¿Qué libertad estamos defendiendo? ¿Una libertad auténtica o una comodidad autoritaria?

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Pocas palabras despiertan tanto consenso como libertad. Todos dicen defenderla. Es invocada por discursos políticos, manifestaciones sociales y campañas electorales. Se la presenta como un derecho irrenunciable, como el fundamento de toda democracia. Pero en la práctica, la libertad muchas veces se vuelve una consigna vacía, una bandera que se agita según la conveniencia del momento, o un disfraz con el que se cubren impulsos autoritarios.

Aquí es donde debemos hacer una pausa: ¿Queremos libertad de verdad, o sólo cuando se acomoda a nuestras ideas y valores?

La libertad sin excepciones

Defender la libertad no significa sólo luchar por el derecho a hablar, expresarse o vivir sin miedo. También implica garantizar ese mismo derecho a quienes no piensan como nosotros. La libertad no es plena si se aplica con condiciones. No puede depender del contenido de lo que se dice, del grupo que lo dice, o del contexto político en que se lo dice.

Si creemos que sólo quienes comparten nuestras ideas tienen derecho a hablar, entonces no estamos defendiendo la libertad: estamos defendiendo el poder.

La libertad auténtica implica aceptar la incomodidad de convivir con el disenso. Requiere madurez para escuchar opiniones que no compartimos, tolerancia para convivir con formas de vida diferentes, y convicción para no pedir censura incluso cuando nos sentimos ofendidos o desafiados.

El autoritarismo cómodo

Existe un fenómeno cada vez más frecuente: personas que, en nombre de la libertad, terminan validando prácticas profundamente autoritarias. Justifican la censura si es “por el bien del país”. Aplauden que se silencie a voces críticas si esas voces “dividen”. Exigen que se imponga orden por la fuerza, siempre y cuando ese orden coincida con su visión del mundo. Este tipo de pensamiento es peligroso porque en apariencia defiende valores democráticos, pero en realidad sólo tolera una visión única de sociedad: la propia.

En estos casos, la libertad se convierte en una ficción: se defiende con una mano y se socava con la otra. Se transforma en un privilegio para los afines, y en una amenaza si la ejercen los demás. ¿Buscamos libertad o control?

Una sociedad verdaderamente libre no es aquella donde gana siempre mi partido, donde se escucha sólo mi ideología o donde gobierna siempre el que representa “mis valores”. Es aquella donde las instituciones funcionan incluso cuando pierdo, donde se protegen los derechos también de los que me contradicen, y donde las reglas son iguales para todos, incluso cuando me incomodan.

La libertad auténtica exige coherencia. No se puede exigir libertad de expresión mientras se pide silenciar al otro. No se puede defender la pluralidad mientras se demoniza a quien disiente. No se puede hablar de democracia mientras se justifica la represión contra los críticos.

La pregunta no es si estamos a favor de la libertad. Todos lo estamos en el discurso. La verdadera pregunta es: ¿Qué tan dispuestos estamos a defender la libertad cuando nos cuesta? Cuando nos obliga a escuchar lo que no queremos oír, a perder elecciones, a ceder poder, a aceptar que no tenemos el monopolio de la verdad.

Y en Nicaragua: ¿estamos listos para una libertad verdadera?

Pensando en Nicaragua, este debate cobra especial importancia. Muchos anhelan un país libre, justo, donde nadie tenga que callar por miedo ni vivir en el exilio por pensar diferente. Pero debemos ser sinceros: la libertad que queremos construir, ¿será realmente para todos? ¿Estaremos dispuestos a garantizar derechos no sólo para quienes piensan como nosotros, sino también para quienes nos critican, para quienes regresen con ideas distintas, para quienes desafíen al poder, incluso si ese poder nos representa?

Construir una Nicaragua libre no se trata de cambiar un silencio por otro, ni de reemplazar exclusiones con nuevas exclusiones. Se trata de crear un país donde el diálogo, el respeto y la pluralidad no sean riesgos, sino garantías. Y, quizás aún más importante: ¿estamos dispuestos a garantizar esa libertad también para nosotros mismos, si un día pensamos diferente al poder de turno?

Porque toda convicción puede volverse minoría, y nadie debe vivir con temor a expresar su verdad.

Libertad, con todas sus consecuencias

La libertad es incómoda. Exige debate, crítica, desacuerdo. No garantiza que tengamos razón, ni que nuestras ideas sean las más populares. Pero es precisamente esa incomodidad la que hace valiosa a la libertad: nos obliga a justificar lo que creemos, a mejorar nuestros argumentos, a abrir espacio al otro. Por eso, más que nunca, debemos preguntarnos con honestidad:

¿Queremos vivir en libertad, incluso cuando no tengamos el control?

¿Estamos listos para defender la libertad para todos, incluso para los que no piensan como nosotros?

¿Queremos una Nicaragua donde todos puedan hablar sin miedo, incluso si algún día somos nosotros los que disentimos?

Esa es la diferencia entre construir una democracia real o repetir el ciclo de autoritarismo con nuevos nombres. Defender la libertad no es fácil. Pero es el único camino digno.

El autor es expreso político. Es uno de los desterrados en el “vuelo de la libertad”.

Opinión
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