LA PRENSA informó el recién pasado sábado 1 de febrero que en Nicaragua se está imponiendo el adoctrinamiento político e ideológico obligatorio hasta en las universidades privadas que no han sido confiscadas. Como es el caso de la Universidad Americana (UAM), en la que por su buena reputación se refugiaron muchos estudiantes de la antigua UCA, que fue confiscada por el Estado y sustituida con otra institución de muy escasa calidad académica.
LA PRENSA respalda esta información con la fotocopia de un calendario de actividades de la UAM, en el que se consigna que a partir de ahora se impartirá en dicha universidad una nueva asignatura denominada “Historia nacional y orgullo patrio”, la misma que ya es obligatoria en todo el sistema de educación nacional.
El propósito de esa “materia de estudios”, agrega la información, “es consolidar el adoctrinamiento que ya se experimenta en Nicaragua desde hace años y que se ha intensificado desde el regreso al poder de Daniel Ortega”.
Obviamente, el propósito es “enseñar” la historia de manera acrítica, el relato y la interpretación de una sucesión de hechos y actuaciones de individuos no como fueron en realidad, sino como los gobernantes quieren presentarlos en su interés de perpetuarse en el poder. Pero, además, para cultivar y promover un degradante y odioso culto a las personalidades de “el comandante y la compañera”.
Se trata básicamente del mismo adoctrinamiento ideológico y político que con algunas diferencias formales impuso el Frente Sandinista durante su primera dictadura revolucionaria, en los años ochenta del siglo pasado. Un sistema de adoctrinamiento que por falaz, antidemocrático y totalitario fue eliminado en el período de los gobiernos democráticos de 1990 a 2006. Y el cual ha sido restablecido por la nueva y actual dictadura sandinista.
El lavado de cerebro es una estrategia de poder de todos los regímenes totalitarios, tanto los de ultraderecha como los de orientación marxista-leninista radical, aunque algunas veces no se reconozcan como tales y hasta se autodenominen cristianos, como la dictadura de Nicaragua en la actualidad.
Con el lavado de cerebro los regímenes totalitarios persiguen dominar la conciencia de toda la gente, someterla a la doctrina ideológica oficial, impedir que las personas piensen de manera independiente para que no se puedan convertir en disidentes y opositores al sistema dominante.
El lavado de cerebro se funda fundamentalmente en, primero, el control de toda la información pública. Solo los medios y los voceros oficiales o subordinados al poder pueden informar.
Segundo, la propaganda masiva y permanente por todos los medios de comunicación que pertenecen al régimen, o que los domina.
Tercero, la demonización y criminalización de los opositores y de cualquiera que se atreva a disentir y a protestar contra el sistema.
Cuarto, la repetición constante del mismo mensaje para penetrarlo hasta en lo más profundo de la conciencia de las personas, y convertirlas en una especie de robots humanos, o humanoides.
Quinto, el adoctrinamiento de los individuos y las masas por medio de programas de educación sectoriales o de dimensión nacional; como el que mencionamos en el comienzo de este editorial.
Y, sexto, la presión social y gubernamental mediante la exclusión, la intimidación o el castigo, para desincentivar cualquier intento de disidencia, protesta y oposición.
Puede haber y de hecho hay más procedimientos para el lavado de cerebro, de acuerdo con las peculiaridades de cada país con régimen totalitario, pero los seis mencionados son los fundamentales y los que se aplican en todos ellos.
Y, como lo puede comprobar cualquiera que examine la situación y el acontecer actual de Nicaragua, son los procedimientos para el lavado de cerebro que está aplicando en este país el régimen dictatorial totalitario que presiden Ortega y Murillo.