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En Nicaragua, el miedo dejó de estar en las calles. Ahora vive en los pasillos del poder. Lo que está ocurriendo en estos días —las detenciones, los silenciamientos, los destierros— ya no se dirige solo contra la oposición. El régimen Ortega-Murillo ha cruzado una línea que evidencia su verdadera fragilidad: ha comenzado a purgar a los suyos.
El arresto de Bayardo Arce, un hombre que fue parte del corazón ideológico y técnico del sandinismo, no es una anécdota. Es un mensaje. Y no solo para los enemigos del régimen, sino también —y sobre todo— para quienes fueron sus compañeros de armas, de gabinete, de revolución. A este punto, nadie está a salvo. Ni los históricos, ni los leales. Sólo los obedientes.
Como nicaragüense que ha crecido observando las transformaciones de este país, lo digo sin titubeos: esta no es una consolidación del poder. Es una señal de descomposición. Cuando un régimen necesita vigilarse a sí mismo para sobrevivir, cuando el círculo más íntimo se convierte en sospechoso, es porque el poder ya no tiene raíces, sólo alambradas.
Rosario Murillo no está limpiando corrupción: está cerrando filas. Se está preparando para lo que viene, y lo que viene es inevitable. Daniel Ortega está viejo, enfermo, distante. Su presencia ya no sostiene como antes la maquinaria del partido, del Estado, del aparato represivo. Y todos lo saben. Ella más que nadie.
Por eso el régimen ya no gobierna con estrategia, sino con reflejo. Ya no persuade, reprime. Ya no negocia, excluye. No hay política en lo que hacen, hay miedo. Miedo a lo que viene después de Ortega. Miedo a que los sandinistas históricos —aquellos que todavía creen en un sandinismo con ética y patria— se conviertan en el rostro de una transición desde dentro. Porque sí, eso es posible, y el régimen lo sabe.
No hay dictadura que haya durado para siempre. Y cuando una dictadura empieza a eliminar a sus propios cuadros, es porque ha perdido incluso la confianza en su ADN. La lógica de Rosario Murillo es clara: si no la puedes controlar, elimínala. Si no te garantiza obediencia ciega, desaparece. Si alguna vez pensó por sí mismo, es una amenaza.
Pero esa estrategia tiene un límite. Porque al deshacerse de todos los que tienen experiencia, legitimidad y raíces en el sandinismo original, el régimen se queda solo con el cascarón de un proyecto que ya no representa a nadie. El FSLN ya no es una organización política: es un instrumento personal. Y un instrumento sin alma solo puede gobernar por el terror, nunca por el consenso.
En este contexto, no es ingenuo pensar en la posibilidad de una fractura interna. No sería la primera vez en la historia de América Latina que un régimen autoritario cae desde adentro. Hay precedentes de sobra: cuando los propios operadores del sistema ven venir el abismo, muchas veces eligen saltar antes de que los empujen.
¿Puede haber un golpe? No en el sentido clásico de tanques en las calles y comunicados en cadena nacional. Pero sí puede haber una ruptura institucional disfrazada de “reordenamiento”, con sectores del Ejército, de la vieja guardia sandinista o incluso de estructuras del Estado que decidan cortar con Murillo para intentar salvar algo de lo que queda. Porque una cosa es ser leal a Ortega, otra muy distinta es inmolarse con Murillo.
Y entonces está la pregunta más incómoda: ¿qué pasará cuando Ortega muera?
No me refiero sólo al acto biológico —que, por edad y salud, no está lejos— sino al símbolo que representa. Ortega ha sido el punto de equilibrio de un sistema construido sobre su figura. A su alrededor, se tejieron alianzas, miedos, pactos y silencios. Cuando desaparezca, todo eso se vendrá abajo. No porque la oposición esté lista para tomar el relevo —no lo está—, sino porque no habrá nadie que pueda contener las tensiones internas del régimen.
Murillo no es Ortega. No tiene el carisma, ni la historia, ni la inteligencia política. Lo único que tiene es control sobre un aparato. Y los aparatos, cuando no tienen legitimidad, se resquebrajan. El Ejército no le debe nada. La Policía la tolera. Las bases del FSLN la acatan, pero no la siguen. Nadie muere por ella. Nadie se inspira con ella. Nadie la ve como heredera. Y en un régimen de poder absoluto, eso es una condena silenciosa.
¿Qué vendrá después? No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que el régimen ya no es invulnerable. Que el miedo ha cambiado de bando. Que por más control que ejerzan sobre las calles, no pueden controlar lo que sienten quienes están dentro de sus propias oficinas.
El poder absoluto no cae siempre por rebelión popular. A veces cae porque sus propios cimientos se pudren por dentro. Y lo que hoy vemos en Nicaragua —esta purga frenética, esta vigilancia a los leales, esta furia contra el pasado— no es fortaleza. Es un síntoma. Es el comienzo del fin.
Rosario jamás fue vista de buena forma por los históricos, ella no fue una guerrillera, ella no tiene méritos en la Revolución más que el de —como más de una vez la han llamado—: la trepadora de la Revolución.
El autor es estudiante nicaragüense de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, Madrid