Ni reciclados, ni herederos: Nicaragua no volverá al pasado

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La fractura que atraviesa a la oposición nicaragüense no es emocional. Es ideológica, estructural y profundamente moral. No es un accidente ni una tormenta pasajera. Es el resultado de una historia mal cerrada, de una cultura política viciada y de una herencia autoritaria que sigue viva en las prácticas, los discursos y hasta en los silencios de muchos. Hoy más que nunca debemos tener el coraje de decirlo con claridad: el sandinismo nunca fue un proyecto democrático.

Desde sus orígenes, el Frente Sandinista tuvo una obsesión: controlar el poder total. Las tres corrientes internas que lo conformaron, la proletaria, la GPP y la insurreccional o tercerista divergían en estilo, pero coincidían en el fondo: ninguna creía en la alternancia, en el pluralismo ni en las libertades civiles. La tendencia GPP, dirigida por Tomás Borge y Bayardo Arce, replicaba el modelo cubano de partido único. La insurreccional o tercerista, liderada por Daniel Ortega y con rostros más intelectuales como Sergio Ramírez y Dora María Téllez, ofrecía un barniz institucional, pero sin voluntad real de desmontar la hegemonía del Frente. Todas usaron el clientelismo y la represión como método de permanencia. Todas compartieron un punto de partida común: instaurar su visión como única verdad nacional y neutralizar cualquier disidencia.

Los dirigentes sandinistas no se equivocaron de camino: fueron cómplices del saqueo, de la represión, del deterioro institucional y del silenciamiento de la crítica. Lo que hoy existe no es la degradación de un proyecto revolucionario: es la ejecución fiel de una lógica autoritaria cuidadosamente diseñada.

En lo económico, el FSLN no representa ni progreso ni apertura. Su modelo responde directamente a las bases del Socialismo del Siglo XXI: una economía estatista, dirigida desde el poder político, que combina retórica populista con estructuras de control y exclusión. Como han documentado Ricardo Hausmann y Javier Corrales, estos regímenes no buscan eliminar la economía privada, sino someterla a los intereses del partido gobernante. En Nicaragua, la libertad de emprender está condicionada a la obediencia política. Los permisos, los créditos, las concesiones, incluso la legalidad de operar, dependen de la subordinación al régimen. No hay libre mercado: hay intervencionismo autoritario bajo lógica socialista.

El FSLN se apropia de los recursos productivos más estratégicos: energía, infraestructura, comercio exterior, medios de comunicación y banca estatal. A través del control fiscal, regulatorio y judicial, castiga a los independientes y protege a los leales. Las Pymes sobreviven bajo amenaza y la inversión extranjera se somete a pactos oscuros. Este modelo, como en Venezuela o Cuba, no busca fomentar crecimiento ni competencia: busca sostener al régimen mediante el sometimiento económico del ciudadano. Es un modelo de izquierda autoritaria: vertical, concentrador, y basado en la supuesta redistribución que nunca llega, pero que justifica el poder absoluto.

A esto se suma el papel de Nicaragua como actor funcional dentro del eje autoritario global. El régimen de Ortega forma parte activa de una alianza estratégica con Cuba, Venezuela, Irán, China y Rusia. Irán usa Nicaragua como plataforma de operaciones regionales, mientras China exporta tecnología de control poblacional y vigilancia digital. Rusia, por su parte, ha instalado cooperación militar, asesoría cibernética y respaldo político constante. Como advierte el Atlantic Council, esta red opera no sólo para sostener a dictaduras, sino para desestabilizar el orden democrático regional e internacional.

Pero lo más alarmante es que esa herencia autoritaria también pervive en parte de la oposición. Algunos sectores no quieren desmontar el sistema: quieren heredarlo con otro rostro. Hablan de justicia social mientras excluyen, descalifican y repiten las mismas lógicas de lealtad partidaria. Reivindican el pasado sandinista como si fuera rescatable, lavando el rostro de quienes participaron del deterioro nacional, ejemplo Humberto Ortega. Y lo hacen, muchas veces, para proteger antiguos aliados, justificar pactos o mantener cuotas de poder dentro del exilio político y la diplomacia internacional. 

Esto no es una cruzada contra los derechos humanos ni contra la izquierda en abstracto, resaltando que los derechos humanos no es una bandera únicamente de la izquierda como pretenden venderlo a nivel global. Esto es una confrontación contra el autoritarismo de izquierda, que disfrazado de justicia social ha institucionalizado el sometimiento y la desigualdad en nombre del pueblo. Como advirtió Jean-François Revel, “la izquierda ha sido capaz de reinventar el totalitarismo sin parecer totalitaria, porque aprendió a usar las causas nobles como escudo moral”.

Reducir este conflicto a emociones desbordadas o egos heridos es no entender nada. Esto es una lucha entre una visión que quiere repetir el pasado, y otra que exige una ruptura real, ética y liberal. La solución no está en callar ni en reconciliarnos con los verdugos de ayer. La solución está en construir una oposición moderna, firme, con identidad propia y sin miedo a disentir, y una reconciliación con justicia real y no impunidad. 

