Antes de conocer el lenguaje de los tratados internacionales o la jerga del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, Yader Valdivia tenía como convicción estudiar Derecho para ayudar a la gente. Ese impulso inicial bajo la idea de acompañar legalmente a quienes no tienen recursos, lo llevó a matricularse en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN‑León).
En las aulas, sin embargo, casi no oyó hablar de derechos humanos. Recuerda que en el pénsum no había una asignatura dedicada al tema y que algunos docentes afines al oficialismo restaban importancia a los organismos internacionales.
“Decían que la Comisión Interamericana o Naciones Unidas no eran ‘otra instancia’; que todo terminaba en casación”, rememora.

La pasantía que le abrió los ojos
El giro vino en enero de 2018, cuando inició sus pasantías en la filial del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) en Matagalpa. Allí pasó de la teoría incompleta a la realidad de expedientes, celdas y familias angustiadas. Valdivia relata que atendía escritos, daba acompañamiento y empezó a detectar patrones, como órdenes de libertad que el Sistema Penitenciario desobedecía, represalias políticas contra estudiantes, trámites que chocaban con la legalidad más básica, aun a pocos meses del estallido de la crisis sociopolítica.
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Ese contacto directo lo convenció de que el Derecho que había estudiado no alcanzaba para explicar lo que veía. Los derechos humanos dejaban de ser un concepto ausente para convertirse en urgencia.

Las protestas de abril
Cuando estallaron las protestas cívicas de abril, la violencia estatal y paraestatal se multiplicó. En medio del desborde represivo, Valdivia vivió una de las escenas más duras de su vida profesional. Valdivia recuerda que una madre llegó a la oficina del Cenidh para denunciar la desaparición de su hijo que participaba en los tranques. Casi al mismo tiempo, un colega estaba en Medicina Legal y le envió la fotografía de un cuerpo recién ingresado.
“Me tocó decirle a esa madre que su hijo estaba muerto… Sólo de contarlo se me paran los pelos”, dijo Valdivia.
El joven fue secuestrado por hombres armados y ejecutado en una zona rural. “Nada en la universidad te prepara para dar una noticia así”, dice.
Allanamientos, criminalización y la decisión de exiliarse
El asedio contra las organizaciones independientes recrudeció. Para el Cenidh, una organización de histórica referencia en la defensa de derechos humanos en el país, llegó la criminalización, señalamientos públicos, hostigamiento policial y el allanamiento de sus instalaciones el 14 de diciembre de 2018. Valdivia y sus colegas entendieron que quedarse en el país era exponerse a la cárcel.
“Ya habían allanado las oficinas; la Policía decía que éramos encubridores. Lo que tocaba era salir del país”, puntualiza.
A finales de 2018 cruzó a Costa Rica, en un éxodo que comparó con los relatos que escuchó de sus abuelos sobre la guerra, cargados de clandestinidad y miedo, no poder reunirse libremente.
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Continuar acompañando a las víctimas
El exilio fue un golpe emocional y logístico. Sin redes, sin certeza migratoria y todavía procesando el trauma de la represión, Valdivia recibió una llamada que le cambió el ánimo. Una víctima preguntó qué ocurriría con su solicitud de medidas cautelares ante el Sistema Interamericano. Él le respondió que había que continuar.
Esa determinación se volvió punto de partida. Junto a otros defensores, en abril de 2019 fundó el Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más, organización que documenta violaciones y acompaña a sobrevivientes dentro y fuera del país.

Escuchar la tortura y el horror
En el exilio, Valdivia ha documentado centenares de testimonios, muchos describen patrones de tortura, como interrogatorios nocturnos, asfixia, quemaduras, violencia sexual. La repetición no inmuniza.
“Cuando alguien me dice ‘me sacaron de madrugada para interrogatorio’, yo me preparo psicológicamente. Pero siempre sale algo diferente. Es terrible lo que un ser humano puede hacerle a otro en una condición de vulnerabilidad”, remarca.
Cada relato confirma —dice— la necesidad de llevar los casos a instancias internacionales para que no queden en impunidad.
La frontera en pandemia
Durante la emergencia por la covid-19 en 2020, Valdivia acompañó a nicaragüenses varados en la frontera que el régimen impedía reingresar. Las condiciones eran precarias: lluvia, sol, personas durmiendo en el suelo, mujeres sin acceso a higiene básica. La indiferencia de los policías nicaragüenses contrastaba con la asistencia brindada del lado costarricense.
“A ellos no les importaba que una mujer menstruando tuviera cinco días sin bañarse… No dejaban pasar ni una botella de agua”, señala.

Estudios interrumpidos
La represión también le truncó la trayectoria académica. Estaba por graduarse en 2018 cuando decidió no arriesgarse a regresar a la universidad para el acto. Obtuvo únicamente una carta de egresado que certifica sus estudios. En Costa Rica retomó la carrera para completar los requisitos que no pudo concluir en Nicaragua.
Hoy, con 32 años, combina trabajo de documentación, acompañamiento y estudios de Derecho en el exilio.

Demostrar que los sistemas existen
Contra el discurso oficial que descalifica a la justicia internacional, Valdivia ha participado en espacios donde las víctimas nicaragüenses hacen oír su voz, como audiencias temáticas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), gestiones ante la Corte Interamericana, incluyendo participaciones en el «asunto Juan Sebastián» y presentaciones ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.
Lo que antes parecía tarea exclusiva de organizaciones especializadas hoy es una red dispersa en la diáspora. Nicaragüenses en Europa, América Latina, Australia o incluso Medio Oriente narran lo ocurrido y sostienen denuncias.
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Valdivia subraya que su labor no es individual. Se reconoce formado por el trabajo codo a codo con sus colegas en documentación y acompañamiento.
“Mi equipo me ha inspirado, el grupo de documentación y acompañamiento. He aprendido mucho de Gonzalo Carrión, Wendy Flores y Juan Carlos Arce, han sido mis maestros en estos años en la defensa de los derechos humanos”, puntualizó.
Después de enumerar horrores, Valdivia está convencido de que el régimen ha causado dolor, pero no logró extinguir la capacidad de reír, crear y cuidarse entre compatriotas.