El papa Francisco y Nicaragua

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El papa Francisco fue un faro obstinado para Nicaragua. En estos siete años de represión, sus breves referencias a la “amada Nicaragua”, sus llamadas a las familias de presos políticos y su insistencia en “construir puentes” han confirmado a millones que no están solos.

Cada guiño papal —una oración en la Plaza de San Pedro, un tuit, una entrevista— elevó el ánimo de las madres que velaban a los suyos frente al Chipote; cada bendición pública desmoronaba, aunque fuera un instante, la muralla de silencio que el régimen levanta a su alrededor. Cuando un poder se sostiene en el aislamiento informativo y moral, que la máxima autoridad de la Iglesia universal pronuncie tu nombre es ya una ruptura del cerco.

La Iglesia nicaragüense ha sido, en palabras del propio pontífice, un hospital de campaña a pie de trinchera. En las sacristías improvisadas como puestos de primeros auxilios, los párrocos escucharon la letanía inversa de la pasión: balas de plomo, gases lacrimógenos, ojos cegados. Las religiosas escondieron universitarios perseguidos, compartieron agua, vendas y rosarios, mientras los obispos —Silvio José Báez, Rolando José Álvarez, Leopoldo Brenes— asumieron una mediación casi imposible, convirtiendo sus báculos en pararrayos frente a la violencia estatal. Esta praxis de misericordia encarna la Iglesia que Francisco pregonaba: sanar antes que sermonear, abrazar antes que condenar, proteger antes que negociar prebendas.

Ser católicos, para los nicaragüenses, no es un simple dato demográfico; es la urdimbre cultural que mantiene unida la trama nacional. La devoción a la Purísima, las promesas al Divino Niño, las procesiones de Santo Domingo: todas son pedagogías de pertenencia que discurren bajo la piel política del país. Por eso el régimen, al confiscar Cáritas, cerrar Canal 51 o expulsar a las Misioneras de la Caridad, golpeó algo más que estructuras: intentó amputar el nervio espiritualque nos mantiene de pie. Sin embargo, los templos siguen rebosantes, aun cuando se prohíben procesiones públicas; las familias continúan rezando el rosario en patios traseros, y cada Avemaría susurrada es un voto de resistencia civil incruenta. La fe popular, lejos de ser opio, se revela como una tecnología de subsistencia política.

En Nicaragua no se libra un simple pulso partidario; es una contienda moral. Daniel Ortega y Rosario Murillo representan un proyecto de poder que absolutiza lo temporal, deshumaniza la disidencia y convierte la mentira en política de Estado. Frente a ellos, la Iglesia —con Francisco como timonel ético— recuerda que la dignidad humana no es concesión del partido sino don inalienable de Dios. Ese recordatorio funde teología y ciudadanía: legitima la desobediencia civil, inspira la no violencia activa y desvela la impostura del discurso oficial que proclama paz donde reina el terror. La comunidad católica, al denunciar la persecución religiosa, ha internacionalizado la causa nicaragüense, obligando a diplomacias renuentes a mirar de frente el rostro del sufrimiento.

Francisco, en Fratelli tutti, convoca a la “mejor política”, aquella que pone en el centro la dignidad humana y entiende el poder como servicio. Cada catequesis sobre Nicaragua actualiza ese llamado y nos urge a elevar la protesta al plano ético: ni odio ni venganza, sino justicia restaurativa. Ser católico hoy implica desobedecer leyes injustas —como las que criminalizan la caridad y la libertad de culto— con la serenidad de quien sabe que el amor es más fuerte que la muerte. Esa serenidad, paradójicamente, radicaliza la resistencia, porque desarma la propaganda que acusa a la disidencia de “terrorista” y coloca al régimen frente a su propio espejo deformante.

Nicaragua vive todavía su Viernes Santo, pero la Pascua se anuncia en las pequeñas fidelidades cotidianas: en la abuela que borda escapularios para vender y sostener a su nieto preso; en el exiliado que envía remesas de relato y esperanza; en el seminarista que estudia a la luz de una vela en una parroquia sitiada. El papa no será el libertador que entre a Managua, pero su palabra es bálsamo y brújula. Nos recuerda que toda dictadura es provisional y que la esperanza, cuando se encarna, acaba vaciando sepulcros, tal como la piedra rodada de la tumba proclamó la victoria de la vida sobre la muerte.

Corresponde ahora a los laicos custodiar la llama encendida. La Iglesia ha dado testimonio; Francisco ha levantado la voz. Traduzcamos esa autoridad moral en organización social, en redes de solidaridad, en acción política creativa y, sobre todo, en el cuidado mutuo que impide que el miedo se incruste en el alma nacional. Porque la lucha entre el bien y el mal se gana —sin estridencias pero con firmeza— cada vez que un nicaragüense rehúsa convertirse en cómplice del terror, cada vez que un joven alza la vista y decide que la noche no es eterna, cada vez que la fe se conjuga en presente de compromiso.

(Dedicado al santo papa Francisco, que descanse en paz).

El autor es exprisionero político, activista democrático y defensor de los derechos humanos.

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