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Desde mi exilio en Washington, cada mañana leo LA PRENSA en mi computadora. Así me mantengo al tanto de todo lo que está pasando en mi patria. ¡Sí, mi patria! aunque la dictadura de El Carmen pretende que yo, y cientos de otros opositores forzados a salir al exilio, hemos perdido nuestra nacionalidad nicaragüense.
Las frecuentemente tristes noticias que leo en LA PRENSA, sumada a mi propia experiencia en Nicaragua durante la dictadura Murillo-Ortega, que incluyó 550 días de encarcelamiento antes de ser deportado, puede desanimar a cualquiera. Comparado a otros países, Nicaragua se encuentra en el sótano político y socioeconómico latinoamericano. Esto se refleja en el bajo nivel de vida de mis compatriotas en Nicaragua, uno de los países más pobres del Hemisferio Occidental. Sólo Haití nos “supera” en la pobreza con un ingreso per cápita más bajo que el nuestro.
Nuestra situación sería aún peor si no fuera por el chorro de remesas que los nicaragüenses en el exilio, principalmente en Estados Unidos, España y Costa Rica, les envían a nuestros compatriotas. Según datos del Fondo Monetario, este flujo es igual al 25 por ciento del producto interno bruto de Nicaragua o aproximadamente US$525 per cápita por año.
La pesadilla política que Nicaragua vive, cortesía de El Carmen y sus aliados nacionales, es deprimente. Pero en la actualidad varios otros países alrededor del mundo también enfrentan dolores de cabeza políticos. Y estos incluyen hasta los Estados Unidos de América.
Me refiero a lo que está sucediendo estos días en Texas, en donde su gobernador, un republicano cuyo nombre es Greg Abbot, pretende ampliar el número de republicanos tejanos en el Congreso norteamericano reconfigurando geográficamente a los distritos estatales para que un mayor número de los distritos envíen diputados republicanos al Congreso tejano en Austin, la capital de Texas, y al Congreso Nacional en Washington.
Este proceso no es un fenómeno nuevo, ni es ilegal y hasta tiene un nombre: gerrymandering. Remonta a 1812 cuando Elridge Gerry, el entonces gobernador del estado de Massachusetts y futuro vicepresidente de los EE. UU., configuró a un distrito electoral en su estado que estaba repleto de ciudadanos que simpatizaban con su partido político y así asegurarían su reelección. Cartográficamente este distrito se parecía a una salamandra. Por eso, y en plan de burla, los periódicos se refirieron al nuevo distrito como un gerrymander.
Tengo una finca en Virginia en el condado de Culpeper, cuyos habitantes son en su mayoría republicanos. Sin embargo, para efectos políticos, Culpeper es parte de un distrito que se extiende 165 kilómetros hacia el sur y que abarca a algunos suburbios de Richmond, la capital de Virginia. Políticamente, este distrito suele votar mayoritariamente para los demócratas. O sea que el condado de Culpeper es un ejemplo más del gerrymandering que no es infrecuente en EE. UU. ni, repito, ilegal.
¿Por qué, pues, tanto alboroto con la amenaza del gobernador? Porque Abbott había convocado a una sesión especial del Congreso tejano para aprobar la reconfiguración que permitiría que los republicanos les quitaran cinco escaños a los demócratas en Texas y así mantener su tenue mayoría en el Congreso norteamericano en 2026, un año electoral —aunque no para la Presidencia— en la Unión Norteamericana.
El gerrymandering de Abbott había sido apoyado por el presidente Trump, quien ha criticado fuertemente a los más de 50 representantes demócratas que no sólo abandonaron al congreso estatal, sino que se han “refugiado” en otros estados para bloquear este, el más reciente intento de gerrymandering en la Unión Americana y no ser arrestados.
Este despelote político no acaba allí. Algunos gobernadores de estados mayoritariamente demócratas, como California y Nueva York, se han sumado a este asunto amenazando con hacer lo mismo que Abbott. Pero en sus estados los “nuevos diputados” enviados a la Cámara de Representantes del Congreso en Washington serían demócratas.
Este episodio ha despertado gran interés en EE. UU. y alrededor del mundo. Y confirma que ¡en todos lados se cuecen habas!
El autor fue director del Banco Mundial, embajador de Nicaragua en EE. UU., canciller y diputado. Desde ser encarcelado y desterrado por la dictadura Murillo-Ortega, reside en Washington.