Defendamos nuestro derecho a protestar

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Ha sido arduo y largo el camino que ha tenido que recorrer la humanidad para llegar a tener el derecho a protestar. Porque, ese camino está sembrado de abrojos y espinas. Porque ha sido regado con sangre, sudor y lágrimas. Y porque, se ha incubado en revoluciones, unas buenas como las europeas que se forjaron para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos (as) y otras malas, como la cubana, la venezolana y la nicaragüense, que se hicieron para ultrajar la dignidad de sus pueblos.

Estaba ensimismado en estas cavilaciones, cuando en la pantalla del teléfono celular que tengo a mi lado, en la sección de noticias de LA PRENSA, se daba a conocer que el día anterior 20 compatriotas habían sido sacados violentamente de sus casas, al mejor estilo de la Gestapo nazi, por los esbirros de la tiranía Ortega-Murillo y llevados con rumbo desconocido.

Inmediatamente establecí contacto con Managua para preguntar por la razón, motivo y circunstancia por la que habían sido secuestrados esos 20 connacionales y lo más que pude averiguar es que pertenecen a un grupo de opositores democráticos a la dictadura, que estaban preparando una protesta cívica contra la Asamblea Nacional por estar aprobando esta una serie de leyes aberrantes y contrarias a la dignidad humana.

Si este encarcelamiento es cierto, como he comprobado que lo es, quiere decir que Nicaragua ha dejado de ser una República para convertirse en un feudo o una finca, al servicio de los intereses de la familia Ortega-Murillo y de sus secuaces. Todo alcanzado por medios espurios.

Indubitablemente Nicaragua sigue viviendo en “la oscurana” de que nos habló su santidad Juan Pablo II en la visita que nos hizo en el siglo pasado. Mientras los delincuentes comunes que han robado, golpeado y hasta asesinado a personas honradas son puestos en libertad por órdenes del binomio dictatorial, miles de ciudadanos honestos han sido y siguen siendo encarcelados únicamente por disentir de la opinión de quienes han asaltado el poder a mansalva y con alevosía.

En el sistema democrático, al que aspiramos la gran mayoría de los nicaragüenses, todos los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a protestar si consideran que las cosas no están marchando bien en el gobierno, porque como dice el gran poeta norteamericanos Walt Whitman (1818-1892): “Una vez admitida la obediencia sin protestar es la servidumbre total”.

A propósito de norteamericanos, el próximo año 2026 los EE. UU., estarán cumpliendo 250 años de vivir en democracia y libertad. Les ha ido tan bien, que es la nación que más refugiados recibe de aquellos países que por sus malos gobiernos entran en dificultades para sobrevivir. Incluso de los orteguistas se dice que “se beben la leche y maldicen la vaca” o sea que condenan al imperialismo, pero adoran los dólares, que logran rapiñar como producto de su participación en el régimen corrupto del FSLN.

Pero volviendo a los 20 secuestrados que injustamente se encuentran en prisión, la pregunta es: ¿Qué autoridad competente y basados en que ley que emane de nuestro ordenamiento jurídico consensuado, ha facultado a la pareja Ortega-Murillo para que en nombre de la Republica de Nicaragua estén cometiendo todos los días abusos y aberraciones en contra de los derechos fundamentales de la ciudadanía? ¿Es que hemos regresado a la Edad Media cuando la humanidad sufría toda clase de vejámenes y los pobres tenían que pasar por las horcas caudinas?

En el hemisferio occidental casi todos los países en su carta magna garantizan a sus ciudadanos el derecho a protestar. Sólo Cuba, Venezuela y Nicaragua no lo permiten. Como todas las dictaduras, le tienen terror a las manifestaciones populares que no están bajo su control, desde que el guerrillero Ernesto “Che” Guevara expresó en una conferencia: “Cuando el pueblo está en las calles, es la revolución”.

Ya es hora de que los nicaragüenses nos vayamos organizando para cuando llegue el momento de protestar cívicamente en defensa de nuestros derechos humanos. Por razones de dignidad y de elemental patriotismo, no podemos ni debemos seguir indefinidamente con los brazos cruzados, mientras la dictadura hinca sus garras y conculca impunemente lo poco de democracia que con enormes sacrificios habíamos alcanzado.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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