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Hay momentos en la historia en que las dictaduras parecen invencibles. Cuando el miedo se instala como política de Estado, cuando las cárceles se llenan de inocentes y las plazas se vacían de voces. Pero la historia, si algo enseña con persistente claridad, es que ningún régimen basado en el terror ha sido eterno. Porque hay algo más antiguo y más fuerte que el poder autoritario: la voluntad de los pueblos de vivir libres.
Daniel Ortega ha querido reescribir esta ley fundamental de la historia. Desde el cinismo del poder absoluto, ha reprimido, exiliado, encarcelado, torturado y silenciado. Ha traicionado los ideales que alguna vez dijo defender y ha convertido la Revolución en una caricatura amarga de sí misma. Su gobierno ya no se sostiene sobre el consenso, ni siquiera sobre la obediencia: se sostiene sobre el miedo y la desconfianza, incluso dentro de su propio círculo.
Hoy, muchos de sus colaboradores más fieles —esos que alguna vez juraron lealtad al proyecto— ya no confían en él. Porque el miedo, como el veneno, no respeta jerarquías. Ortega ha traicionado incluso a los suyos, y todos lo saben. Su sistema es una maquinaria de traiciones cruzadas, de pactos frágiles y silencios impuestos.
Pero los pueblos no olvidan. La memoria de los desaparecidos, de los estudiantes asesinados, de los líderes sociales desterrados, late en cada rincón de Nicaragua. Y lo que hoy parece represión inquebrantable, mañana será juicio. Lo que hoy es silencio, mañana será testimonio.
La libertad no es una promesa vacía ni un lujo occidental. Es una necesidad vital. Y cuando esa necesidad madura en el corazón de un pueblo, no hay ejército, policía o aparato de propaganda que pueda contenerla. Ni la tortura, ni el exilio, ni la muerte logran apagar el fuego que arde en quienes han decidido no ceder.
Daniel Ortega está en declive. Lo sabe él y lo saben sus allegados. Su régimen huele a derrota, no por un cálculo electoral, sino por una verdad más profunda: ningún poder basado en el miedo puede resistir eternamente frente a una ciudadanía decidida a no vivir de rodillas.
El futuro no está escrito. Pero los pueblos lo escriben con sus actos, con su resistencia silenciosa o ruidosa, con su fe, con su dolor. Y la página que viene será escrita con tinta de justicia, de dignidad, y de memoria. Porque no hay dictadura que pueda con el coraje de quienes han decidido ser libres.
El autor es estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.