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Tiene alma de mártir. Mientras estuvo en Nicaragua, Lenín Salablanca estuvo dispuesto a morir por oponerse a la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, asegura desde Estados Unidos en donde ahora vive exiliado a sus 43 años y se niega a callar su voz pese a las súplicas de su familia que le dicen que no hable más. “No puedo controlarme”, se justifica.
La dictadura lo encarceló y la Policía, junto a paramilitares, lo golpeó y lo detuvo en varias ocasiones cuando él se movilizaba en su motocicleta en Juigalpa. Muchas de esas detenciones quedaron registradas en video. Él mismo cuenta haber sufrido más de 130 asedios en dos años, y en un solo día dice que fue detenido en 23 ocasiones.
Pese a toda la persecución que vivió en Nicaragua, afirma que no se fue al exilio por la dictadura, porque estaba dispuesto a resistir de todo, incluso su muerte, sino que se fue porque sintió desesperanza al ver el poco avance de los grupos opositores.

Fiel a esa alma de mártir que tiene y con su personalidad explosiva, Salablanca habla en esta entrevista de cómo enfrentó el asedio de la dictadura, además de cómo llegó con traumas de la persecución al exilio. Ahora es miembro de una organización llamada Puchos Nicaragüenses en el Exilio Disidentes. También comenta sobre las deportaciones que ha hecho Donald Trump en contra de miles de migrantes y su postura frente a la lucha armada para derrocar a Daniel Ortega y Rosario Murillo.
¿Cómo está usted después de siete años desde que estalló la crisis política?
Estoy como el cacho del chivo, flojo, pero que no se cae. Yo creo que mi posición es la de muchos nicaragüenses que venimos a un exilio en diferentes partes del mundo y estamos obligados a cambiar la cultura, adaptarnos a nuevas costumbres, adaptarnos, incluso, a un lenguaje que no conocemos.
¿Por qué se siente flojo?
Porque después de 7 años de lo que hemos pasado, muchas veces eso ha hecho como que te tambalee la vida, como que te tambalean muchas veces los principios, los ideales, las emociones, pero eso es normal en la vida de todo ser humano. Con todo esto que ha sucedido después de 7 años, hay una palabra que se llama unidad y no la hemos logrado. Y no es de ahorita esto, es desde el principio. No de la lucha de las calles, sino desde la lucha política.
Y cuando vos mirás todo eso y quedás viendo hacia atrás, no tanto por lo que uno ha pasado, porque para muchos el exilio ha servido incluso para mejorar la vida, hay que ser realistas. Pero cuando mirás a las madres que todavía después de 7 años no han encontrado justicia; cuando te das cuenta de que existen prisioneros políticos dentro de la cárcel; cuando te das cuenta que existe un pueblo que está bajo vigilancia; muchos de ellos tienen que ir a firmar todos los días; a otros llega la Policía a tomarle fotos a su casa; la persecución religiosa que está viviendo nuestra Nicaragua. Nos llena de desesperanza eso.
¿Cómo recuerda su vida en Juigalpa?
Yo he sido una persona comerciante, tan económicamente próspera como pobre. Una persona jovial, una persona que andaba por esas calles amando lo que hacía en ese momento. Una persona no tan problemática.
¿Qué le hace falta de su pueblo?
En Juigalpa dejé mi primera familia. Para ese entonces tenía un matrimonio de 14 años que antes de abril era lo que tenía. Después de abril construí un nuevo hogar, una nueva familia, que es con la cual estoy hasta el día de hoy. Yo le llamo «mi guerrera incondicional» porque fue con la que estuve todo ese tiempo de asedio, de persecución. Pero antes de eso yo llegué a Juigalpa en el año 2002. Parte de mi vida la viví en Costa Rica, de los 13 a los 22 años viví en Costa Rica. Había estado fuera de mi patria, pero nunca por cuestiones políticas, hasta hoy que ya voy a cumplir 4 años de estar en el exilio.
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Entiendo que en Costa Rica usted vivió en la indigencia.
