Managua, Nicaragua 08/08/2013.- Fotografías de la ciudad capital de Managua. Rotonda Hugo Chavez y vista de Rotonda de Metrocentro o Rubén Darío. Carlos Herrera/Confidencial

La memoria como trinchera: así se recuerda a Nicaragua desde el exilio

Desde anécdotas sencillas como un quesillo, o un paisaje paradisiaco enfrente del mar, hasta el doloroso recuerdo de una madre a la que no se volvió a ver con vida.

Contenido Exclusivo CONTENIDO EXCLUSIVO.

El exprisionero político Max Jerez conoce bien el mecanismo de la memoria. Cuando habla de los 583 días que pasó encarcelado, las conversaciones rara vez terminan girando alrededor de los interrogatorios, las condiciones de encierro o los largos períodos de aislamiento.

Lo que vuelve una y otra vez es el recuerdo de su madre, Heidi Meza, y de la mañana del 5 de julio de 2021, cuando fue arrestado.

En medio de la tensión provocada por la llegada de los agentes policiales, alcanzó a decirle unas pocas palabras: «Mamá, sea fuerte».

Ninguno de los dos sabía entonces que aquella sería la última vez que se verían. Mientras Jerez permanecía incomunicado en el Chipote, la salud de Heidi Meza se deterioró rápidamente. La familia solicitó autorización para que pudiera visitarlo, pero la crueldad sandinista lo impidió.

La mujer murió el 17 de septiembre de 2021 y su hijo se enteró semanas después, durante una de las escasas visitas familiares autorizadas por las autoridades penitenciarias.

Con los años, aquel breve intercambio adquirió una importancia imposible de prever.

Lo que en otro contexto habría sido una despedida cotidiana terminó convirtiéndose en el último vínculo tangible entre madre e hijo.

Lea además: El síndrome del exiliado: el optimismo de quienes esperan regresar a casa

Funerales de Matt Hernandez
Funerales del joven Matt Andres Romero (16) asesinado por paramilitares del regimen Ortega-Murillo el domingo 23 de septiembre. LA PRENSA/ARCHIVO.

Un paisaje de recuerdo

En una experiencia compartida por muchos presos políticos nicaragüenses, las últimas palabras, los últimos abrazos y las últimas visitas han terminado ocupando un lugar central en la memoria familiar.

Algo parecido ocurre con Luciano García, aunque en su caso el recuerdo no tiene forma de conversación sino de paisaje.

Cuando piensa en la Nicaragua que dejó atrás, su memoria suele regresar a Playa Gigante, en Rivas. No porque allí ocurriera algún hecho extraordinario, sino precisamente porque fue una jornada común. Un fin de semana entre amigos, frente al mar, apenas dos días antes de que estallaran las protestas de abril de 2018.

Meses después, García recibió advertencias de que lo buscaban para arrestarlo o incluso matarlo. Terminó abandonando el país por pasos irregulares hacia Honduras.

Desde entonces no ha vuelto a recorrer aquellas playas. Con el tiempo, aquella excursión familiar se convirtió en el recuerdo de una vida que todavía parecía estable, cuando nadie imaginaba la magnitud de los acontecimientos que estaban por venir.

La experiencia se repite en decenas de testimonios de exiliados. Lo que permanece no suele ser el momento exacto de la ruptura, sino aquello que existía antes de ella.

En muchos exiliados quedan recuerdos de calles de Nicaragua que, en muchas ocasiones, ya no existen. LA PRENSA/ARCHIVO.

Aquellos quesillos de Nagarote

Para el periodista Luis Felipe Palacios, la memoria está asociada a otro tipo de experiencia: el sabor.

Su historia de exilio comenzó de manera inesperada en noviembre de 2022, cuando intentó abordar un vuelo de regreso a Managua después de participar en actividades relacionadas con el cincuentenario de la Agencia EFE en Centroamérica.

Una notificación le informó que las autoridades migratorias nicaragüenses no autorizaban su ingreso al país. De un momento a otro descubrió que había quedado fuera de Nicaragua sin saber cuándo podría regresar.

Sin embargo, cuando habla de aquel episodio, suele comenzar por un recuerdo mucho más sencillo.

Un desayuno familiar en Nagarote pocos días antes de emprender aquel viaje. Quesillos recién preparados, tortillas calientes, abundante crema, cebolla fresca, cacao y tiste compartidos con los suyos.

Desde entonces ha probado quesillos en distintos países y ninguno le sabe igual. No porque la receta haya cambiado significativamente, sino porque alrededor de aquella mesa existían elementos imposibles de reproducir: la familia, las conversaciones, el entorno familiar, la certeza de encontrarse en casa.

Como ocurre con muchos migrantes y exiliados, los sabores terminaron funcionando como una puerta de acceso a una parte de su identidad que sigue asociada a Nicaragua.

Lea además: Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

bahia de la playa gigante en Rivas, Nicaragua
Una de las principales atracciones turísticas en la playa Gigante, en Rivas, son las enormes olas.
LAPRENSA/ARCHIVO

Managua en la memoria

El periodista nicaragüense Winston Potosme fue herido de bala el 23 de septiembre de 2018 en la última gran marcha de ese año, ya que luego fueron prohibidas por la dictadura.

Esa protesta terminó en otra tragedia, cuando policías y paramilitares bajo órdenes de los Ortega Murillo dispararon contra la muchedumbre y asesinaron al adolescente Matt Hernández, de 16 años.

Potosme, quien era reportero del programa Café con Voz, recibió un disparo en el brazo izquierdo propinado por grupos paramilitares y policías.

El ataque ocurrió mientras realizaba la cobertura periodística de la marcha «Somos la voz de nuestros presos políticos», cerca del Mercado Iván Montenegro, en la zona oriental de Managua.

Debido a este ataque, al constante acoso y a las posteriores amenazas en su contra, el periodista se vio obligado a exiliarse en Estados Unidos a finales de ese mismo año para resguardar su vida.

Y esa fue la última vez que recorrió Managua, la ciudad en la que no nació, pero en la que transitó toda su vida. Los recuerdos de aquella capital caótica, bulliciosa y caliente aún perduran en su memoria como un episodio que a veces, cuando sueña, se le viene con nitidez y nostalgia.

“Muchas veces he despertado creyendo que estoy en Managua y no a miles de kilómetros de ahí”, dice.

Puede interesarle: Memoria de las cosas: el valor emocional de los objetos que cargan los exiliados nicaragüenses

La última llamada a papá

La memoria, en estos casos, funciona como una geografía paralela. Permite conservar lugares que físicamente ya no forman parte de la vida diaria.

Para Dina Fagoth, la ausencia tiene una dimensión diferente. Su padre, el líder indígena Steadman Fagoth, desapareció tras ser detenido en septiembre de 2024.

Desde entonces, la incertidumbre ha acompañado a la familia. Pero cuando habla de él, no comienza por la desaparición. Comienza por las conversaciones.

“Las llamadas eran constantes. Varias veces al día hablaban sobre política, sobre la situación de los pueblos indígenas, sobre proyectos comunitarios o simplemente sobre asuntos familiares. El impacto más profundo se siente dentro de mi propio hogar. Todos los que vivimos en él sufrimos profundamente la ausencia de mi padre”, dice ella.

“Aunque la distancia casi siempre nos separaba gran parte del tiempo, manteníamos una comunicación constante a través de videollamadas, mensajes de texto y llamadas telefónicas varias veces al día. Teníamos una relación muy cercana; yo era sumamente apegada a mi viejo, y su presencia formaba parte de nuestra vida cotidiana”, recuerda.

“Hoy, el silencio que dejó su ausencia ha creado un vacío inmenso en nuestras vidas y en nuestra familia. No ha habido un día que no lo hemos extrañado desde su desaparición”, dice ella.

Recuerdo de migrantes
Muchos de los recuerdos de los migrantes nicaragüenses corresponden a acciones y hechos cotidianos, como una cena con la familia o un viaje a una ciudad antes de salir. LA PRENSA/ARCHIVO

Nadie le quita lo nica

Ese uso de la memoria como trinchera ante el exilio, el escritor Sergio Ramírez lo explica de una manera particularmente reveladora cuando habla de la confiscación del centro cultural construido frente a la casa donde nació en Masatepe.

Aunque la noticia del allanamiento le provocó dolor e indignación, Ramírez empezó a revivir el pasado a través de fotos y recuerdos.

Y es posible que Sergio Ramírez, sin proponérselo, haya resumido mejor que nadie esa realidad. Después de que le arrebataran la nacionalidad, los derechos ciudadanos y espacios construidos durante décadas, siguió regresando a la casa de su infancia en la memoria.

“Me acuerdo de todo esto en fotos fijas. Recuerdo que al principio dormía con mis padres; luego se construyó otra habitación y pasé a dormir con mis hermanos. Toda la vida familiar giraba en torno a la tienda. Ahí llegaban mis tíos con sus instrumentos musicales. Era una casa que nunca estaba vacía. Yo siempre estaré regresando a esa casa, exista o no exista, porque la memoria no es algo que nadie me puede arrebatar por decreto a como tampoco el ser nicaragüense lo determina un dictador”.

Allí, precisamente allí, continúa existiendo una parte de Nicaragua que nadie ha conseguido confiscar. Y mientras esa memoria permanezca viva, también seguirá viva la certeza más profunda de quienes fueron obligados a marcharse: que, pese a la distancia, el exilio y las pérdidas, siguen siendo nicaragüenses.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí