Un amigo al que tengo en alta estima por su calidad humana y su capacidad política me dijo no hace mucho, que debo tener mucho cuidado al referirme al presidente de los Estados Unidos porque la embajada monitorea todo lo que se escribe o dice de él en los diferentes medios de comunicación. Algo que por mi experiencia no me cabe la menor duda, pues en varias ocasiones a lo largo de mis casi quince años de escribir en estas páginas lo he percibido.
Pero después de ver la actuación del presidente Trump durante los primeros 18 días de su administración, en los cuales ha desatado una persecución despiadada e indiscriminada contra los inmigrantes, no puedo callar y decidí unirme a esa cada día más grande ola de reproche por dicha actuación. A la fecha son más de media docena de gobernadores, alcaldes y cientos de organizaciones civiles en los Estados Unidos las que han alzado sus voces en favor de los inmigrantes.
Cuando el señor Donald Trump era el candidato republicano, dejó meridianamente claro que si ganaba la elección iba a deportar a aproximadamente once millones de inmigrantes indocumentados y los acusó de ser criminales, violadores y de cuanto delito se le ocurrió. Pero resulta que su odio enfermizo contra los latinos lo está llevando a límites nunca antes vistos y no solo ha comenzado a deportar inmigrantes ilegales sentenciados en cortes judiciales por delitos cometidos, sino que también ha arremetido contra inmigrantes legales protegidos por decretos aprobados por su predecesor, Joe Biden, y es esto lo que me ha impulsado a escribir este artículo.
Ejemplo: la anulación del TPA a más de 600,000 ciudadanos venezolanos que huyendo de la situación de su país llegaron a los Estados Unidos, la mayoría con pasaporte. Dicha disposición los expone de manera inmediata a ser sujetos de deportación. Canceló el programa del parolehumanitario a los ciudadanos de Haití, Cuba, Venezuela y Nicaragua. Cerró la frontera con México y ordenó el retorno expedito a ese país de los solicitantes de asilo y refugio. Y actualmente amenaza con cancelar el beneficio de los más de medio millón de personas que se encuentran en los Estados Unidos con permiso de permanencia y permiso de trabajo por dos años por haber entrado al país legalmente amparados en el parole humanitario concedido por el presidente Joe Biden. A esto agreguémosle la insensatez de querer anular una disposición consignada en la Constitución americana, que considera nacional de los Estados Unidos a todo aquel que nazca dentro de sus fronteras. Otra aberración es que ha amenazado con deportar a cualquier inmigrante que sea acusado de algún delito sin esperar veredicto alguno, es decir sin esperar una sentencia condenatoria.
Alguien definió esta política racista discriminatoria y violadora de los más elementales derechos humanos y judiciales de quienes han vivido en ese país, como una persecución al mejor estilo del Ku Klux Klan, pues estos inmigrantes con su esfuerzo han contribuido al engrandecimiento de esa nación. Son ellos a los que ahora persigue, los que levantan las cosechas de fresas, legumbres y que trabajan de sol a sol como ayudantes en las múltiples construcciones de todo tipo, desde viviendas familiares hasta edificios de decenas de pisos. Podría seguir escribiendo decenas de cuartillas mencionando los beneficios que han aportado por décadas los inmigrantes a los Estados Unidos, pero prefiero aprovechar estos últimos párrafos, para unir mi voz a todos aquellos que luchan porque se le respete su condición de seres humanos a quienes se encuentran en los Estados Unidos en condición de inmigrantes.
En cuanto al presidente Donald Trump, no pierdo las esperanzas de que recapacite y se dé cuenta que no todos los inmigrantes son delincuentes y violadores, muchos como su familia en algún momento, son personas en busca de un país de libertades en donde poder vivir y educar a sus hijos. Dios quiera que pronto se dé cuenta de su error y lo enmiende, de no ser así las protestas de sus connacionales seguirán creciendo y como bola de nieve terminará arrastrándolo, pues los Estados Unidos de Norteamérica ha sido y seguirá siendo un país de inmigrantes. Sus cuatro años como presidente no alcanzarán para borrar toda una vocación hospitalaria de siglos.
El autor es analista político y directivo nacional de las Fuerzas de Veteranos de la Resistencia Nicaragüense.