Desde abril de 2018 hasta marzo de 2025, al menos 289 personas vinculadas a medios de comunicación en Nicaragua han tenido que abandonar el país para proteger sus vidas. Así lo documenta el más reciente informe de la Fundación por la Libertad de Expresión y Democracia (FLED), que alerta sobre la persistencia de un clima hostil para el ejercicio periodístico.
De esas 289 personas, 178 son periodistas lo que representa el 61.6 por ciento del total. El resto se distribuye entre editores, directores, personal técnico, administrativos, fotógrafos y camarógrafos, todos igualmente golpeados por una maquinaria represiva que ha hecho del periodismo una profesión perseguida.
Durante el primer trimestre de 2025, seis periodistas más se vieron obligados a salir del país, elevando el total acumulado. El informe de FLED hace hincapié que el exilio no es una elección, sino una medida dolorosa, pero necesaria para quienes enfrentan amenazas directas, vigilancia y asedio constante.

Periodismo y supervivencia: una doble jornada
Uno de los fenómenos más alarmantes que destaca el informe es la precarización del trabajo periodístico en el exilio. Entre el primer trimestre de 2024 y el primero de 2025, FLED registró que 89 periodistas (45 hombres y 44 mujeres) han tenido que combinar su labor informativa con otras actividades económicas para poder sostenerse.
En el primer trimestre de 2025, 32 periodistas (18 hombres y 14 mujeres) reportaron que ya no pueden vivir únicamente del periodismo. Muchos trabajan como repartidores, asistentes en supermercados, cuidadores de adultos mayores o en ventas informales. Otros han desistido temporalmente de informar, por falta de recursos o por desgaste emocional.
“Si ya la estábamos viendo mal, ahora se vino peor la situación. Decidí junto a mi esposo hacer esto, que no tiene nada que ver con mi profesión, pero no hay de otra. Este país es caro y no podemos ni regresar a Nicaragua”, relata una periodista exiliada en Costa Rica, citada en el informe.
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Los vacíos informativos se amplían
El deterioro de las condiciones para ejercer el periodismo independiente ha provocado el cierre de medios, la reducción de coberturas y la pérdida de voces críticas. FLED alerta sobre el riesgo de que se consolide un apagón informativo, alimentado no sólo por la represión estatal sino también por la ausencia de financiamiento y apoyo sostenido a periodistas en el exilio.
Aunque muchos siguen informando desde plataformas digitales, la capacidad de producción es limitada. Algunos medios han tenido que reducir su personal, recortar salarios o funcionar con equipos mínimos. Otros han cerrado completamente.
La consecuencia directa es un aumento del silencio mediático, especialmente sobre temas sensibles o relacionados con violaciones a los derechos humanos.
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La urgencia de una red de apoyo
FLED insta a organismos internacionales, embajadas y cooperantes a diseñar estrategias de apoyo económico, psicosocial y técnico que permitan sostener el trabajo informativo desde el exilio.
Esto incluye programas de empleo para periodistas desplazados, acceso a servicios de salud mental, acompañamiento en procesos migratorios y fortalecimiento de redes de colaboración transfronterizas.
El informe recuerda que detrás de cada número hay una historia de vida, un proyecto interrumpido y un compromiso profesional que no se ha rendido. Muchos periodistas continúan trabajando desde el exilio, con valentía y convicción, documentando lo que ocurre en Nicaragua desde fuera, con recursos limitados y bajo vigilancia digital constante.
Un oficio que resiste
Pese a las amenazas, el miedo, la soledad y la precariedad, el periodismo nicaragüense continúa resistiendo. Desde Costa Rica, Estados Unidos, España o México, decenas de periodistas siguen escribiendo, grabando, investigando. Lo hacen muchas veces en la madrugada, después de terminar sus turnos en otros trabajos, por amor a un país que aún necesita ser contado.
“No voy a romantizar la situación. Esto no debería estar pasando, pero toca hacerlo para sobrevivir”, resume una periodista consultada por FLED. Su voz representa a cientos más.
Mientras tanto, los datos del informe son una llamada de alerta para la comunidad internacional: la censura no sólo encarcela o persigue, también empuja al hambre y al olvido. Y si no se apoya a quienes informan, el silencio terminará ocupando el espacio que antes era palabra.