Nicaragua ante la incertidumbre: ¿Estamos preparados para un mañana sin Ortega?

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En Nicaragua se respira una extraña calma. Una calma rota por susurros de incertidumbre, de pasillos y sobremesas que giran alrededor de una misma pregunta: ¿qué pasará si muere Daniel Ortega? La pregunta ya no es tabú. Es urgente. No porque se le desee la muerte a nadie, sino porque el país lleva demasiado tiempo atrapado en una estructura de poder que gira en torno a una sola figura. Ortega no es sólo presidente, es el eje del sistema. Y cuando un sistema depende de un solo hombre, su fin no es sólo personal, es estructural.

La realidad es cruda: el orteguismo ha funcionado como un poder casi monárquico, donde la institucionalidad ha sido erosionada sistemáticamente, los contrapesos han sido desmantelados, y las decisiones de Estado se toman entre los muros de una casa-fortaleza, en voz baja, en familia. Rosario Murillo ha sido la figura que más se ha proyectado como sucesora, pero incluso dentro del círculo de poder hay tensiones, intereses cruzados, y una falta de legitimidad real. El aparato del Estado, sin Ortega, es un castillo de naipes. Basta que caiga una carta para que se desmorone todo.

Y frente a ese posible colapso, no tenemos una oposición lista. No tenemos una alianza sólida, ni un liderazgo natural que convoque, inspire y organice. Lo que tenemos son voces dispersas, muchas de ellas en el exilio, otras silenciadas en la cárcel o en la autocensura. La oposición está fracturada por viejas rencillas, por egos sin reconciliar y por un trauma colectivo no sanado. Se extrañan figuras que piensen más en país que en protagonismos, que construyan puentes y no trincheras. Porque si el régimen se desmorona de un día a otro, no bastará con celebrar su caída. Habrá que saber qué hacer después. Y ese después es el verdadero abismo que hoy nadie se atreve a mirar de frente.

Mientras tanto, el pueblo está a la expectativa. Hay una mezcla de miedo y esperanza. Miedo a un vacío de poder que derive en caos o represión aún más feroz. Esperanza de que, quizás, este país roto pueda encontrar un nuevo comienzo. Pero la esperanza no es estrategia. Y la historia de Nicaragua nos recuerda que los vacíos de poder, si no se llenan con inteligencia y voluntad democrática, terminan siendo ocupados por nuevas formas de autoritarismo.

Estamos en una encrucijada histórica. Ortega no es eterno. Y su muerte, cuando ocurra, no será sólo el fin de una era, sino el comienzo de una prueba inmensa para todos nosotros. O aprovechamos ese momento para construir algo nuevo, con madurez y visión de país, o nos veremos repitiendo los mismos ciclos de caudillismo, represión y frustración.

Por eso la pregunta no es si Ortega morirá, sino si estaremos listos cuando eso pase. Y hoy, tristemente, la respuesta parece ser que no. No estamos listos. Pero aún podemos prepararnos. Aún podemos reconciliarnos entre quienes soñamos una Nicaragua libre. Aún podemos sentarnos, sin condiciones, a construir un pacto mínimo de nación.

Porque el día que Ortega ya no esté, Nicaragua no puede improvisar su futuro. Tiene que tenerlo pensado, sentido y acordado. No hacerlo sería volver a empezar, otra vez, desde las cenizas.

El autor es ex preso político nicaragüense. Es uno de los desterrados en el “vuelo de la libertad”.

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