Nueve años viví en indigencia. Te digo que de los 13 años a los 22 fui una persona indigente, de lo cual aprendí mucho. Siempre me ha encantado aquella frase donde dice que los que aman a Cristo, los que aman a Dios sobre todas las cosas, le ayudan a bien. ¿Te imaginás lo que es sobrevivir en la calle, cuando sos apenas un niño de 13 años y te toca pasar todo ese proceso? Te transforma en una persona diferente. Esa crianza que tuve fue determinante para poder enfrentarme a la policía orteguista en ese momento. Todo lo que pasaba, el temor y todo ya lo había vivido en la calle.
¿Por qué vivió en indigencia?
Me le fui a mi madre buscando libertad y encontré libertinaje. A los 22, ella me llegó a traer a Costa Rica.
¿Por qué buscaba libertad a esa edad?
Simplemente utilizo esa frase más que todo como para tapar mi falta de afecto, para tapar aquella problemática que tenía como niño en una familia disfuncional. Si me pedís explicaciones, desde los 13 años a los 42, lo único que he logrado identificar es que me faltó afecto. Quizás no de mi madre, quizás de mi padre, definitivamente, y que la vida que llevé, la niñez que tuve, no fue la más adecuada para un niño de mi edad y me hizo trastabillar y buscar caminos no muy gratos para un niño o para cualquier persona.
Cuando volvió a Nicaragua, ¿a qué se dedicó?
Primero fui mesero como 5 años. Luego de eso me dediqué al negocio. Empecé a vender CD, cepillos de dientes, de todo, hasta que conocí el negocio de la venta de productos de acero en joya y me hice un distribuidor. Me iba muy bien, muy bien. Excelente me iba. Ya, hasta el 2018.
¿Dónde estaba cuando estallaron las protestas en abril de 2018?
Me acuerdo de que andaba en los tranques y aprovechaba para cruzar a Acoyapa, que era mi lugar de trabajo y luego quedarme en los tranques apoyando. Si no les pedía a los mismos clientes a los cuales les repartía productos, ayudas para llevarle hamacas a los del tranque, algún tipo de alimento y ahí me fui involucrando. Cuando me di cuenta ya estaba en las marchas. Primero, me iba en la mañana a vender y ya cuando eran las 12:00, casi 1:00 de la tarde, ya sabía que iban a hacer marcha, me dejaba ir en mi moto y me activaba ahí, gritando, pidiendo justicia, expresándome.
¿Cómo fue su etapa en la cárcel?
Yo caí preso el 19 de agosto del año 2018 y fue una etapa de mucha experiencia. Fue muy necesario que haya caído preso porque no es por fachentear ni por sentirme importante, pero sí me di cuenta de que mi voz le dio esperanza a muchas personas desde el Chipote; desde La Modelo en el módulo 16-2 que estuve como 16 días; de la 004 que estuve como 7 meses; e incluso de la 300. Por todos esos lugares pasé.
Después recuerdo que la Policía y paramilitares llegaban a su casa y lo seguían cuando andaba trabajando. ¿Cómo fue todo ese asedio?
Eso fue triste, pero hasta cuando vine al exilio me di cuenta de que era algo traumático, era algo de lo cual venía enfermo. Mientras estuve en Nicaragua, yo siento como que hubo una cobertura de Dios, lo mismo que ocurrió cuando estuve en prisión. Hubo una cobertura de Dios que me hizo sentirme bendecido, me dio el valor, me dio la paciencia, me dio la tolerancia y sobre todo me quitó el miedo. Entonces, cuando yo vine aquí al exilio venía saliendo de mi trabajo y escuché una sirena de la Policía que es bastante común escuchar eso. Hombre, casi me ataco a llorar, se me salieron las lágrimas. Y después vi que no era nada, que no era conmigo y la Policía sólo pasó. Entonces me di cuenta de que venía traumado.
Hubo un día, un 19 de abril de 2020 si no me equivoco, que la Policía me paró 23 veces. En un solo día.
¿Qué le decían cuando lo detenían?
