Como dijimos en el editorial de este lunes 10 de enero, la Iglesia católica, el Vaticano y el papa Francisco enviaron un mensaje al régimen de Nicaragua que estuvo implícito en las declaraciones del obispo nicaragüense desterrado, monseñor Rolando Álvarez, a la red global de la televisión católica EWTN. Y el régimen entendió el mensaje, como lo demuestra su respuesta mediante una declaración airada, prepotente, agresiva y resentida de su Cancillería.
Hablamos de la decisión del Vaticano y del papa Francisco de mantener en sus cargos y dignidades eclesiales al obispo Álvarez y los demás prelados desterrados por el régimen. Monseñor Álvarez dijo que él iba a renunciar a su responsabilidad episcopal por estar lejos del país, de su diócesis y de su feligresía, pero el santo padre decidió mantenerlo en sus cargos.
El significado de esta decisión del papa quedó absolutamente claro. Se trata de que no le corresponde al régimen decidir quién debe o no debe ser obispo de la Iglesia católica de Nicaragua. Que es lo que pretenden Ortega y Murillo y está implícito en la airada y grosera declaración de su Cancillería contra la Iglesia católica, el Vaticano y papa Francisco.
El nombramiento de los obispos es regulado por el Código Canónico de la Iglesia católica, que en su capítulo II, artículo 1, canon 276, señala expresamente: “El Sumo Pontífice nombra libremente a los Obispos, o confirma a los que han sido legítimamente elegidos”. Se refiere a que en el rito latino el papa escoge directamente a los obispos, y en los ritos orientales confirma a los que son elegidos en sus sínodos patriarcales.
Está claro que el régimen de Ortega y Murillo pretende intervenir en el nombramiento de los obispos de Nicaragua, ante todo de los que a su juicio deberían sustituir a los de Matagalpa, Jinotega y Siuna —que han sido desterrados—, y al de Estelí, vacante desde que monseñor Abelardo Mata renunció por mayoría de edad y el papa aceptó su renuncia.
Es probable que el régimen quiera copiar y adaptar a las peculiaridades de Nicaragua el procedimiento para el nombramiento de los obispos que hay en China y fue pactado entre el Vaticano y la dictadura comunista del país asiático.
El partido comunista fracasó en su intento de erradicar la religión en China, en particular la católica que predica la libertad. Entonces cambió de estrategia y reclutó a sacerdotes para formar con ellos una denominada Asociación Patriótica Católica China (APCC).
Esta asociación designó a los obispos de China según las orientaciones del partido comunista, pero el Vaticano no los reconoció y nombró a los auténticos entre sacerdotes de la Iglesia católica de ese país que funcionaba en la clandestinidad. Pero la situación era muy difícil para la Iglesia, por lo que el Vaticano procuró dialogar con el régimen comunista a fin de buscar un acuerdo de conveniencia mutua. Su objetivo era que la Iglesia pudiera funcionar libremente o al menos en mejores condiciones que la muy peligrosa y limitante clandestinidad.
En el año 2018 los esfuerzos del Vaticano comenzaron a dar sus frutos y gracias al diálogo logró firmar un acuerdo provisional con el régimen chino para el nombramiento de los obispos. Según este acuerdo, el gobierno propone a los candidatos para obispos y el papa decide aceptarlos o no.
A veces el régimen chino, abusivo como son todos ellos, pasa por encima del acuerdo y nombra directamente algún obispo, sin tomar en cuenta al Vaticano. En esos casos las relaciones se tensan, pero el papa Francisco no rompe el diálogo con las autoridades, porque su propósito superior es que la situación de la Iglesia católica china mejore, aunque sea paulatinamente y con muchas dificultades.
Se sabe que el sistema político de China es modélico para Ortega y Murillo. De manera que es probable que quieran copiar y aplicar a su manera la experiencia china de relaciones con la porfiada Iglesia católica, que muchas fuerzas poderosas la han querido eliminar, pero jamás lo han podido lograr.
Es que, como dice el Evangelio de San Mateo, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.