La situación actual de Venezuela originada en el robo de las elecciones del 28 de julio, y el empecinamiento del presidente Nicolás Maduro en esconder las actas a la oposición política, y al mundo que las reclama, ha agudizado la profunda crisis que ha estado viviendo este país durante más de una década, y el desenlace inmediato podría ser, lamentablemente, el que tuvo el estallido social del 2018 en Nicaragua: represión a sangre y fuego. Aunque podría evitarse.
El levantamiento popular del 2018 en Nicaragua fue producto de una larga acumulación de malestar e inconformidad hacia el régimen de Daniel Ortega y de Rosario Murillo, respondido brutalmente por estos, con más de 300 personas asesinadas, la mayoría jóvenes, cientos de heridos y miles de encarcelados y torturados; desapariciones forzosas, cateos de viviendas, persecuciones, hostigamientos, destierros, confiscaciones, encarcelamiento y expulsión a Roma de decenas de sacerdotes católicos, incluyendo dos obispos, exilio forzado de más de un millón de ciudadanos, incluyendo casi todos los periodistas (unos 250). Aún hay 151 presos políticos.
Como el estallido social fue espontáneo, y había una creencia generalizada en que las gigantescas manifestaciones populares en todo el país obligarían al gobierno a renunciar, o a negociar una salida política, no existió la necesidad de que se organizara la población de una manera en que no solo pudiera resistir la embestida represiva que incluyó armas de guerra, fusiles para francotiradores, cohetes antitanques, hordas paramilitares respaldadas por el Ejército, y miles de efectivos de la Policía; sino que, en un momento dado, pudiera pasar a la ofensiva para contener a las filas del régimen, y garantizar la continuidad de la resistencia.
En realidad, muy pocas personas, si acaso, creían que los Ortega-Murillo reaccionarían con semejante baño de sangre, aunque había antecedentes, sobre todo en el campo, de que eran capaces de actuar incluso peor que Somoza, como en efecto sucedió.
A los venezolanos no les conviene dejar la solución de su crisis a los actores internacionales, sino tomarla en sus manos, tal y como asumieron la vía electoral. Sería algo estratégico si organizaran en todo el país una formidable punta de lanza clandestina, constituida por pequeños grupos o células disciplinadas, muy compartimentadas, entrenadas y preparadas para entrar en acción en una situación extrema: cuando los dictadores se quitan la careta, y radicalizan sus gobiernos autoritarios, como lo hicieron los Ortega-Murillo. Quizás antes.
Las multitudinarias manifestaciones populares en todo el país, que en otros casos han tenido la capacidad de botar presidentes, no lo lograron en Managua, y tampoco lo están consiguiendo en Caracas. Por esto hay que ir más allá: construir esa organización popular, no para combatir militarmente al inicio a las tropas del presidente Maduro, pero sí para boicotearlas, obstaculizarlas, despojarlas de armas, etc., defender a los venezolanos de la represión de las tropas del régimen que intenten reprimirlos en las calles donde se manifiesten; y realizar acciones de propaganda, movilización, recuperaciones, etcétera.
Los disciplinados miembros de cada célula opositora no se conocerían entre sí, ni siquiera los familiares más cercanos sabrían de su rol en la lucha, para su protección y la de sus seres queridos, ante el tenebroso quehacer de los organismos de espionaje del Estado. Estas medidas extremas son necesarias ante las dictaduras criminales capaces de todo para mantenerse en el poder.
Con estas células debidamente entrenadas, la oposición podría realizar múltiples actividades, por ejemplo, monitorear los movimientos de tropas del Ejército y efectivos de la Policía, y, sobre todo, las actividades de los llamados “colectivos” y de los agentes de la seguridad del Estado, de sus espías, delatores, torturadores, etcétera, y desbaratar sus tendidos represivos en las ciudades.
En el terreno de la propaganda, por medio de estas células disciplinadas, la oposición podría controlar la narrativa en las calles, creando consignas a pintar en paredes de todos los centros urbanos del país, bajo extremas medidas de seguridad para no exponerse.
El principal beneficio de una red de células subversivas es aportarle al pueblo una institución formidable que garantice una resistencia permanente a la dictadura venezolana, por más brutal y cruel que sea la represión. En Nicaragua, cuyo pueblo alzado no contaba con ningún tipo de organización, la terrible represión de Ortega y Murillo acabó con todo vestigio de lucha interna, y aunque la inmensa mayoría de la población adversa a la dictadura, no pudo defenderse de la política de tierra arrasada, está silenciada, y a merced de un gobierno despótico.
Venezuela está a tiempo de establecer su organización para la resistencia hasta lograr la victoria.
El autor es nicaragüense master en Ciencias Políticas de Malmö University, Suecia.