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Desde mi exilio, en Washington, le doy seguimiento cotidianamente a importantes acontecimientos alrededor del mundo, sobre todo en países con que me tocó trabajar durante mis 28 años como funcionario del Banco Mundial. En algunos casos escribo artículos de opinión, como este, para compartir con lectores de LA PRENSA información que considero interesante, aunque no necesariamente figure en los reportajes de periódicos de nuestro hemisferio.
Uno de los países que sigo más de cerca es la República Popular China. Visité Beijing, su capital, en 1991 cuando era el director de Asuntos Externos del Banco. Por cierto, en ese entonces Nicaragua manejaba relaciones diplomáticas con China/Taiwán y no con la República Popular China y mi visita era inusual por mi nacionalidad.
En Beijing me dediqué principalmente a contactos con funcionarios del Banco Central Chino y de su Ministerio de Hacienda. Mi visita era una suerte de preludio a la incorporación de la China/Beijing al Banco mundial en remplazo de la China/Taiwán. Sin embargo, aproveché mi visita para hacer un poco de turismo.
Nunca olvidaré la belleza de la “Ciudad Prohibida” —el antiguo casco central de Beijing— ni, por supuesto, la inmensidad de la Gran Muralla. Pero también me impactaron sus calles repletas de ciudadanos que en su vasta mayoría o caminaban en las aceras o andaban en bicicletas en sus calles. Prácticamente no había carros particulares. Además, recuerdo que mis homólogos chinos eran amables y abiertos conmigo y nuestro diálogo fue franco. Pero lo que más me impactó era el enorme potencial económico de la China y la inmensidad de su población. Esta última era, en ese entonces, la más grande del mundo.
El tamaño de su población y su crecimiento rápido era una preocupación para Mao Zedong, el entonces jefe del gobierno chino. Tan es así que su gobierno había decretado en 1979 que ninguna familia podía tener más de un hijo o hija. Este límite fue incorporado hasta en la Constitución China en 1982. El violar esta política resultaba en diversos y duros castigos para la familia incluyendo, entre otros, el aborto forzado de mujeres embarazadas que ya tenían crías y la muerte de los niños nacidos “ilegalmente,” sobre todo si no eran varones. Esto último reflejaba la cultura china que veía de menos a la mujer.
Con el pasar del tiempo —y en vista de una reducción importante en la tasa de natalidad— el gobierno chino optó por flexibilizar su “política de natalidad”. Tan es así que para 1984 el límite de un niño sólo se fue aplicando a la tercera parte de la población. En zonas rurales, por ejemplo, familias legalmente podían tener un segundo niño, sobre todo si el primero había sido hembra ya que en la cultura china el varón es valorado más que la hembra. Este fue un primer paso. Poco a poco el número máximo de nacimientos legales en China fue subiendo a dos niños en 2015 y a tres en mayo de 2021. Dos meses más tarde los límites fueron abolidos totalmente. Es más, el Gobierno hasta comenzó a promover familias más grandes a través de diversos beneficios, incluyendo financieros. Pero este cambio de política resultó ser demasiado poco y demasiado tarde. No resultó en un retorno a la tasa de natalidad que existía previo a las restricciones que Mao había establecido.
En la actualidad, la China no tiene la población más grande del mundo. La tiene uno de sus países vecinos, la India, que ha aventajado demográficamente a la China. La población hindú supera a la China por aproximadamente 27 millones de habitantes. Esta cifra es más o menos igual a la población de Venezuela
¿Quo Vadis? ¿Hacia dónde va la China demográficamente? El comparar cifras de la China con las de Estados Unidos y Brasil —los países con las poblaciones más grandes del hemisferio occidental— nos brinda información interesante. La tasa de natalidad más alta de estos tres países es 12.3 por mil y la tiene Brasil, seguido por 11 en EE.UU. En un distante tercer lugar queda la China con tan sólo 7.4 nacimientos por mil. En cuanto a edad, el país más joven de los tres también es Brasil con una edad media de aproximadamente 35 años, seguido por EE.UU. con 39 años. En el “sótano” se encuentra la China con una edad media de 40 años.
Es motivo de preocupación para las autoridades chinas que la población de su país se está envejeciendo rápidamente y que un número creciente de mujeres están optando por carreras profesionales y no por ser amas de casa con varios hijos. Todo esto también apunta a una reducción en el crecimiento de la población o hasta su contracción. Esto ya está ocurriendo. Según las cifras demográficas del propio gobierno, se estima que el 22 por ciento de la población china tiene más de 60 años de edad y que ese porcentaje subirá a más de 30 por ciento en 2035. Este envejecimiento de la población y reducción en el crecimiento demográfico se está dando en otros países desarrollados del Lejano Oriente, como Japón, y Corea del Sur. La diferencia es que en estos dos países este fenómeno se dio cuando ya tenían niveles de desarrollo que la China todavía no ha alcanzado.
En conclusión, la política demográfica de Mao Zedong de 1979 surtió efecto. El problema es que todo apunta a que la China ¡se envejecerá antes de enriquecerse!
El autor fue canciller, embajador en Washington y diputado. También trabajó en el Banco Mundial. Está exilado en Washington, D.C.