La mayoría de las veces eran requisas. En una ocasión me multaron injustamente. En cinco ocasiones me llevaron preso. También se habían llevado presa a mi esposa, a la mamá de ella, una prima, una hermana. Como cuatro veces me garrotearon o me montaron a la patrulla y cuando estaba ya en la delegación, entonces jugaban al policía bueno y al policía malo. Mientras me habían pegado la golpeada, cuando me detenían, ya cuando estaba en la delegación llegaba a sacarme el comisionado y me decía: “¿Qué pasó, Salablanca? Otra vez, vos. Hombre, vos no vas a entender. La verdad es que retirate de eso, jodido. Y retirate de eso. ¿No ves que vos no sos político? Otros están agarrando dinero a cuenta de ustedes y vos aquí exponiéndote”. Así me decía.
En otra ocasión me dijeron que trabajara para ellos. Y le dije yo: “¿Andar garroteando al pueblo? No, hermano, prefiero seguir vendiendo”.

Recuerdo que usted los confrontaba y les decía muchas cosas que quedaron en video. ¿No temía que lo golpearan o que lo mataran ahí mismo?
Lo que me estás preguntando fue una lucha de mi madre, de mi hijo, de mi esposa, de las personas que tienen cierto cariño para mí. “Lenin, te van a matar”. “Lenin, no sigás haciendo eso”. No entendía. Mi único objetivo, decía yo en mi forma de pensar, era: “Si me van a matar, que me maten”. Y estuve dispuesto a que me mataran. Yo estaba dispuesto a que me quitaran la vida. No me importaba, o sea, fue tanto el amor que tenía o que tengo por esta lucha que nunca me importó nada.
¿Respondían ellos cuando les gritaba?
Me mencionaban a mi madre. Ofensas. La mayoría no contestaban. Fueron más de 130 asedios contados, porque ahí tengo una memoria con todos los videos, más de 130 y había ciertos personajes que sí se ensañaban conmigo. Hubo una gran parte de ellos que llegaban, se plantaban frente a la casa, venía yo y los grababa. Se quedaban parados ahí.
¿Qué lo motivó a salir al exilio si estaba dispuesto a que le quitaran la vida?
Al exilio me vine no tanto por culpa de la dictadura, porque de la dictadura yo esperé que me quitara la vida. Esperé que me golpeara y me golpearon. Esperé que me robara y me robaron. Esperé que me echara preso y me echaron preso. Pero cuando me vine al exilio, ya estábamos en el año 2021 y logré ver que dentro de las organizaciones que estaba no había la disposición de una unidad. Pertenecía a la Alianza Cívica, era el segundo representante de Chontales, aunque sea de dedo, así lo voy a decir. Pertenecí a la Coalición Nacional, pertenecí a un grupo de reflexión llamado GREX, y dentro del GREX es el único lugar donde pude levantar mi voz y hacer el llamado a que hubiera unidad y no miré la disposición en los líderes.
Cuando miré esto y todo lo que me pasaba a mí, lo que pasaba yo como ser humano, lo que le pasaba a mi esposa, a mis hijos, a mi madre, a mis hermanos, lo que había pasado el pueblo. Con todo eso y que no hicieran conciencia de que es necesario una unidad, me pareció demasiado inmaduro y ofensivo. Entonces dije yo: “No, aquí es hora de salir”. Me fui al exilio el 1 de junio del año 2021, Día del Niño”.
Usted sigue hablando fuerte en sus redes sociales, ¿no teme por sus familiares?
Mi familia me pide: “Hacé silencio”. Pero no sé cómo dominarme. Yo sólo sé que el precio que estamos pagando no es nada comparado al que pagaron los verdaderos mártires o héroes. Hasta el día de hoy tengo un compromiso con Dios, con mi patria, con mi pueblo y conmigo mismo.
¿Cómo lo ha tratado el exilio?
El exilio me ha tratado de maravilla porque hasta el día de hoy sigo con vida. Es un exilio que pasa la mayor parte del pueblo. He tenido que jugármela de una o de otra forma. Me he quedado sin trabajo, he tenido que mudarme en más de 11 ocasiones. He andado vendiendo flores, camisetas, he andado recogiendo basura en las playas, lavando carros, trabajando en empresas que hacían bloques, madera y hoy estoy en una empresa un poco más estable que como estuve los primeros tres años del exilio.
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¿De qué sobrevive ahora?
Ahorita mientras estamos hablando estoy lavando la cocina, ya lavé los baños. Trabajo en una empresa donde fabrican aire acondicionado y hacen algunos tanques para combustible. Yo soy el que bota la basura. Yo soy el que anda limpiando los baños. Y sin pena.
¿Cómo ve el tema de las deportaciones a migrantes como usted desde que llegó Donald Trump?
Es un tema que no muchos lo quieren tocar, y tampoco los líderes actuales (en la oposición) se han pronunciado de una forma contundente o por lo menos a poder tratar de organizarnos para llevar algún tipo de gestiones para que se nos reconozca que para muchos de nosotros no podemos regresar a nuestra patria. Es bastante desconsiderado porque si yo vine a Estados Unidos, no fue porque tengo un sueño americano, yo no vine porque quería hacer dinero. Yo vine porque ya no podía estar en Nicaragua.
Hay personas que se alegran por estas deportaciones
Lamentablemente, nuestra cultura es muy linda, una cultura maravillosa, pero también parte de esa cultura es la mala enseñanza, el egoísmo, la envidia. Aquel sentimiento de que no podés tolerar que a otra persona le vaya bien porque tratás de hacer hasta lo imposible muchas veces por lograr que le vaya mal. Esto se da mucho.
Nosotros debemos de estar claros que muchos de nosotros somos perseguidos políticos, que estamos aquí no porque queremos, sino porque un día decidimos ser parte de una lucha y esa es una lucha de toda una vida, esa es una lucha que tenemos que enfrentar independientemente dónde nos encontremos y lo que se nos presente, porque incluso el día de mañana yo podría ser deportado de aquí. ¿Cómo voy a tomar esa deportación? Como parte de la lucha, simple, a seguir resistiendo.

¿Usted está indocumentado en Estados Unidos?
Sí, sin papeles. O sea, sin papeles en el aspecto de que estoy bajo un proceso de asilo político porque me lo negaron. Nunca lo he dicho públicamente, pero me negaron mi asilo político y yo no me voy a lamentar a decir: “Con todo lo que hice me lo negaron. ¡Qué barbaridad!”
Hay personas también que piensan que la lucha armada en la mejor opción para sacar a Ortega. ¿Usted qué opina?
Yo he sido bastante consciente que con violencia no resolvemos nada. Por lo menos, esa ha sido mi postura, pero también existen muchas pruebas de que sólo a través de la violencia, de la guerra o de la lucha armada es donde se sacan a las dictaduras. Yo por mi parte sigo manteniendo mi posición de una persona pacífica, creyente, dispuesta a levantar mi voz bajo las circunstancias que sean necesaria, pero hoy en día también respetuoso de aquellas personas que piensen lo contrario y que se sumen a la lucha que quieran hacer con tal de sacar un dictador. Incluso pues la lucha armada. Ahí yo no puedo mandar absolutamente a nadie referente a eso. Que cada quien haga lo que quiera hacer de la forma que piensa hacerlo siempre y cuando sea bien para el pueblo.
¿Le parece que hay personas que están cansadas del tema de la crisis política?
Sí, claro, son 7 años. Y digo yo, ¿quiénes apuestan a eso? La dictadura apuesta a que el pueblo se canse. O sea, uno de los principales objetivos de sacarnos y mandarnos al exilio es para dispersarnos. Y una vez en el exilio no es tan fácil estar metido en política o estar metido opinando y trabajando a la vez. Entonces, una de las estrategias es que el pueblo se canse, pero el pueblo no se ha cansado tanto porque la dictadura lo haya querido. El pueblo se ha cansado porque después de 7 años, después de más de 500 muertos, después de más de mil presos políticos que hemos pasado por esa prisión, por los que quedan todavía que no han salido en libertad, después de tantas personas exiliadas, de tantas personas amenazadas, los sectores que están organizados no han sido capaces de decir: “Ya es demasiado, unámonos, hombre”. Eso causa desesperanza, un cansancio.
¿Cree que Nicaragua llegue a los 8 años de crisis y todavía en dictadura?
Sí. Así como vamos. Sí, creo que llegue. Fijate que miré esta celebración en el exilio y como que le bajaron el gas. Nosotros como pueblo tenemos que hacer conciencia y darnos cuenta del valor que tenemos. Pero, así como vamos, miro bastante lejos una solución.
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