Hay cierto tipo de humanos en el mundo, que no lo parecen, que más bien, por su violencia sin límites, por su falta de escrúpulos y compasión, incitan a creer que se trata de un espécimen diferente, una variante subhumana de sicópatas que cometen crímenes espeluznantes, que torturan, chantajean, golpean, hieren, secuestran y venden a personas como si fueran una mercancía agrícola o industrial.
Estos subhumanos son capaces de todo, de las peores atrocidades, del mayor de los sadismos, de una crueldad única, de perversiones y salvajismos como ninguna otra especie que habita en los mares, cielos y tierra de nuestro planeta.
Las ferocidades de las que se jactan los subhumanos pueden estar matizadas por los más retorcidos refinamientos, sin que ello implique menos bestialidad, sino lo contrario: más habilidades para matar. Estos entes son capaces de causar el mayor dolor a los seres humanos, que son la mayoría, pero que, por su naturaleza humanitaria, aparecen vulnerables y desvalidos ante sus excesos de brutalidad.
El ser humano, aún con sus tropiezos y caídas, es amoroso, solidario, respetuoso y empático, con capacidad de tener profundos sentimientos que despiertan su bondad, por eso quienes siempre se comportan con salvajismo contra sus semejantes, no pueden ser considerados humanos, no calzan en los requerimientos, dejaron de serlo, si alguna vez lo fueron.
No existen pruebas biológicas del surgimiento de una nueva especie con tanta capacidad de procesamiento de información como los seres humanos, pero las hay filosófica y sociológicamente, por su saña y ferocidad, solo posibles en seres que de la superficie bajaron al inframundo, donde adquirieron las peores características de la maldad.
No se trata de ciencia ficción sino de una realidad que vemos a diario en todo el mundo, en todos los países, sin excepción, donde capos, jefes, caciques, dictadores, presidentes, grandes empresarios y políticos, compiten por ser cada vez más despóticos. Secuestran, cortan manos y cabezas, arrancan de sus hogares a niñas y jóvenes, y las trasladan a miles de kilómetros para prostituirlas o vender sus órganos. Quienes son capaces de tanta maldad, ¿pueden ser llamados seres humanos? No lo creo. Perdieron su naturaleza inicial, y en algún momento, al doblar cierta esquina, se convirtieron en subhumanos.
¿Y qué me dicen de los que a diario envenenan con drogas a millones de jóvenes, la mayoría de los cuales no pueden salir de ese infierno que los aleja por siempre de sus familias, y les impide estudiar, trabajar, tener pareja e hijos, y se convierten en unos enajenados? Los que son capaces de semejante perversión, ¿pueden ser llamados seres humanos? En este inframundo están los que cuelgan a enemigos de los puentes de algunas ciudades de México.
Existe una caracterización para estos entes bestiales: sicópatas, los cuales están afectados por un trastorno antisocial de la personalidad que disminuye o impide su capacidad para la empatía y dificulta su adaptación a entornos sociales con normas preestablecidas, como las leyes, los derechos individuales o el bienestar colectivo.
Algunos autores diferencian entre el psicópata, que es quien emplea la agresión como un instrumento para obtener sus fines racionales; del sociópata, que la utiliza como parte de una reacción desmedida ante un estímulo.
La ciencia identifica los síntomas que exhiben los psicópatas: gran capacidad verbal y un encanto superficial; autoestima exagerada; constante necesidad de obtener estímulos, y tendencia al aburrimiento; propensión a mentir de forma patológica; comportamiento malicioso y manipulador; y carencia de culpa o de cualquier tipo de remordimiento.
Ninguna de estas definiciones científicas describe en su esencia a los subhumanos, porque las palabras ahogan su verdadero significado, el cual hay que desentrañar para ver en toda su dimensión lo que quieren decir, por ejemplo, “carencia de culpa o de cualquier tipo de remordimiento”, implica que hay sujetos capaces de cometer las mayores atrocidades, y actuar como si nada hubiera pasado, y repetir sus salvajadas. Esto no es de humanos. Es una conducta particular que no existe en ninguna especie, pues en el mundo animal se asesina para comer y sobrevivir como individuo y como variedad específica.
Mientras los humanos se enredan en sus límites morales, éticos, sociales, políticos, económicos, jurídicos, etcétera, los subhumamos convierten esos factores en una telaraña impenetrable que los protege de todas sus depravaciones, y los sitúa impunemente al margen de la ley, protegidos por el mismo “Estado de derecho”.
¿Cómo combatir a estas mafias que seducen, atraen, conquistan, compran, chantajean, coaccionan, etc., a los círculos de poder, utilizando todos los medios posibles, y casi siempre logrando sus propósitos malévolos? Es una asignatura pendiente para todas las sociedades y todos los Estados.
El autor es nicaragüense graduado en Ciencias Políticas de la Universidad de Malmó, Suecia.