Exilio con alma y dignidad

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Hay momentos en la historia de los pueblos en que el dolor se convierte en tránsito. Cuando quedarse duele más que partir, cuando el suelo que nos vio nacer deja de ser abrigo y se vuelve frontera. Nicaragua conoce ese dolor. Y lo ha conocido tantas veces, que en el corazón de cada familia hay al menos una silla vacía, una voz ausente, un nombre pronunciado con lágrimas.

Los migrantes nicaragüenses no se fueron: los fueron empujando. Uno a uno, salieron con mochilas pequeñas y cargas inmensas. Se fueron dejando la tierra, pero llevándose el país en el pecho. Porque el exilio no es solo geografía: es una herida abierta donde antes latía la esperanza.

Pero lo que la historia a veces no cuenta —lo que se escapa de los titulares y los discursos oficiales— es que esos hombres y mujeres que se marcharon no se convirtieron en sombras. Allá donde llegaron, no llegaron a pedir limosna de futuro: llegaron a ofrecer trabajo, constancia, ternura, arte, memoria. Convirtieron la ausencia en acción. En lugar de rendirse, sembraron.

El migrante nicaragüense no es sólo la imagen del que sufre. Es también el rostro del que resiste. Es la mujer que cuida a otros mientras echa de menos a sus propios hijos. Es el joven que estudia en una lengua ajena para algún día poder alzar la voz por los que no pueden hablar. Es el obrero que trabaja con las manos, pero que piensa con el corazón puesto en un país que aún no lo deja volver.

En cada hogar levantado con sacrificio, en cada plato servido con nostalgia, en cada niño criado con cuentos que suenan a volcanes y lagos, hay una promesa viva: Nicaragua no se ha ido de ellos, aunque ellos hayan tenido que irse de Nicaragua.

Porque el exilio nicaragüense ha creado una nación paralela. Una nación sin fronteras, hecha de vínculos invisibles, de WhatsApps a medianoche, de remesas que sostienen economías enteras, de oraciones compartidas desde distintas latitudes. Esa nación del exilio no es menos patria: es otra forma de amor.

Y aunque no salgan en portadas, aunque el mundo los vea como una estadística más, los migrantes llevan consigo algo que ningún sistema puede controlar: dignidad. Esa dignidad que se muestra en el silencio con el que soportan el desprecio. En la fuerza con la que envían dinero sin tener casi nada. En la ternura con la que siguen pronunciando “mi tierra”, aunque el pasaporte les diga otra cosa.

No hay historia de Nicaragua que pueda escribirse sin ellos. No hay futuro posible sin su regreso —no necesariamente físico, pero sí moral, simbólico, afectivo— a la narrativa nacional. Porque ellos también son país. Son raíz, y también semilla. Son quienes lo dejaron todo, para seguir creyendo en todo.

La patria duele, pero también se siembra. Se siembra en los actos más humildes: en el pan compartido, en el niño que aprende a decir “abuela” por video llamada, en el migrante que se niega a olvidar su acento.

Y así, entre la añoranza y la firmeza, los nicaragüenses en el exilio siguen construyendo. No sólo un lugar en el mundo, sino una promesa.

Algún día volveremos. No para pedir permiso, sino para reconstruir lo que nos negaron, con la frente en alto y el alma intacta.

Y desde aquí, desde esta orilla donde las palabras también son refugio, va una voz de solidaridad para aquellos que hoy son perseguidos, señalados como criminales por el simple hecho de buscar libertad. A quienes son tratados como menos, como si no fueran dignos de existir fuera de los márgenes. Ustedes no están solos. Los pueblos que se levantan con memoria también se levantan con justicia. Y no hay muro, ni frontera, ni decreto que pueda borrar el valor de un ser humano que camina con dignidad, aunque todo el mundo le dé la espalda.

El autor es nicaragüense exiliado. Excarcelado político y desterrado a Estados Unidos en el “vuelo de la libertad”.

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