Un chin

“¿Señora puede leer esta línea?”, pregunté.  “Un chin”, me respondió. Entonces, pasemos a la línea siguiente. “¿Y, ahora?”, volví a preguntar. “Un chin más”, me respondió. Entonces comprendía que necesitaba un poder mayor sobre la escala optométrica.

El vocablo o la palabra “chin” en República Dominicana representa “un poquito” en el decir nicaragüense; o “un poco” en el habla castellana. Allí en los barrios pobres, los misioneros repartían “lentillas” o anteojos de leer, mientras a los indigentes se les iluminaban sus caras de alegría al descubrir que podían ver de nuevo las letras.  

El dominicano es principalmente de origen español, taíno y africano. Es muy dulce, y alegre. La vegetación de la isla es tropical y de un colorido exuberante; la flora y fauna que la adornan, junto a la danza con su merengue, su gastronomía culinaria, y sus playas, acentúan aún más su idiosincrasia y su cultura. Es el dominicano un personaje muy expresivo, cariñoso y vivaracho.

¿Será esta la razón del porqué es Republica Dominicana históricamente el destino caribeño más concurrido y visitado?

La capital, Santo Domingo, fue fundada por Bartolomé Colón el 4 de agosto de 1496, luego de que Cristóbal Colón, su hermano, descubriese la isla en su primer viaje en 1492, llamándola La Española (antigua isla “Quisqueya” para los taínos) acogiendo a dos Estados soberanos: la República de Haití y la República Dominicana. Santo Domingo, en 1502, luego de ser azotada por un ciclón, fue trasladada a la margen occidental del río Ozama por frey Nicolás de Ovando. Es la más antigua del nuevo mundo y fue el primer asentamiento europeo permanente que existió en América.

En esta ciudad está el centro histórico más antiguo del continente americano, declarado Patrimonio Nacional por la Unesco en 1990. Aquí se encuentra la primera catedral de América, Santa María de la Encarnación, cuya plaza se acompaña de la estatua erigida a Cristóbal Colón. En esta zona colonial también está el primer castillo de América, el Alcázar de Colón, donde actualmente funciona un museo.

En este casco urbano, con sus plazas, parques y avenidas se destacan figuras nacionales, patrióticas, e históricas. En el parque Independencia durante el mes de febrero se le rinden tributo a un grupo de independentistas con procesiones, abundantes flores y coronas, marchas y discursos patrióticos alrededor de bustos alineados frente a frente, sobresaliendo figuras heroicas de mujeres y hombres que adornan la plaza.  Resaltando una dama que aparece de cuerpo entero entre las flores en un jardincito lateral: Manuela Diez Jiménez (1786-1858) —quien colaboró en la independencia dominicana, a través de la Sociedad Secreta La Trinitaria; fundada por su hijo Juan Pablo Duarte (1813-1876)— fundador de la República Dominicana, a favor de la independencia de Haití, quien aparece en el Altar de la Patria localizado al centro de la plaza, junto a: Ramón Matías Mella y Francisco del Rosario Sánchez, a quienes se les concedió póstumamente el título de Padres de la Patria.

Las mujeres patrióticas, representadas en estas esculturas, hicieron historia, ya que jugaron un papel importante en la proclamación de la República, en 1844. Ellas fueron: Juana de la Merced Trinidad (1815-1860) llamada La Coronela; María Trinidad Sánchez, (1794-1845) Madre de la Patria, separatista, que con la ayuda de Concepción Bona confeccionó la primera bandera dominicana; Rosa Duarte Diez (1820-1888); Rosa Montas Duvergé (1813-1895); María Baltasara de los Reyes, (1798-1867); Josefa Pérez de la Paz (1788-1855), de gran valor y entereza, ofreciendo su hogar para la fundación de la Sociedad Secreta La Trinitaria.

Paralelamente al parque Cervantes se destaca la plaza Rubén Darío frente a la avenida Jorge Washington. Ella contiene un busto del poeta nicaragüense erigido el día 6 de febrero de 1946, para conmemorar el 30 aniversario de su muerte. Según narran historiadores, estaba constituido sobre una lira y pedestal de granito. En 1973 fue sustituido el instrumento musical por el actual busto de Darío, esculpido por un autor poco conocido (Priego), que se erigió mirando hacia el mar Caribe. Si uno se sitúa detrás del busto, mirando hacia el mar, esta escultura está propiamente en medio del monumento a la Independencia Financiera, “Obelisco Hembra”. Actualmente la placa donde figuraba su nombre ha sido removida. Ojalá, sea sustituido y fuera acompañado de una estrofa de su bello poema dedicado: A la República Dominicana.

Darío nunca conoció físicamente a la República Dominicana, pero sí pudo saborearla a través de su gran imaginación y por medio de sus amigos dominicanos.

Al dominicano Fabio Fiallos (1866-1942) Darío lo trató muy cercanamente. Ambos en Europa se visitaban recorriendo las calles de París, de Barcelona y de algunas ciudades alemanas. Fue en Hamburgo donde Fiallos siendo cónsul dominicano, hospedó a Rubén en su hogar. En dicho lugar relatan historiadores una anécdota ocurrida donde una amiga los invitó a su residencia con el propósito de que los poetas declamasen sus poesías, y en pago la dama anfitriona se les acabó desnudando.

Tulio Manuel Cestero (1877-1955) poeta modernista, autor de Ciudad Romántica (1911) y de La Sangre (1917), es otro de los dominicanos admirados por Darío, a quien le prologó su libro: Hombres y piedras: al margen del Baedeker, publicado en 1915. Antes se publicó en Listín Diario, Santo Domingo, 20 de enero de 1908, con el título de Prólogo del libro: Por los caminos que Cesteros sustituyó por Hombres y piedras. Constata además una carta de Darío, dirigida a Cestero desde París fechada el 3 de septiembre de 1907, donde le indica que “el prólogo estará listo cuando lleves a la imprenta el original del libro”.

En el libro: Rubén Darío, el hombre y el poeta, de Cestero que salió a luz en 1916, relata cuando Osvaldo Bazil (poeta también dominicano) le regaló en 1916 una fotografía tomada a Darío en 1913, como recuerdo de la última visita que Rubén realizó en Valldemosa a la familia Sureda, luciendo en ella el hábito pardo de los hijos de San Bruno. Fue para entonces cuando según constata en la propia autobiografía de Darío, que Bazil se empeñara en vestirlo de Cartujo, diciendo Rubén: “A los Sureda les supo bien la gracia y yo en verdad me sentía completamente cartujo, bajo el hábito que llevaba”. 

Rubén Darío a Osvaldo Bazil, quien fue cónsul dominicano en Barcelona, lo llamó “el príncipe negro”. Juntos recorrieron calles y avenidas, compartiendo muchas tertulias. Bazil escribió: La huella de Martí en Darío y Las mujeres de Rubén Darío; fue autor, según menciona Pedro Julio Jiménez Rojas, de “una de las más poéticas definiciones de Nicaragua al decir que “era un connubio de cráteres”.

Trató también Rubén a los dominicanos, Max Henríquez Ureña y a Ricardo Pérez Alfonseca, quien en un tiempo fue su secretario personal. Según el mismo Jiménez Rojas, al dominicano Américo Lugo, Rubén lo calificaría como “docto y elegante” y perito en cosas del amor. A la poetisa lírica, Salomé Ureña Díaz, de “enérgica y pindárica”; al orador y escritor Eugenio Deschamps Peña, de “tener rasgos geniales y ser dominador del verbo”; de “egregio” a Federico Henríquez y Carvajal; de “insigne” al historiador José Gabriel García.  Al poeta y periodista Andrejulio Aybar, a quien conoció en París en 1903, le llamó “el músico Aybar”; sólo para terminar dando pruebas del gran compañerismo que existió entre el nicaragüense y los poetas dominicanos.

A continuación, comparto un par de cuartetos del bello poema que el poeta nicaragüense dejaría para la posteridad titulado: A la República Dominicana:

[…]

Dios permitiera que yo algún día / llegara a costas que bellas son, / por sus historias, su melodía / su entusiasmo y su Colón. / Oh, República Dominicana / tú que deberías estar / como una virgen en su altar / en toda patria americana.  /Tú que eres la sublime hermana, / que nos dio nuestro despertar /mereces la voz soberana / toda la tierra y todo el mar. (Rubén Darío).

Es por esa dulzura del pueblo dominicano, por sus raíces e historia, por el recuerdo de esos misioneros sembradores de esperanzas, amor, y de arte, por esos hombres y mujeres ilustres, patriotas e independentistas, y por sus poetas, que los nicaragüenses estaremos siempre hermanados a esa nación noble y luchadora.

Que nunca sea ese poquito, “ese chin” de mar que nos separa, un detrimento físico para olvidarles, ni sea, un impedimento para que por siempre nos mantengamos unidos y en plena concordia. 

La autora es máster en Literatura Española.

Opinión
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