Y hay que decirlo con firmeza: no podemos seguir tolerando el intento de rescatar al sandinismo como corriente válida. Hay quienes, desde espacios opositores, académicos o diplomáticos, protegen a sus antiguos compinches, justifican sus crímenes, o intentan presentarlos como víctimas políticas. Algunos lo hacen por lealtad, otros por interés, otros por cálculo. Pero la historia no puede seguir siendo negociada. Nicaragua no necesita reconciliaciones con criminales: necesita justicia con memoria y sin concesiones.

Estamos ante un momento decisivo. O rompemos con todo lo que el sandinismo representa en el poder y en la oposición, o condenamos a Nicaragua a un nuevo ciclo de impostores. Como dijo Mario Vargas Llosa: “Los pueblos que no aprenden del pasado están condenados a revivir sus peores pesadillas”.

Nicaragua no volverá al pasado. Porque una nueva generación está lista para hablar, para proponer y para liberar.

El autor es exiliado político, vocero de AVANZA Nicaragua.

COMENTARIOS

  1. Hace 11 meses

    Vayan, si se atreven, y pregúntenle al ex comandante de la Resistencia, Rubén, o váyanse hasta Jacksonville y pregúntenle al comandante Mike Lima. Pregúntenles si creen que Dora María Téllez, Sergio Ramírez, Víctor Hugo Tinoco o cualquier otro miembro del MRS o del FSLN, no tienen derecho a participar en el proceso democrático de Nicaragua.

    Ahí mismo se van a dar con la piedra en los dientes.

    Porque les van a decir, con la serenidad de quienes sí vivieron la guerra, que tal vez no votarían por ellos, pero que sí, por supuesto que tienen derecho a participar en el concurso democrático. Hoy, mañana o cuando sea.

    Porque la democracia no se construye excluyendo a los que piensan diferente, ni negándole la voz a los que alguna vez fueron tus enemigos. Se construye reconociendo que el país es de todos, no solo de los que hoy se sienten moralmente superiores porque nunca tuvieron el valor de ensuciarse las manos en los momentos difíciles.

  2. Hace 11 meses

    Post Data:

    Cuando escribí los cobardes que no hicieron nada en los 80’s me refería a los que se endiosaban antes de las ultimas elecciones que jamas habría union con el MRS.

    No se laven la cara con la palabra democracia

    Me refiero a esos “dirigentes” de la supuesta democracia que en los años 80’s no movieron un dedo mientras otros se jugaban la vida entre el servicio militar obligatorio o la guerra de la Contra. Ellos, los que hoy se presentan como guardianes de la moral política, no estaban ni en un lado ni en el otro. Simplemente no estaban. Se escondieron detrás del silencio, de la pasividad, o del cálculo personal.

    Y ahora, con traje bien planchado y acento prestado, tienen la osadía de pontificar quién merece o no participar en la vida democrática de Nicaragua. Los mismos que antes de cualquier elección juran con fervor que jamás se juntarán con la “chusma” del MRS, como si la pureza política fuera un título nobiliario.

    Pero la verdad es otra: esa chusma, como la llaman, sí puso el cuerpo y la cara cuando el país ardía. Muchos de ellos estuvieron en trincheras, en brigadas médicas, alfabetizando, reconstruyendo un país quebrado. ¿Y ustedes dónde estaban? ¿Mirando desde el palco?

    La democracia, señores, no es una cofradía de vírgenes políticas. Es un espacio donde todos caben, incluso los que cometieron errores, incluso los que piensan distinto. Pero lo que no se puede tolerar es que quienes nunca estuvieron cuando más se necesitaba, hoy pretendan repartir carnés de “ciudadano apto

  3. Hace 11 meses

    Y para concluir.
    Usted concluye con un llamado a “una nueva generación lista para proponer y liberar”. Bien por ellos. Pero no se equivoque: liberar no significa descalificar. Proponer no significa borrar. Y disentir no significa insultar a los que lucharon antes. En los años 80, mientras unos estaban orgullosamente en el servicio militar y otros en la contra —sí, con rifles, no con hashtags—, se defendían posiciones opuestas pero con honor. No había espacio para los cobardes que hoy pontifican desde el teclado,- porque no es solo usted, es una enfermedad endemica de la derecha nica-, pero que entonces no dieron ni un paso por su patria.

  4. Hace 11 meses

    “Cuando un mosalvete pretende dar clases de historia a quienes la vivieron”

    Tengo 55 años. Vivo en Estados Unidos desde los 23. Y sí, apoyé la revolución sandinista en los años 80. No, no me arrepiento. No me quita el sueño que un mosalvete, que no había ni nacido cuando a nosotros nos tocaba jugar a la ruleta rusa con balas reales, se sienta con autoridad moral para explicarnos qué fue el sandinismo, qué fue la revolución y quién merece o no redención histórica.

    Enrique Martínez es de esos ilustrados de posguerra —posguerra que ni olió— que descubrieron la política en un TED Talk y ahora escriben con esa seguridad de quien ha leído mucho pero vivido nada. En su artículo, recita con tono doctoral que “el sandinismo nunca fue un proyecto democrático”, como si hubiese estado en 1979 viendo cómo se derrumbaba una dictadura hereditaria que llevaba casi medio siglo en el poder. Qué cómodo es hablar de pureza democrática cuando uno nació en cuna con pañales desechables y no bajo ley marcial.

    La obsesión de esta nueva camada de opinólogos no es con la democracia: es con borrar del mapa cualquier atisbo de izquierda, aunque esta haya sido honesta, austera y con voluntad de cambio. Porque claro, para ellos hay dos tipos de errores históricos: los de izquierda, imperdonables y genéticos; y los de derecha, reciclables, rehabilitables, casi entrañables.

    El muchacho cita con entusiasmo a Dora María Téllez para ponerla en la hoguera, pero omite (o ignora, lo que es más grave) que hasta el gobierno de Doña Violeta reconoció su integridad como ministra. Que entregó el Ministerio de Salud sin robarse ni una jeringa, mientras otros, hoy autoproclamados paladines de la democracia, salieron de sus cargos con cuentas gordas y manos sucias. Pero esos no cuentan. Porque ser ex-somocista, o aliado de Arnoldo Alemán, parece que te da indulgencias plenarias.

    Martínez se indigna por la supuesta herencia autoritaria del sandinismo, pero no menciona ni una palabra sobre Alfredo César, Wilfredo Navarro, o cualquier otro espécimen de la fauna política nicaragüense que ha pasado de ser contrista a orteguista y de ahí a demócrata de exportación sin despeinarse. Esos sí pueden. Porque el trauma real de esta gente no es con el autoritarismo: es con la palabra “revolución”.

    Y la cereza del pastel es su cierre rimbombante: “Una nueva generación está lista para hablar, para proponer y para liberar.” ¡Bravo! Solo que hablar es fácil cuando lo más cerca que estuviste del servicio militar fue hacer clic en Wikipedia. En mi generación, los jóvenes no se lanzaban manifiestos por Substack: se alistaban en la Contra o en el EPS. Defendían sus ideas con fusil, no con infografía. Y aun así, nos dimos la mano al final. Nos enfrentamos con cojones, no con adjetivos.

    No confundamos lo que Nicaragua necesita. No es una cruzada contra el pasado, sino una conciencia del presente. No es borrar a quienes lucharon, sino aprender de sus errores y aciertos. Porque el problema no es que algunos de nosotros reivindiquemos con orgullo lo que hicimos hace 40 años, sino que otros —recién salidos del cascarón— se crean con derecho a decidir quién tiene permiso para opinar, quién se redime y quién no.

    Así que no, joven Enrique. Su ensayo no es un acto de valentía. Es apenas un berrinche generacional con buena gramática.

    1. Hace 11 meses

      Aterricen. La democracia no es propiedad privada

      Hay una enfermedad política que ha contaminado a buena parte de quienes se autodenominan “demócratas” dentro y fuera de Nicaragua: el delirio de pureza moral. Se han erigido como jueces supremos de quién tiene derecho o no a participar en los procesos democráticos. Según ellos, si en algún momento de tu vida fuiste somocista, sandinista, orteguista, o simplemente no te alineaste con su línea editorial, estás automáticamente inhabilitado, marcado, excomulgado.

      Pues aterricen. La democracia y la patria no son clubes exclusivos con lista de admisión aprobada por cuatro iluminados. La democracia, por definición, es de todos. No importa si ayer fuiste soldado de la contra, funcionario del FSLN o si en tu juventud creíste en el neoliberalismo de Arnoldo o en la promesa de la revolución. Si sos nicaragüense, tenés derecho a elegir y a ser elegido, hoy y mañana.

      Ese discurso elitista de “nosotros los demócratas puros” no es más que la otra cara de la misma moneda que dicen combatir. Se parecen demasiado a los autoritarios a los que critican, porque igual que ellos, quieren decidir quién entra y quién no al juego político, según sus simpatías, fobias o intereses.

      ¿Queremos una Nicaragua realmente libre y democrática? Entonces asumamos una verdad incómoda: en una democracia caben todos. Incluso los que no piensan como vos. Incluso los que tienen un pasado que te molesta. Incluso los que alguna vez se equivocaron.

      Solo así vamos a superar el ciclo de exclusión, revancha y dogmatismo que nos ha hundido por décadas. La democracia no se construye con censores disfrazados de salvadores, ni con listas negras. Se construye con todos y para todos. Incluso con Jesús. Incluso con el diablo. Porque mientras sean nicaragüenses, tienen el mismo derecho que vos a opinar, a votar y a participar.

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