Desde el siglo XVI se acuñó la frase proverbial que dice “tirar al bebé junto con el agua sucia de la bañera”.
Según dice el periodista e historiador cultural guatemalteco Luis Figueroa en su blog Carpe Diem, eso significa “que ni por descuido, o atolondramiento, se debe perder algo de valor al desprenderse de algo que no lo tiene”. Y explica que la frase se originó en el tiempo en que, “luego de bañarse papá y mamá, con esa agua se bañaban los hijos mayores y por último el bebé. El agua era arrojada a la calle, y ahí con ella se podría ir el pequeño”.
Cabalmente eso es lo que está haciendo el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, al cancelar instituciones estadounidenses de sentido social y propósitos humanitarios que han hecho mucho bien alrededor del mundo, con el pretexto de que en ellas hay corrupción y financiaban programas que no se ajustan a su propia ideología. Entre esas instituciones está la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), o USA AID en el idioma inglés.
El historial y las estadísticas de la AID demuestran que la mayor parte de los recursos financieros que desde su creación ha gastado esa institución, tan odiada por la extrema izquierda internacional enemiga de EE. UU., han beneficiado realmente a los países y pueblos más atrasados y pobres del mundo en los que ha ejecutado sus proyectos. Y que además han servido para promover la educación democrática, proteger y fortalecer los derechos humanos y defender la libertad de prensa.
Sin duda que ha habido corrupción en la administración de la AID y derroche en la distribución de sus recursos financieros y la ejecución de sus programas. Eso no es algo insólito ni una novedad. La corrupción es una lacra humana que está presente en todas las instituciones públicas del mundo, incluyendo a los países altamente desarrollados y ricos que tienen los índices más bajos en ese infame registro.
Pero la lógica y el más mínimo sentido de responsabilidad gubernamental indican que lo que se debe hacer ante esos problemas es sanear las finanzas de la institución y enderezar sus programas. Reducir e incluso suprimir los programas que son inspirados en valores éticos y sociales con los que no comulga el gobernante de turno. Pero manteniendo la institución y fortaleciendo los programas que son legítimos y han ayudado a resolver muchos problemas de gente más pobre y necesitada de la Tierra. Lo que por cierto es una obligación política y moral sobre todo de un país que pretende ser el faro de la luz que alumbra al mundo.
Todas las páginas de esta edición de LA PRENSA no bastarían para mencionar la inmensa cantidad de beneficios para la gente pobre y necesitada en todo el mundo, que ha prodigado la AID desde su creación en 1961, por el gobierno de John F. Kennedy.
Dicho sea de paso, la AID no fue creada solo por humanitarismo de los gobernantes de EE. UU., sino también y sobre todo por un cálculo político estratégico. En ese año Kennedy creó el programa de la Alianza para el Progreso para contribuir al desarrollo de los países latinoamericanos, y el de la AID con el propósito de ayudar a la gente más pobre y marginada socialmente. Porque de esa situación se aprovechaban y se siguen aprovechando los comunistas y otros demagogos de izquierda para engañar a los pueblos con promesas ilusorias de redención social, para después de tomar el poder liquidar la libertad y la democracia y empeorar al extremo las condiciones de vida de la gente pobre, en vez de mejorarla.
No fue por casualidad que Kennedy impulsó la Alianza para el Progreso y creó la AID, inmediatamente después de que Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la Revolución cubana y su objetivo de construir una sociedad comunista en Cuba.
Desde entonces el beneficio social y humano hecho por la AID en América Latina y el mundo ha sido inmensamente mayor que el daño y gastos innecesarios que ha podido causar a los intereses del pueblo estadounidense, la corrupción y el uso de algunos fondos para programas que no son del agrado del gobierno actual.
Liquidar por eso a la AID es una insensatez e irresponsabilidad tan grande, como botar al bebé junto con el agua sucia de la bañera.