El recién pasado jueves 30 de enero, los diputados de Daniel Ortega y Rosario Murillo terminaron de aprobar la nueva constitución totalitaria y les extendieron el periodo presidencial hasta enero de 2028.
Se recuerda que Ortega y Murillo se hicieron “elegir” en la farsa electoral del 7 de noviembre de 2021 para un período de cinco años, que debía terminar el 10 de enero de 2027. Pero en su nueva constitución totalitaria extendieron el lapso presidencial a seis años. Y además aplicaron el cambio retroactivamente para prorrogar el actual período un año más.
En realidad, aparte de lo anecdótico esto carece de importancia, porque ellos detentan el poder absoluto y si hubieran querido igualmente podían extender su mandato por tiempo indefinido. Y hasta declararse gobernantes vitalicios, como los reyes absolutistas.
La detentación del poder por tiempo indefinido o de manera vitalicia es una característica esencial del totalitarismo. A veces el dictador o tirano por conveniencia pone a alguien para que lo sustituya temporalmente, pero solo en apariencia, como solía hacerlo el dictador militar de Nicaragua, Anastasio Somoza García.
La democracia, en cambio, tiene la alternancia o alternabilidad en el poder como uno de sus principios fundamentales. Como lo hemos dicho en otras ocasiones, la alternancia política significa que el ejercicio del máximo poder del Estado está sometido a límites de tiempo, se ejerce por períodos determinados y los ciudadanos tienen la posibilidad de designar en el curso cada vez y cuando a diversas personas para el ejercicio del mando. Pero además, asegura que en cada oportunidad el gobernante represente la tendencia ideológica que en el momento de la elección es la predominante en la sociedad.
El caso de Ortega y Murillo no es el primero en la historia de Nicaragua, de gobernantes que se atornillan en el poder y quieren detentarlo para siempre.
Cabe recordar al respecto que el 30 de septiembre de 1956, nueve días después de que el dictador Anastasio Somoza García fuera asesinado, LA PRENSA publicó la información titulada “Presidente Somoza ha muerto”.
Hasta ese día LA PRENSA pudo informar, bajo censura, sobre el magnicidio ocurrido el viernes 21 de septiembre, después de la convención del partido liberal somocista que proclamó la candidatura del presidente Anastasio Somoza García para una nueva reelección presidencial. Según la información, la consigna que corearon los somocistas en aquella convención fue la de “Somoza for ever”, o Somoza para siempre, y unas horas después el dictador fue asesinado en la fiesta de celebración realizada en el Club Social de Obreros de León.
Pero como dice el refrán popular mesoamericano que “la gallina que come huevo ni que le quemen el pico”, los somocistas más fanáticos no aprendieron aquella trágica lección. En 1974 volvieron a gritar la consigna de «Somoza for ever«, cuando el dictador Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía somocista, proclamó su candidatura para reelegirse el 1 de septiembre. Menos de 5 años después fue derrocado por los sandinistas y al año siguiente lo asesinaron en Paraguay.
En resumen, el general Somoza García estuvo 19 años en el poder, y con sus hijos, Luis y Anastasio, la dinastía somocista lo detentó 42 años.
En la actualidad, Daniel Ortega lleva 19 años continuos en el poder y con los 5 años y meses que lo detentó en los años ochenta del siglo pasado, son más de 24 años. En lo personal, cinco años más que el general Somoza García.
Ortega y Murillo no ocultan su pretensión de detentar el poder for ever, como deseaban los Somoza y sus partidarios. Pero la dictadura somocista terminó. Y la dictadura orteguista también terminará, como desaparecen todas las dictaduras y tiranías, aunque se crean y hasta parezcan invencibles.