¿Sabe usted, lector, cómo se realiza un aborto en embarazos mayores de tres meses? Perdone los detalles, pero es importante conocerlos. Primero el obstetra introduce una cánula en el útero y extrae el líquido amniótico. Hasta ese momento la criatura en el vientre materno está viva. Patea, su corazón palpita, y su desarrollo neuronal ya le permite sentir dolor. Si días atrás le hubiesen preguntado a su madre qué llevaba en su seno ella no hubiese respondido que un mono o tumor benigno, sino un niño o una niña.
Paso segundo: el obstetra remplaza la cánula por unas pinzas largas, con dientes puntiagudos en su extremo. Cuando siente que logra atrapar algo aprieta y corta. El feto indudablemente salta y se contorsiona. Extrae entonces alguna piernita sangrante con sus pies de cinco dedos bien definidos. Repite la operación y esta vez puede que extraiga un muslo o un bracito. Para este entonces la criatura ha dejado de moverse. Ya está muerta. Sigue el procedimiento y así van saliendo más y más partes, trozos de cabeza, etc., que se depositan en un basurero plástico.
Chocante, ¿verdad? Pero no exagerado. Si lo cuento es porque ayuda a visualizar el horror y la maldad del aborto. Es cierto que antes de los tres meses el procedimiento es menos sangriento, pues el feto, todavía blando, suele ser extraído con una cánula de succión. Pero sigue siendo lo mismo: un acto de violencia que mata, en su etapa más temprana, a un ser humano indefenso e inocente, privándolo de la oportunidad de vivir.
Considerar humana la víctima no proviene de convicciones religiosas sino del dictamen de la comunidad científica. Esta es unánime en afirmar que tan pronto el óvulo es fecundado surge una vida que no es ni la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo y distinto ser humano. Está dentro de su madre, pero no es parte de su cuerpo, como lo sería una muela o su mano. Tampoco es un tumor benigno con rasgos de niño sino un verdadero niño no nacido. Que sus facultades no estén aun plenamente desarrolladas no le quita un ápice de humanidad, como no se la quita a los retardados mentales. Los nazis pensaban que sí y por eso quisieron eliminarlos.
Realmente es síntoma de ceguera moral querer ver el aborto como un “derecho reproductivo” y no como lo que es: una violación del primer derecho del ser humano; el derecho a la vida, un crimen abominable cometido contra los más indefensos, y algo que calza plenamente con la definición de genocidio: “La destrucción deliberada y sistemática de un grupo definido por el exterminador como indeseable (unwanted)”.
La ceguera es tal que uno de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos proclama sin rubor su ardiente compromiso por legalizar y financiar no solo el aborto limitado que proponen muchos —antes de las primeras doce semanas—, sino el aborto irrestricto; es decir, hasta el noveno y sin condición alguna. En una sociedad con un mínimo de respeto hacia la sacralidad de la vida humana, tal propuesta debería provocar un profundo rechazo y constituir un tema de campaña de primer orden.
No lo es. La atención se centra más en los temas económicos, en la política exterior y en una miríada de otros asuntos. Aún entre muchos que se confiesan católicos el tema del aborto parece no influir mucho en sus decisiones de voto, a pesar de que la Iglesia ha expresado que ningún católico puede apañarlo o votar por un candidato que lo propone. El Código de Derecho Canónico (canon 1397,2) impone la excomunión automática a quienes lo procuren.
Mas no es asunto de filiación religiosa lo que debe llevar a rechazar el crimen del aborto sino la conciencia moral y el sentido de justicia inherente a todo hombre. Porque ¿cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a la más débil e inocente? Defender la vida es un valor que cada ser humano puede comprender también a la luz de la razón y que, por tanto, llama necesariamente a todos. Para nadie debe ser un tema de campaña secundario.
El autor es sociólogo, escritor e historiador. Fue ministro de Educación.