Ahora le toca a la OEA

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Parece que ahora le toca a la Organización de Estados Americanos (OEA), aunque con Donald Trump nunca se sabe. Pero eso sí, hay que estar atentos. La cuestión es que Christopher Landau, vicesecretario de Estado de los EE. UU., en plena asamblea del organismo, la semana pasada, lanzó la pregunta fatal: “¿Por qué existe la OEA?”  Resonó feo y más aún cuando el funcionario anticipó que su gobierno “está revisando” la permanencia en la organización.

Se podría retrucarle: ¿Y la ONU, por qué existe? Sus últimas actuaciones han sido “claves y decisivas”: invasión rusa a Ucrania, ataque terrorista de Hamás a Israel, bombardeos israelíes a Gaza, bombardeo de EE. UU. a centros nucleares de Irán. Difícil que haya un organismo más inservible que la ONU. Es el más grande y caro monumento a la burocracia a nivel planetario. El argumento es que sirve a veces para los tanteos previos una mesa en torno a la cual conversar-, aunque después cada uno haga lo que se le antoja.

La cuestión es que el funcionario Landau criticó la inoperancia de la OEA frente a temas como la flagrante dictadura venezolana en reiteración real, o la crisis permanente de Haití. Ya de paso escupió una advertencia para Maduro respecto a sus balandronadas relativas a la “región de Esequibo”.

En fin, también se podrían enumerarle a Landau las veces que los EE. UU. “usaron” a la OEA como tapadera para justificar mucho de sus planificados estropicios por el continente a lo largo de décadas y décadas. A ellos les ha servido de mucho. Es cierto, a su vez, que en las últimas décadas los “otros” han jugado sus cartas y con la conducción del Foro de San Pablo y el Brasil de Lula a la cabeza, la han usado a piacere. Por su lado el “gramscianismo” que opera fuertemente en la región se ha aprovechado de la organización continental y organismos ligados, muchas veces a caballo de financiaciones escandinavas o alemanas. ¡Como si Europa no tuviera otras cosas de qué ocuparse!

Hoy Trump, dado su estilo, no necesita de la OEA. No le sirve de nada. Por ejemplo, su pretensión en torno al uso del Canal de Panamá, con alguna presión grosera e indebida, es cierto, lo solucionó directamente y todos los que de una forma estaban metidos aceptaron que “había que acomodar el cuerpo”: relajo, pero con orden.

El tema es que EE. UU. resuelva irse. El “agujero” puede implicar un golpe muy fuerte: aporta mucho al financiamiento de la organización; cientos de burócratas quedarían “en banda”. Puede pasarle lo que le pasó a la hoy “apagada” Unesco, cuando Reagan resolvió salirse cansado de que ese organismo de la ONU se dedicara a criticarlo y condenarlo, y lo mismo a Israel y que hasta pretendiera llevar adelante un mecanismo propuesto por el “bloque soviético” de censura y control por parte de los Estados de los flujos informativos internacionales. ¿Qué pasó?  Dejó de hacer su aporte el “imperialismo yanqui”, hubo que recoger redes y ahí está la Unesco vegetando como refugio para burócratas y para algunos acomodos de la casta política.

Decididamente si EE. UU. se retira a la OEA le va a ser duro sobrevivir. Sin duda se perderá una mesa de diálogo. Pero no es lo peor, va a alentar un carnaval de organizaciones, como ya aparecen cada tanto, con financiaciones de varias partes y muchos nuevos amigos, para lo cual la OEA hasta ahora opera como una especie de freno.Landau y los EE.UU. lo tendrían que tener en cuenta. 

El autor es periodista uruguayo, expresidente de la SIP.

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