El viaje de Itza

Salimos el pasado jueves 13 de febrero de ver el estreno del documental El viaje de Itza, una producción catalana sobre el exilio nicaragüense a partir de una joven hoy radicada en Barcelona y que representa a los cientos de miles de personas que han tenido que hacer, obligatoriamente, su mismo viaje sin posible regreso. Un proceso traumático por todo lo que tiene de imposición despiadada desde un régimen que desbocó su feroz persecución a todo el que no siga sus dictados, y de esto ya hace unos cuantos años.

La película, que ahora es un mediometraje, pero con vocación de alargarse cuando se pueda filmar una segunda parte en Costa Rica (previsiblemente este mismo año), es también una reflexión sobre la histórica cooperación catalana en Nicaragua desde los años 80 del siglo XX, y cómo este vínculo generó relaciones humanas de fuerte afinidad entre hombres y mujeres de ambos países. El colofón, más de cuatro décadas después, no puede ser otro que el de la decepción y el dolor, comprobando que los sueños imaginados en un proceso político que se quería emancipador han terminado en una de las peores pesadillas que pueden vivirse hoy en el mundo civilizado.

La sala llena de un cine en un municipio metropolitano de Barcelona indicaba, con cierta esperanza, que aún pervive en el imaginario catalán una idea de Nicaragua que la convierte en la referencia de unos ideales que, a pesar de quedar truncados o pervertidos, son de difícil prescripción. Y aunque los medios españoles esconden cotidianamente la distópica realidad que vive el país centroamericano, hay un recuerdo en generaciones avanzadas que no desaparece, y aún son muchas las personas que conservan rastros de aquellos tiempos: fotos en blanco y negro, recortes de viejos diarios, algún objeto artesanal que se trajeron de sus correrías ochenteras.

La sala, ocupada también esa noche por un buen número de nicaragüenses en el exilio, se convirtió durante el coloquio final con la directora y la protagonista del filme en un acto de rebeldía y de catarsis colectiva, aprovechando un espacio de debate libre que ya desapareció en su patria natal. Las voces que surgieron de entre el público reclamaron una mayor respuesta de apoyo hacia la comunidad refugiada, pero, sobre todo, un esfuerzo por reenfocar la gravedad de lo que ocurre hoy en Nicaragua y poner de relieve el nivel de hostigamiento al que la dictadura ha sometido a todo un país, dentro e incluso fuera de sus fronteras.

Más allá del relativismo existente en muchos sectores, que manifiestan que lo de Nicaragua tampoco es tan grave en comparación con las tragedias que también sufren otros pueblos (de Gaza a Burundi, pasando por las limpiezas étnicas de los rohinyás en Myanmar o de los grupos en conflicto en Darfur), hay que objetivar cada escenario en su justa dimensión para no caer en la trampa de los símiles absurdos. No hay drama humano pequeño cuando estamos frente a gobiernos autocráticos que persiguen a una parte de la población, ya sea por motivos raciales, políticos o religiosos. De poco sirve hacer listas de situaciones incomparables, y es necesario que los perjudicados de cada una de ellas persistan en sus denuncias y que el resto del mundo no mire hacia otro lado.

Por ello es tan importante el trabajo de incidencia que tantos nicaragüenses siguen haciendo desde sus hogares provisionales, principalmente en Costa Rica pero también en muchos países que los acogen. Y Cataluña, en este sentido, tiene una doble responsabilidad: su vinculación con una Revolución fracasada, que algunos de sus principales protagonistas de entonces han convertido en un aquelarre funesto, interpela a su propia población, y de manera singular a los que sumaron sus manos y corazones para crear un modelo exitoso de contrato social, o si se quiere, de arquetipo para un Estado basado en la igualdad y la libertad.

El segundo compromiso implica con más tino a las organizaciones ciudadanas, casi siempre de base local, que han conformado durante décadas una red de cooperación basada no sólo en los proyectos de desarrollo sino también en las amistades, las alianzas humanas, los lazos culturales y lingüísticos, la identificación cristiana, las utopías necesarias o, por qué no decirlo, el amor. Cuando todo aquello en lo que creyeron, o al menos su telón de fondo, se vino abajo, hay que descender sin excusas al abismo de la decepción para reconocer que los herederos de la causa (y sus decrépitos patrones todavía al mando) no son ni una sombra de lo que prometieron.

Desandar ese camino de antiguas quimeras hacia el duro barro de la verdad actual ha de ser, sin duda, un ejercicio de sinceridad con uno mismo. Y eso duele, especialmente cuando se ha entregado parte de una vida a un empeño malogrado. Pero al final, cuando se consigue hacer tabla rasa y llamar a las cosas por su nombre, por lo que realmente son, el favor es hacia los que hoy viven las consecuencias de haber llevado al poder a héroes inhumanos. Y aunque en 2006 sólo votaron al FSLN los nacionales en su propio país, nadie de quienes colaboraron como extranjeros en la construcción de su primer gobierno puede sentirse ajeno a este desenlace.

De ahí que esta Itza efusiva y sincera del documental, que reúne tantos elementos de la historia reciente de Nicaragua, sea un descubrimiento que hay que reconocerle a su directora, Neus Ràfols. Una chica de padre catalán y madre nicaragüense, fruto de esos vínculos transatlánticos, que mantiene vivos sus ideales de progreso transmitidos por vía paterna pero que ha roto con la corrupta deriva de un régimen que se autodenomina de izquierdas. 2018 fue el elemento de quiebre que posibilitó el despertar de muchos jóvenes, pero se necesita algo más que un arrebato de pasión (incluso en medio de los balazos tras las barricadas) para confrontar tu pasado con tu presente: este es el viaje interior que yo percibo en los fotogramas, que no es explícito pero que se transmite desde las miradas y los silencios, como en las buenas obras.

Y este es el viaje que de alguna manera se invita a hacer a cada espectador, que ojalá llene futuras salas de cine cuando la película esté completa. Sentirse implicado en esta aventura supone ponerse del lado de las víctimas, empatizar con una diáspora repartida por varias naciones que no ha optado por irse por voluntad propia: la han empujado a huir, incluso al precio de ser desposeída de un documento identitario que la identifique, desterrada por la fuerza. Pero el viaje también acabará teniendo su colofón inexorable: el destino final de Itza y de todos sus coterráneos será el regreso a una Nicaragua libre, y quienes hemos acompañado el camino desde cerca también esperamos llegar al mismo lugar.

El autor es cooperante español en Centroamérica.

Opinión
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí