¿Fue perversa la intervención de EE. UU. de 1926? (2)

La historia de Nicaragua está plagada de mitos propalados por la izquierda. Uno de ellos es que la intervención norteamericana de 1926-1933 fue una malvada agresión, del imperialismo yanki. Obviamente, el interés de Estados Unidos no era altruista. Su objetivo era evitar que nuestra crónica inestabilidad fuese aprovechada por las potencias imperiales de Europa —y luego por Méjico—, listas a disputarle su hegemonía en una zona canalera estratégica. Lo interesante, y que muchos no ven, es que, en aras de defender sus propios intereses pensaron que la mejor forma de pacificar Nicaragua era dotarla de dos ingredientes que nunca había tenido: un ejército apolítico y un buen sistema electoral.

Desde cualquier ángulo que se le mire, dicho objetivo era beneficioso para Estados Unidos y Nicaragua. La intervención de 1912 trató de lograrlo a través de la ley electoral Dodds y la creación de la constabularia, un ejército apolítico. Pero a solo tres meses de marcharse sus cien marines, el conservador Emiliano Chamorro, en octubre de 1925, dio un golpe de Estado, politizó totalmente al ejército, y causó la rebelión liberal conocida como la guerra constitucionalista.

Estados Unidos no reconoció a Chamorro. Presionó para sacarlo e invitó a conservadores y liberales al barco Denver, en las costas del país, para ofrecerles como alternativa a la guerra elecciones libres supervisadas por ellos. La propuesta, a todas luces razonable, no cuajó. El presidente mejicano Calles, deseoso de disputar la hegemonía a los norteamericanos, convenció a los liberales a proseguir la guerra ofreciéndoles más armas. El capitán los despidió diciendo: “Me parece absurdo al verlos partir a ustedes, que de manera tan caballerosa…han discutido sus asuntos, sean los mismos que van resueltos a encender en su patria la guerra civil, para precipitarla en la barbarie”.

Y la barbarie volvió en otra guerra peculiarmente destructiva y sangrienta. Washington decidió entonces intervenir en grande: 4,000 marines desembarcaron en diciembre (1926) y otro contingente en enero. Pero ojo: no para apoyar a ningún bando, sino para forzar a los liberales a batirse en elecciones. Su función era actuar de gendarmes. “Nosotros”, dijo el presidente Coolidge, “no estamos haciendo la guerra a Nicaragua, igual que los policías en la calle no hacen guerra a los que transitan”. Un dato histórico importante es que los marines no combatieron nunca.

Buscando la salida electoral Washington envió a Nicaragua al coronel Stimson. Optimista, como buen americano, veía en las elecciones no sólo un medio para obtener la paz sino como fórmula de un futuro mejor: “Era legítimo esperar que, si se pudiese celebrar una elección percibida generalmente como justa, esta serviría como una guía y pauta a la que mirarían los nicaragüenses en el futuro, y habiéndoles mostrado los americanos que tales elecciones eran posibles, se animarían en el futuro a adoptar permanentemente un sistema de elecciones libres por su propio esfuerzo. El salvar a una nación de la anarquía; el terminar con un vicio político centenario que había destruido su posible democracia; el enrumbar a esta nación por el camino de un auto gobierno ordenado, todo esto me parecía una meta digna de todo posible esfuerzo”.

La intervención y la habilidad de Stimson funcionaron. En mayo de 1927, el jefe liberal Moncada al fin aceptaba, en el “pacto del Espino Negro”, que liberales y conservadores resolvieran sus diferencias en las urnas. El único insatisfecho con este arreglo fue Sandino. Era cierto que la presencia de una fuerza extranjera contrariaba el principio de la soberanía. Pero desde una perspectiva realista era una fuerza que no solo ofrecía algo positivo, como elecciones, sino que era la única capaz de administrarlas. ¿Quién más, en la polarizada sociedad nicaragüense, donde no había neutrales ni experiencia, hubiese podido garantizar comicios verdaderamente limpios?

El célebre historiador Tonybee concurrió en la necesidad de intervención: “…el mismo espíritu localista había hecho de la política nicaragüense una presa de las luchas entre las facciones provinciales, luchas nunca decisivas, y por tanto incesantes…” esta situación que ya había durado un siglo podía haber continuado indefinida si Estados Unidos no hubiera intervenido en los asuntos internos de Nicaragua.

Pudo así llegarse, en noviembre de 1928, a un proceso electoral supervisado por una fuerza neutral. Y fue tan limpio que dio a los liberales el triunfo y al país la primera elección libre de su historia. La intervención terminó cuatro años y dos meses después de estas elecciones.  A partir de diciembre de 1928 los marines dejaron de combatir a Sandino para concentrarse en preparar nuevas elecciones y crear un ejército verdaderamente nacional (la GN). Esta fue integrada por 15 oficiales conservadores y 15 liberales. En noviembre de 1932 se lograron también las segundas elecciones libres, ganando de nuevo los liberales. La esperanza de Stimson era que ahora los nicaragüenses cuidarían el legado que les dejaban: un presidente constitucional, un sistema electoral bien diseñado, dos elecciones limpias, representación para las minorías políticas, un ejército apartidista y finanzas saneadas.

Pero, de nuevo, este intento naufragó. Idos los marines en enero de 1933, Sacasa primero, y Somoza después, politizaron al ejército purgándolo de conservadores y abriendo las puertas a la dictadura. Se abría así otro nuevo capítulo de la historia nicaragüense en que sería el lastre de su cultura política, sectaria y autoritaria, y no una perversa influencia extranjera, lo que frustraría los intentos de construir una sociedad democrática y libre.  

El autor es escritor del libro “Buscando la Tierra Prometida, Historia de Nicaragua 1492.2019” en que analiza a fondo estos temas. Se encuentra en librerías locales y en Amazon.

COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    Las opiniones de este ExMinistro de «educacion» ya ni merecen comentarios.

    1. Hace 2 años

      Me disculpan que me disculpe. La unica opinion o sugerencia es que cambie esa foto con su sonrisa cinica.

    2. Hace 2 años

      Maldita sonrisa que es igual para escribir sobre problemas o para cualquier otro asunto. Es igual que el otro «camaleon» Arturo Mcfields.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí