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La reciente confrontación entre Israel e Irán —que el presidente Donald Trump dio por terminada el 23 de junio— puso al mundo en vilo.
El intercambio de ataques con cohetes entre ambos países, que duró 12 días, tuvo efectos devastadores en Irán, donde murieron al menos 400 personas, entre ellas mujeres y niños, y más de tres mil heridos. Además, el sábado 21 de junio la aviación estadounidense —en una acción sorpresiva— bombardeó tres instalaciones clave del programa nuclear iraní en Natanz, Fordow e Isfahán y las destruyó completamente, según afirmaron el propio Trump, el director de la CIA, John Ratcliffe, y la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, aunque otros informes rebajaban la magnitud de los daños a las instalaciones nucleares.
En Israel, los cohetes iraníes dejaron al menos 24 muertos y más de 1,200 heridos, la inmensa mayoría civiles. La respuesta de Teherán al conflicto iniciado abruptamente por Tel Aviv tuvo otra secuela: demostró que la Cúpula de Hierro, el sofisticado sistema antimisiles que protege a Israel, no es impenetrable, a pesar de su alta tecnología y del enorme apoyo militar, técnico y económico que Estados Unidos le otorga a su aliado en el Oriente Medio.
Tanto los ataques israelíes, como el bombardeo estadounidense del sábado 21 de junio, usaron como justificación el argumento de que Irán estaba a punto de fabricar un arma nuclear. Pero el gobierno iraní siempre ha afirmado que su programa solo tiene como objetivo producir energía nuclear para fines pacíficos, y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no ha podido refutar las afirmaciones de Teherán con datos definitivos, aunque abundan las sospechas.
El director de la OIEA, Rafael Grossi, y especialistas del organismo han advertido en muchas ocasiones que no se debe lanzar ataques contra instalaciones nucleares por la posibilidad de que se liberen niveles peligrosos de materiales radioactivos o tóxicos. Grossi apuntó que los ataques contra esas instalaciones pueden tener consecuencias graves dentro y fuera del país atacado, y pidió “máxima moderación”.
El conflicto entre Irán e Israel nos ha recordado lo cerca que podemos estar del abismo. Tanto Israel como Estados Unidos tienen armas nucleares. De hecho, Estados Unidos es el único que las ha usado, contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Irán no tiene la bomba atómica, pero muchos creen que ha intentado –y sigue intentando– avanzar en esa dirección, a pesar de sus negativas.
En 2018, durante su primer período en la Casa Blanca, Trump retiró a Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015 entre la nación persa y Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China. El acuerdo limitaba el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones internacionales. Trump consideró que el JCPOA era demasiado débil y reimpuso sanciones a Irán, que respondió reduciendo sus compromisos con el acuerdo. Una vez más, la política del garrote desplazaba a la diplomacia, y hoy vemos los efectos nocivos de esa decisión.
El conflicto reciente entre Irán e Israel renovó en todo el mundo el miedo a una confrontación nuclear. Un temor que parecía cosa del siglo pasado, de la Guerra Fría, de los refugios atómicos, del reloj del juicio final. Pero en realidad nunca hemos dejado de temer que una provocación, una escalada de tensiones, un lanzamiento de misiles con consecuencias devastadoras, podrían ponernos al borde de una catástrofe.
El mundo no puede permitir el estallido de una guerra nuclear, ni siquiera la amenaza o el atisbo de que pueda ocurrir. Por eso no basta con eliminar el programa nuclear de un país: el desarme tiene que ser universal. En un mundo dividido que parece vergonzosamente incapaz de erradicar las guerras, no podemos dejar que las armas nucleares sigan pendiendo sobre la humanidad como una espada de Damocles. [FIRMAS PRESS]
El autor es escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son El ocaso y La espada macedonia, publicadas por Mundiediciones. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump con Mundiediciones y el ensayo Una plaga del siglo XXI, sobre la pandemia del covid-19.