Sandino ¿héroe o villano? (3)

Es una gran responsabilidad moral elevar personajes a los altares de la patria. Ellos influyen mucho en los ideales y valores ciudadanos. El ejemplo de George Washington, negándose a seguir en la presidencia tras su segundo período, se convirtió en una norma de la democracia norteamericana. ¿Debe Sandino ser venerado en Nicaragua como su más grande héroe? Para responder es preciso recurrir a los hechos buscando resolver dos interrogantes: ¿Fue correcta, en las circunstancias de Nicaragua de 1927, la decisión de Sandino de hacer la guerra? ¿Fueron morales sus métodos?

La primera fue abordada en las entregas anteriores. Ante la guerra civil entre liberales y conservadores es difícil negar que elecciones supervigiladas por Estados Unidos haya sido no solo la única opción práctica posible, sino la más lógica. ¿No era acaso desalojar a los conservadores del poder lo que buscaban guerreando los liberales y el mismo Sandino? Pues con las elecciones lo consiguieron sin seguir matándose y arruinando el país. Sandino, lejos de aceptar la salida pacífica trató de sabotearla. Primero pretextando que con Adolfo Díaz no podría haber elecciones libres y luego que estas debían ser supervisadas por latinoamericanos y no por Estados Unidos.

Esto nos introduce al análisis de sus métodos. Sandino amenazó a quien hiciera propaganda electoral sentenciando que “Era un traidor y debía morir”. Bajo sus órdenes, su lugarteniente Pedrón Altamirano asesinó a tres connotados liberales jinoteganos. Pero ni Adolfo Díaz fue obstáculo para que hubiese elecciones libres, ni los norteamericanos para que se contaran bien los votos. Las elecciones las ganaron los liberales, pero Sandino, quien antes había prometido dejar las armas si esto ocurría, escogió más guerra. Esto provocó que Froylán Turcios, intelectual hondureño que lo había ayudado a proyectarse internacionalmente como campeón antimperialista, rompiera con él diciéndole: “Yo di a esta campaña magnífica mis mejores esfuerzos”, pero “ahora (Ud.) pretende cambiar un régimen empleando la guerra civil, y por ese camino no puedo seguirle. También provocó la objeción de los obispos, interesados ayer como hoy por el bien del país: “…de diferentes lugares hasta nosotros llega el quejido del dolor y la compasión pidiéndonos que, validos de nuestra autoridad de pastores, hagamos una paternal excitativa a nuestros hijos, que aún se mantienen en las espesas montañas del norte con el rifle al brazo, prolongando una lucha desesperada que, vista imparcialmente, no puede acarrear más que la desgracia…”

No hubo eco. Sandino siguió su guerra manteniendo el aplauso de la izquierda mundial y los comunistas. Cegados por su admiración hacia quienes luchaban contra su archienemigo, el yanki, no quisieron ver las complejas circunstancias del país ni que el “pequeño ejército loco” se nutría de bandoleros despiadados que subsistían, como las maras, a través del terror, las contribuciones forzadas y el pillaje. Veamos esta narración de Sandino: “Convoqué a los campesinos de la vecindad y les dije que fueran con mis soldados a tomar todo lo que quisieran en el Ocotal. …Tomamos Ocotal, lo destrozamos. Los campesinos saquearon y devastaron… Hubiéramos pegado fuego a toda la ciudad, así como dinamitamos los cuarteles y casas de los conservadores”.

Sus admiradores también fueron ciegos a su crueldad. Si hoy nos horrorizamos ante los islamistas de ISIS decapitando cautivos, recordemos que los sandinistas hacían lo mismo. La enseña de Sandino era un hombre decapitando a un marino a machete. Su bandera negra, digna de piratas, exhibía una calavera sobre la X de un rifle y un machete. Ellos se jactaban de ejecutar a sus víctimas con sus famosos cortes: de “Chaleco”; dos machetazos en V en el cuello; el “Blumer”; corte de los brazos desde el hombro, el “Puro”; pene del ejecutado introducido en su boca. Así describió Pedrón a Sandino su asesinato de Karl Bregenzer, un pastor Moravo alemán: “no pudo menos que mandar a separar la cabeza del cuerpo” “…todo lo útil para nuestro ejército ordenamos que se trajera, y quemamos la casa que era propiedad de ese cabrón”. La cancillería inglesa informaría que once de sus ciudadanos habían corrido la misma suerte en las zonas mineras.

Cerremos este capítulo con una cita del profeta Isaías que quizás el lector considere pertinente: “¡Ay de los que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno! ¡Ay de los que convierten la luz en tinieblas, y las tinieblas en luz!

El autor, Humberto Belli, fue ministro de educación y es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019”, en el cual se abordan estos temas en más profundidad. Está disponible en librerías locales y en Amazon.

COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    El autor es amante de la dicotomías, hasta me suena a maniqueísmo. Hasta me parece que me quieren aplicar ingeniería social. Dejen que las personas se documenten de diferentes-contrarias- opuestas yneutrales puntos de vista. De esas dicotomias-maniqueismo viene el miedo de las personas a ocultar su manera de pensar por miedo a que lo acusen de pertenecer «al otro grupo». Hay una gran variedad de maneras de pensar, no hay solo «dios o demonio», no hay que ser tan radical.

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