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Los primeros bancos comerciales que operaron en Nicaragua nacieron en los últimos años del siglo XIX, específicamente en 1888.
El primero fue el Banco de Nicaragua, luego fue renombrado como Bank of Nicaragua Limited, con casa matriz en Londres, y posteriormente incorporado al London Bank of Central América Limited, pero continuó operando en el país como sucursal extranjera.
El segundo fue el Banco Agrícola Mercantil, que fracasó por falta de pago de sus deudores, convirtiéndose en la primera experiencia de quiebra bancaria en Nicaragua.
Como casi toda la empresa privada en el país, la banca fue nacionalizada en la década de 1980 por los sandinistas, quienes asaltaron el poder en 1979.
En 1990, la nueva presidenta Violeta Barrios de Chamorro recibió una economía en ruinas y se vio obligada a aplicar políticas neoliberales para rescatar las finanzas del país y una de las principales fue liberar el Sistema Financiero, el cual creció rápidamente, pero con leyes muy permisivas y sin un debido control estatal.
Nuevos bancos privados fueron abiertos en una economía muy frágil, lo que permitió que muchos comenzaran a funcionar sin suficientes reservas de capital para respaldar sus operaciones y con riesgos elevados. Las primeras señales de este mal funcionamiento en el sistema bancario lo dieron el Banco Europeo de Centroamérica (BECA), en junio de 1996, y el Banco Sur, en 1998.
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La Asamblea Nacional se vio obligada, en 1999, a aprobar distintas leyes para fortalecer el Sistema Financiero. Las nuevas normas modificaron y fortalecieron el marco legal que regía el sistema financiero y entre ellas estaban la Ley Orgánica del Banco Central de Nicaragua (BCN), la ley General de Bancos, Instituciones Financieras No Bancarias y Grupos Financieros, así como la ley de Superintendencia de Bancos y otras Instituciones Financieras.
Las nuevas disposiciones establecieron un mejor control sobre el Sistema Financiero Nacional y lo fortalecieron, pero el desastre financiero que se había ido gestando en la última década era inevitable.
El siglo XX inició en Nicaragua presenciando el caos entre los depositantes, quienes temían perder sus ahorros y comenzaron a retirar sus fondos masivamente de los bancos, generando una fuga de capitales y la mayor crisis de liquidez en todo el sistema, que se concretó con la quiebra de cinco bancos privados y dos estatales entre el año 2000 y 2001.

Ahorrantes hacen fila en una sucursal bancaria del Banco Nicaragüense (Banic) después que fue intervenido por la Superintendencia de Bancos a inicios del mes de agosto de 2001. El Banic contaba con una participación accionaria del 32 por ciento por parte del Estado y era uno de los bancos que tenía la disponibilidad de depósitos más altos del Sistema Financiero Nacional.

La quiebra de bancos afectó a todos los ahorrantes del país, representados en todos los sectores económicos, desde particulares hasta grandes empresas, además de los problemas internos del sistema bancario, el país enfrentaba desafíos económicos externos significativos, como la deuda externa insostenible, la caída en los precios de sus productos de exportación como el café y un entorno internacional menos favorable para economías emergentes como la de Nicaragua.

Francisco Mayorga junto al presidente Arnoldo Alemán y el cardenal Miguel Obando y Bravo durante la inauguración de la casa matriz del Banco del Café (Bancafé) el 6 de febrero de 1998 en Managua. Después de que la Superintendencia de Bancos interviniera el Bancafé en noviembre del 2000, su director Francisco Mayorga fue encarcelado el 13 de febrero del 2001.
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Ahorrantes nerviosos por su dinero en la entrada de la casa matriz del Banco del Café en Managua, luego que fue cerrado por la Superintendencia de Bancos.

La quiebra de estos bancos generó una profunda crisis económica y social en Nicaragua, afectando a miles de ahorrantes y acreedores. Para estabilizar la situación, el gobierno nicaragüense y el Banco Central intervinieron varias de estas instituciones y se implementaron medidas como el Fondo de Garantía de Depósitos (Fogade) para proteger a los depositantes. Además, los bancos sobrevivientes tuvieron que ser sometidos a una serie de reformas regulatorias para evitar que una crisis similar se repitiera.

La crisis originada por la quiebra de los bancos provocó mucho pánico en los ahorrantes, en solo seis meses cuatro instituciones bancarias cerraron operaciones. Uno de esos bancos fue el Banco Mercantil (Bamer), el primer banco privado en Nicaragua en 1991 y a pocas semanas antes de ser intervenido sufrió masivos retiros de depósitos por 9.1 millones de dólares. Fue cerrado a inicios de marzo de 2001 y a la vez fue adquirido por el Banco de Crédito Centroamericano (Bancentro) de Nicaragua.

La quiebra de los bancos nicaragüenses en los años noventa fue el resultado de una combinación de liberalización financiera descontrolada, mala gestión interna, corrupción y una economía frágil. Aunque el país eventualmente se recuperó, el costo fue elevado, tanto en términos financieros como sociales, y dejó importantes lecciones para el desarrollo futuro del sector financiero del país.
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En agosto del 2000 el Banco Intercontinental, SA (Interbank) fue intervenido y declarado en quiebra por la Superintendencia de Bancos (SIB) a causa del fraude provocado por la canalización ilegal de préstamos a la empresa Agropecuaria Renacer de San Miguel SA (Agresami). Tanto el Interbank como el Bancafé al momento de sus cierres salpicaron en una serie de irregularidades, fraude y corrupción.

La crisis bancaria provocó la pérdida de confianza en los depositantes, quienes comenzaron a retirar sus fondos masivamente de los bancos, generando una fuga de capital y una mayor crisis de liquidez en todo el sistema.

Alex Centeno Roque, uno de los principales culpables de la quiebra del Interbank, es procesado en los juzgados de Managua. Se descubrió que los hermanos Centeno Roque utilizaron su influencia para obtener créditos sin garantías adecuadas y desviaron grandes sumas de dinero hacia sus empresas. Estos movimientos financieros pusieron en peligro la estabilidad del banco, que eventualmente colapsó debido a la falta de liquidez.

Una humilde señora llora en las afueras de la sede central del Bancafé en Managua al darse cuenta que perdió sus pocos ahorros por el cierre y quiebre de este banco.

Varias personas depositantes de los bancos intervenidos por la Superintendencia de Bancos llevan su reclamo a la Asamblea Nacional donde fueron escuchados por los diputados.
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