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Un obispo enamorado
A finales de la década de los setenta, el sacerdote Donaldo Chávez Núñez y su novia Francis Martínez eran la comidilla de los programas radiales nicaragüenses. El antiguo obispo auxiliar de Managua y expresidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua tenía una relación con una muchacha esteliana 30 años menor y paseaban su amor por las calles, tomados de la mano.
Monseñor Chávez Núñez no era cualquier sacerdote. Fue el primer obispo nicaragüense que presentó su renuncia al Vaticano. Y lo hizo luego de haber sido uno de los principales candidatos al arzobispado de Managua, tras el fallecimiento de monseñor Alejandro González y Robleto en junio de 1968.
Hablaba latín, griego, inglés, francés, español y portugués. Fue presidente de la Cruz Roja de Nicaragua, profesor de Humanidades y Retórica y profesor de griego bíblico. Era licenciado en Artes, Filosofía y Letras y, sobre todo, tenía mucho carisma. “Yo era el sacerdote de moda en ese tiempo. No había muchos sacerdotes y yo sobresalía”, señaló en una entrevista de 1998 con el periodista Fabián Medina.
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La disputa por el cargo de arzobispo finalizó de repente, cuando el Vaticano nombró a Miguel Obando y Bravo, para sorpresa de muchos. Según Chávez Núñez, fue Anastasio Somoza Debayle quien intervino para evitar su nombramiento, luego de que él expresara que “todas las cosas en Nicaragua necesitaban cambios” y al dictador se lo contaran.
Lo enviaron a una parroquia del municipio de San Rafael del Sur, donde ya había estado, y al poco tiempo recibió la orden de trasladarse a una iglesia aún más remota. No la aceptó. Así las cosas, decidió retirarse poco a poco de toda actividad religiosa, “pero con carácter definitivo”, para dedicarse a la finca familiar.
En 1970 renunció a los hábitos y siete años después conoció a Francis, una joven soltera, pueblerina, especialista en Bioquímica y aficionada a la lectura, igual que él. Se la presentaron unas amigas de La Trinidad que lo sabían en búsqueda de “una muchacha buena” con quien establecer una familia.
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Se casaron por lo civil en 1979 y tuvieron dos hijos: Oyanca (1982) y Carlos Fernando (1985). Adoraba a su esposa y anhelaba casarse con ella por la Iglesia, pero no podía hacerlo sin el permiso de la Santa Sede. Cada año preguntaba al arzobispado de Managua cómo iba su trámite y siempre le respondían que su caso estaba en proceso, relató su hijo en 2017 a Magazine.
La espera fue larga. El permiso del Vaticano no llegó sino hasta 1997; es decir, 27 años después de que Chávez Núñez presentó su renuncia. También recibió una carta del mismísimo papa Juan Pablo II, donde le ofrecía disculpas por la demora en la expedición de la autorización y por los “atropellos” que se cometieron contra él.
La ceremonia se realizó en la iglesia San Agustín, con la asistencia de unas 8 personas, entre ellas sus dos hijos, su cuñada y dos testigos. El “doctor”, como lo llamaban quienes lo conocieron sin sotana, se casó con el mismo saco que usó en la boda civil, 18 años antes. Tres años después, murió, con ocho décadas de edad.

Sacerdote, político y esposo
A la edad de 7 años Edgard Parrales tenía en su habitación un altar con veladoras consagrado a la Virgen. Rezaba todos los días, aunque también jugaba con soldaditos, muchos soldaditos. Llegó a tener 500 piezas que incluían aviones, carros militares, barcos y cañones.
A los 13 años entró al Seminario, como siempre había querido, y ocho años después salió hecho sacerdote. Sin embargo, en la década de los 80 debió tomar una difícil decisión: seguir vistiendo sus hábitos o renunciar a la Iglesia para apoyar un proyecto en el que entonces creía: la Revolución sandinista.
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Antes de la caída del régimen somocista, Parrales ya había formado parte del Grupo de los Doce: un colectivo de intelectuales y personalidades que respaldaban a los guerrilleros rebeldes. En el nuevo gobierno lo designaron embajador de Nicaragua ante la Organización de Estados Americanos (OEA).
No obstante, varios obispos no estaban de acuerdo con que él y otros tres sacerdotes (Ernesto y Fernando Cardenal y Miguel d’Escoto) ocuparan cargos en el Gobierno. A todos les preguntaron si querían ser sacerdotes o políticos. “Los otros respondieron que sacerdotes y políticos. Yo respondí que político e inicié mi solicitud de reducción al estado laical”, relató Parrales a LA PRENSA en 2020.
En adelante ocupó varios altos cargos públicos, como viceministro del Seguro Social y ministro de Bienestar Social. También fue secretario general de la Procuraduría General de Justicia y director de Relaciones Nacionales e Internacionales de la Asamblea Nacional. Pero en esa misma década ocurrió un evento de mayor importancia: conoció a Carmen Dolores, su primera y única esposa.
Sucedió una tarde de 1988, después de una manifestación del Frente Sandinista en la Plaza de la Revolución. Parrales estaba platicando con el embajador de España cuando una muchacha pasó apurada. “El evento ya terminó”, alcanzó a decirle él. Tras despedirse del embajador, le ofreció llevarla a casa y la invitó a comer.
En la plática se dio cuenta de que se trataba de Carmen Dolores Córdova, hija de Rafael Córdova Rivas, miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Le propuso visitarla para ver a su padre, quien había sufrido un accidente cerebral, y así empezó todo. A los cuatro meses se casaron enamorados.
Parrales relató su historia en octubre de 2020, cuando llevaba 32 años de matrimonio y hablaba con los medios independientes a título de analista político. En noviembre de 2021, con 79 años, se convirtió en el preso político más anciano de la dictadura Ortega Murillo. Lo encontraron culpable de delitos considerados “traición a la patria” y lo desterraron en febrero de 2023.

