encontraron empleo gracias a contactos generados en ese entorno o familias que recibieron ayuda durante momentos difíciles.

Unidos por el fútbol
A su juicio, el fútbol fue la herramienta que permitió reunir a personas que compartían necesidades similares, aunque procedieran de países distintos. La verdadera transformación ocurrió después, cuando esas personas empezaron a construir vínculos duraderos y a reconocerse como parte de una comunidad.
Mientras Eddy López observa a sus jugadores celebrar una nueva victoria en los campos de San Jorge, resulta inevitable pensar que la vida terminó llevándolo hacia una forma diferente de servicio público.
Durante años utilizó el periodismo para documentar acontecimientos que afectaban a la sociedad. Hoy dedica buena parte de su energía a fortalecer una pequeña comunidad nacida alrededor de un balón.
Aquella tarde en Huesca, mientras los jugadores continuaban celebrando y los niños correteaban entre los trofeos, Eddy López volvió a recibir una llamada. Al otro lado de la línea alguien consultó detalles sobre la actividad prevista para el próximo fin de semana.
Él respondió, tomó nota mentalmente de varios pendientes y regresó hacia el grupo: “Ya tenemos la granja para el asado del próximo fin de semana. Nos van a donar un cerdo”. Luego la fiesta continuó.
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