El representante diplomático de Estados Unidos (EE. UU.) en Nicaragua, Kevin O’Reilly, se pronunció en un video oficial sobre la tragedia del grupo de migrantes asiáticos, adultos y niños, viajeros en una frágil barca que naufragó en aguas nicaragüenses del mar Caribe. Eran 17 personas y cinco de ellas, algunas menores de edad, murieron en el naufragio.
“Estos viajeros —declaró el representante estadounidense— no encontraron un futuro prometedor, solo muerte, sufrimiento y lamento”. Y dirigiéndose a quienes piensan seguir arriesgándose a viajar de cualquier manera a EE. UU. y tratar de entrar ilegalmente, el diplomático norteamericano les advirtió: “Estos viajes por tierra o por mar pueden costarles sus ahorros, su salud y vidas, y cuando las autoridades de inmigración de mi gobierno los encuentren, los detendrán y los enviarán de vuelta a casa”.
Esa es la triste suerte de la gente que buscando una vida mejor trata de entrar ilegalmente a EE. UU. en busca de lo que muchos ilusos siguen llamando “el sueño americano”. Este es un viejo mito acerca de que Estados Unidos es una tierra de abundancia, de oportunidades y de mejor destino. Un lugar donde la vida es mejor y más rica para todas las personas, con una oportunidad para cualquiera, según su habilidad o su trabajo, independientemente de su clase social o de las circunstancias y países de los que proviene. Así describió el “sueño americano” el escritor estadounidense James Truslow Adamsonn, en su libro American Epics (La épica estadounidense, en español).
Pero en nuestra época el llamado sueño americano es una pesadilla para la mayoría de migrantes que llegan a ese país, particularmente los que entran ilegalmente. Pero no solo estos, sino también los que llegaron o están allí amparados por programas migratorios humanitarios. Y sobre todo ahora que hay en EE. UU. un gobierno autoritario e inhumano que califica como criminales a todos los migrantes y ha desatado una implacable cacería contra ellos, para deportarlos sin consideraciones de ninguna clase.
Está bien que a quienes han cometido crímenes de cualquier clase se les encarcele y expulse de ese país. Eso no solo es correcto sino también necesario, de beneficio inclusive para los migrantes honrados y trabajadores que evidentemente son la gran mayoría. Pero la verdad es que los migrantes en EE. UU. están pagando justos por pecadores, hasta los centenares de miles de latinoamericanos, incluyendo nicaragüenses y venezolanos que están o estaban allí protegidos por un Estatuto de Protección Temporal y el parole humanitario, viven bajo la amenaza y con la angustia de ser deportados.
Inclusive algunos o numerosos ex presos políticos nicaragüenses que fueron rescatados hace dos años por el anterior Gobierno de EE. UU., y traídos a este país en el histórico “vuelo de la libertad”, están ahora en una angustiosa incertidumbre y rezando para que no los deporten. Y menos a su propio país donde la dictadura los odia, los despojó de su nacionalidad y no los reconoce como ciudadanos nicaragüenses.
Estos compatriotas no se fueron a EE. UU. porque quisieron irse. Se fueron porque la dictadura los deportó por motivos políticos y el gobierno demócrata de Joe Biden los acogió solidariamente. De manera que lo menos que podría y debería hacer el nuevo gobierno estadounidense es respetar su situación y más bien facilitarles el arreglo de su estatus migratorio.
El excanciller de Nicaragua y exembajador en EE. UU., Francisco Aguirre Sacasa, y también ex preso político deportado a EE. UU., mencionó en un reciente artículo sobre la migración publicado en LA PRENSA, que la majestuosa Estatua de la Libertad que se yergue a la entrada del puerto de Nueva York tiene inscrito un mensaje de acogida y ofrecimiento de posada a los migrantes, que “rendidos y pobres” llegan anhelando la libertad.
Pero esa noble acogida era en otra época, la del “sueño americano”. Ahora, en la era de la “pesadilla americana”, en vez de acogida y asilo le ofrecen cárcel, maltrato y deportación a los millones de migrantes que han llegado en busca de libertad, de una vida mejor y de respeto a su dignidad de personas humanas.