Un amor como cualquier otro
Edgar Zúñiga Cajina no tuvo más motivos que el puro y llano amor para caminar hacia el altar, pero ya no como sacerdote. Cuando se descubrió enamorado de una amiga de toda la vida renunció a su primera vocación para casarse con ella.
Desde su temprana adolescencia supo que quería ser cura, sin embargo, a Gloria Elena Portillo la conocía desde los 8 años. La vio por primera vez cuando sus padres lo llevaron a casa de un matrimonio amigo cuya hija (su futura esposa) acababa de nacer. Pese a la diferencia de edad, crecieron como amigos, hasta que al cumplir 17 años él ingresó al Seminario. Después viajó a Roma y estudió en la Universidad Gregoriana.
Volvió a Nicaragua como sacerdote para ocupar el cargo de vicario en la vieja Catedral de Managua. Entre los feligreses estaba Gloria Elena y es posible que alguna vez la haya tenido que confesar, relató con una sonrisa en enero de 2021, cuando tenía 81 años. En ese momento a Zúñiga ya se le dificultaba pescar recuerdos en las lagunas de su memoria, pero habló con LA PRENSA sobre su esposa, fallecida cerca de ocho años atrás.
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¿Cómo se enamoraron? “Como se enamoran todas las personas”, respondió. Pidió una dispensa al papa de turno para poder casarse con ella y empezó a estudiar Administración de Empresas en el Incae para hacer frente a la vida como sacerdote secularizado. Consiguió trabajo en el Ingenio San Antonio y así garantizó el sustento a su esposa y sus cuatro hijas.
A pesar de todo, Zúñiga decidió entregar su vida a la religión, aunque no de la manera que al inicio tenía planeada. Dedicó los lunes de tres décadas a investigar la historia de la Iglesia católica nicaragüense. Su libro Historia eclesiástica de Nicaragua abarca 389 años, desde 1524 hasta 1913, y tiene más de 600 páginas. Muchos consideran que él es el historiador oficial de la Iglesia de Nicaragua.

El doctor Arríen
Juan Bautista Arríen nació en el País Vasco, el 13 de mayo de 1931, pero pasó casi toda su vida en Nicaragua (58 años) y era nacionalizado nicaragüense, por lo que podemos considerarlo un nica. Ganó un enorme prestigio como educador, fue futbolista, analista deportivo e historiador y, en su momento, tuvo la entereza necesaria para dejar de ser sacerdote.
A finales de los años 70, en su época de padre jesuita y rector de la Universidad Centroamericana (UCA), sacaba de las cárceles somocistas a estudiantes que desafiaban a la dictadura. En aquellos años fueron alumnos suyos muchos jóvenes que tendrían protagonismo en la historia de Nicaragua, algunos para bien y otros para mal, como Edgar Tijerino, Alfonso Robelo, Edén Pastora y Dionisio Marenco. También Daniel Ortega, matriculado en Derecho, aunque sólo asistió a clases un semestre y medio.
En 1979 Arríen decidió salirse de la Compañía de Jesús, “por discrepancias de pensamiento” y presentó su dimisión a la Santa Sede. “Eso lo hace solo una persona sincera, valiente”, señaló el obispo Bosco Vivas (q.e.p.d.), su amigo cercano, en enero de 2014.
Ya fuera de las filas de los jesuitas, el profesor Arríen se casó dos veces. De su primer matrimonio le quedaron dos hijos y mucho aprendizaje. A Giovanna Daly, su segunda esposa y amor de su vida, la conoció cuando ambos eran docentes en la UCA. Los dos acababan de salir de matrimonios difíciles y empezaron como amigos, conversando por largas horas.
Estuvieron juntos más de 17 años y en los momentos más amargos de sus vidas. Giovanna fue su sostén en la pelea contra el cáncer y cuando su hijo menor, Xabier Ignacio, falleció en un accidente de tránsito en 2005. Arríen murió en agosto de 2014, a los 83 años, amando la vida.